Capítulo 1

2570 Palabras
La idea equivocada de ser la persona indicada en la vida de una persona puede provocar el poco entendimiento entre ambas partes, la costumbre, la idea de hacer lo que otra persona te dice para su total satisfacción puede llegar a lastimar profundamente un corazón. Esta no es la ocasión pero no tenia nada de malo mencionarlo, no es yo conozca ese tipo de sentimientos pero quería comenzar mi día con una reprimenda emocional que no me servirá para nada.  Un día ocupado, no entiendo como el miércoles sigue siendo el día de la semana más corto pero más largo al mismo tiempo. No me gustan los miércoles, es el único día que puedo descansar de la universidad pero es el día que tengo que trabajar.  ¡La pobreza me está matando!  ¿Una frase irónica quizás?  Mis padres son exquisitamente millonarios, sin embargo un día, hace ocho semanas cometí el error de decirle a uno de mis padres lo aburrida que pasaba los miércoles sin clases.  "¡Tengo el trabajo perfecto para ti! No estarás más aburrida los miércoles."  Esas fueron las palabras de Luca Schaffer, uno de mis padres y el más aburrido, serio, estricto e inhumano que existe.  ¡Como se atrevió a ponerme a trabajar!  No es que trabajar sea malo, soy el futuro de mi país pero no creo que ser repartidora de correspondencia en el bufete de mi otro papá Felix Pfeiffer-Schaffer, sea meramente un bonito empleo.  ¡No quiero estar aquí!  Cada miércoles es lo mismo, acomodar cientos de paquetes para cada una de las oficinas. Los documentos confidenciales van directo a los miembros más importantes, por ende a mi papá, otros que van para oficinas pequeñas y también están los desalmados de Recursos Humanos que no hacen nada sino molestar.  ¡Me quiero morir!  —¡Artemis! —escucho mi nombre a lo lejos.  Despegó la frente de los papeles en los que había caído medio dormida y renegando vuelvo a ver hacia todos lados.  —¡Artemis, llevo rato llamándote! —el jefe de correspondencia... por que si, aquí hay un jefe.  —Estaba acomodando los paquetes. —me recompongo sobre la silla.  —Mentirosa. Llévale estos documentos a la secretaria del señor Pfeiffer, son los expedientes para las contrataciones. —asiento sujetando la pila de sobres.  ¿Y si llamo a Félix para que venga por ellos?  No... seguramente se enfadaría o peor, le dirá a Luca. Mis padres son crueles.  —Llévalos ahora mismo que las entrevistas comienzan a las 2:00pm. —me advierte como si yo no hiciera las cosas cuando me las piden.  Me levanto de mala gana, me quejo de lo mismo cada miércoles con la esperanza de que mis padres desistan de esto y me dejen quedar en casa. Estaría pasando el rato con Wilder o Aremmi, no importaría ya que estaría en mi día libre.  Llego hasta el elevador con los ánimos más bajos, antes de bajarme en el piso de papá, decido pasar por la cafetería y sacar un aperitivo de la máquina expendedora. Utilizando la tarjeta de Felix claro está porque yo no cargo ni un solo centavo, mis padres podrán ser millonarios pero a su pequeña e inocente hija la tratan con limitaciones extremas.  Feliz con mi panecillo de avena y chocolate, con una malteada también de chocolate, salgo en dirección al piso de mi papá. Las personas aquí saben que soy la hija de Felix Pfeiffer pero por mismas órdenes del señor Pfeiffer todos me tratan como su igual. No es que me moleste, de todas maneras no es que hubiera querido hacer de las mías para evitar trabajar.  —¡Hola! —saludo llegando al piso de Felix.  El lugar está lleno, al momento en que saludo las personas que se encuentran ahí vuelven a verme con sorpresa y otros ignoran por completo mi presencia. Doloroso pero cierto.  La sala está acompañada de diez mujeres y diez hombres, según mi cuenta preliminar. Les paso de largo saludando a quienes me sonríen, hay personas de mi edad quizás y otras mayores, hay un hombre bigotudo mayorcito al que le pongo el ojo. El tipejo me mira y yo con "vergüenza" le guiño un ojo.  Me acerco al escritorio enorme de la secretaría de Felix, ya es una mujer mayor pero terriblemente elegante. He convivido con ella bastante desde que tengo memoria, por eso cuando me mira acercándome con los sobres en una mano y mi comida en la otra solo niega en desaprobación.  —Hola señora Thomas, me mandaron con estos sobres para el jefe. —le entregó los sobres. —¿Quiere un panecillo? Están ricos. —ofrezco pero ella niega.  —Muchachita ya te ha dicho tu padre que no comas durante horas de trabajo. —me riñe y yo me hago la desentendida.  —Señora Thomas le aseguró que yo no quería pero me lo han obsequiado y no puedo despreciar este bonito gesto. —mordisqueó mi panecillo.  —Mentirosa. —niega riendo.  Me despido de ella dándome la vuelta para irme, desafortunadamente termino chocando con una mujer más o menos de mi estatura. Casi derramó toda mi chocolatina sobre su vestido durazno.  —Cuidado por donde caminas. —gruñe molesta agitando el cabello hacia atrás.  —Lo siento, mi error. —me disculpo honesta.  —Maldición, mi vestido se ha arrugado. —continúa gruñendo.  Le miro de arriba abajo y no puedo notar ningún desperfecto. No digo nada y le paso de largo. Sin embargo la mujer es algo intensa y me llama.  —Ey, ¿no piensas irte así nada más? Tienes que pagar por mi vestido. —advierte rimándome del brazo.  Respiro profundo evitando ahogarme con mi propio pan. Me suelto de ella y vuelvo a repasar su vestido. No estoy viendo nada malo.  —Me di la vuelta, choque con usted y me disculpe. Un vestido no puede dañarse por un acto tan mínimo y de ser así, lastimosamente soy pobre y no puedo pagarlo. —explicó totalmente racional.  —¡¿Dices que mi vestido no sirve?! —se altera a lo increíble levantando la voz.  Uau.  Vuelvo la mirada a la señora Thomas que me mira con preocupación. No haré o diré nada que pueda afectar la reputación de mis padres, eso lo tengo en claro y presente siempre.  —Sin embargo, es mi error así que lo solucionaré como pueda. —me muerdo la lengua.  ¿Por que la gente es tan intensa? ¿O soy yo la despreocupada?  —Olvídalo. Una pobretona como tú no podría pagar algo como este vestido. —mueve la mano en un ademán un tanto ofensivo. La chica es bonita, alta, mayor que yo quizás y vestida con un vestido color durazno bastante bonito.  El silencio que se aborda en el pasillo es aniquilante pero prometedor. Repaso con el rabillo del ojo a todos y si, están observándonos bastante entretenidos.  —Auch. —digo al final.  Me tocó el pecho fingiendo que me ha dolido lo que ha dicho. Una mujer cómo está no trabajará con Félix, no si puedo evitarlo.  —Vale, hagamos una cosa. —digo sonriéndole. —Estamos veintidós personas en esta sala, veinte están buscando la plaza que el presidente Pfeiffer está ofreciendo, ¿cierto? —preguntó a todos, nadie dice nada solo asienten. —Lastimosamente solo una o dos personas podrá ser contratada, bueno eso creo, ¿señora Thomas? —preguntó.  —Dos personas, un asistente para el señor Pfeiffer y otro vacante para gerente de tratados internacionales. —explica.  —Pero aquí hay personas que merecen y no merecen la plaza, ¿Quienes creen que debería de pagarle por su vestido aparentemente arruinado? —preguntó.  Todos se vuelven a ver sin entender pero más de alguna mujer y hombre parecen ver a la mujer atractiva y sexy que está matándome con la mirada.  —¡Venga! Que no pasa nada, solo díganme si tengo o no que pagarle por su vestido. —insisto.  Poco a poco tres mujeres, y un hombre levantan la mano mirándome con una desigualdad bastante irónica.  —Vale, ustedes cuatro piensan que debo pagarle el vestido porque ella ha dicho que se lo he arruinado, también han escuchado como me ha tratado y aún así la apoyan. —digo cruzándome de brazos.  Tomando en cuenta que sigo teniendo mi cartón de chocolate con leche en la mano, le doy un profesional y decente trago antes de continuar.  —Tu la golpeaste, tú lo pagas. Se llama democracia. —dice una de las mujeres que está sentada.  Le vuelvo a ver.  —Yo le llamó estupidez. —respondo.  —¡¿Me estas diciendo escupida?! —se pone de pie, niego al instante.  —No, llamo estupidez a lo que has dicho y lo que ella ha dicho. —señaló a la mujer que se aproxima a mi.  Vale.  Esto se tiene que arreglar, no podemos permitir que nuestra sociedad se vea corrompida por personas cómo estás. Vivimos en Alemania de Artemis, un país nuevo.  —Vale, pero dejando en claro, ustedes cuatro... bueno, cinco contigo. —apuntó a la mujer de vestido bonito. —No pueden trabajar en este bufete. —sonrió señalando a cada uno. —¡¿Ah, si?! ¿Y quien eres tú niña bonita para decidirlo? No nos hagas reír. —las cinco personas se carcajean.  Sonrío maliciosa volviendo a ver a la señora Thomas que está moviendo un bolígrafo de un lado a otro como si está escena fuera de lo más entretenida. Solo estoy evitando que mi papá tenga un empleado malo en su bufete.  —Tu lo has dicho, soy una niña bonita. —respondo al final. —Pero, eso no es lo importante, para poder obtener un buen trabajo, necesitas ser una buena persona sobre todo cuando esté bufete es reconocido por su excelencia y honestidad. El señor Pfeiffer necesita de empleados comprometidos no solo con el bufete sino también con sus clientes. ¿Por que clientes importantes quisieran lidiar con personas sin escrúpulos y humildad como ustedes? —preguntó ya cansándome de la situación.  —Artemis tienes toda la razón. —mi papá aparece en el pasillo diciendo con voz suave pero pesada al mismo tiempo.  —Señor Pfeiffer, esto solo es un malentendido. —la chica del vestido durazno frente a mi se apresura a decirle.  Mi papá me observa a mi y solo espero que no esté enfadado conmigo porque no estoy trabajando, o peor porque sigo teniendo la evidencia de la chocolatina en la mano.  —Mi bufete necesita de empleados con la misma calidad que yo ofrezco. Sin embargo, no puedo pedirles que se retiren ya que se han tomado el tiempo de venir hasta aquí.  —Todo ha sido un malentendido con esta, discúlpeme señor Pfeiffer. —la mujer le sonríe de una forma exagerada a Félix.  Claro, cualquiera le sonreirá de esa manera al jefazo sobre todo cuando es un metro ochenta y ocho de hermosura; cabellera oscura y lacia, pestañas largas, nariz perfecta y una postura inigualable. Agh.  —Si he de casarme algún día necesito un hombre como tú. —pienso en voz alta.  —Un hombre como yo no te haría caso, ¿no tienes trabajo que hacer? Y, dame eso. —gruñe arrebatándome la caja casi vacia de chocolatina.  —¡Papá! —me quejo.  Puedo sentir como la atmósfera cambia al instante en que digo lo último. La mujer... no, mejor dicho las mujeres me miran con los ojos casi saliéndose de sus órbitas.  Estoy segura que olvide mencionar algo pero no sé qué exactamente.  —¿Papá? —pregunta la mujer.  Ruedo los ojos.  —Si, la niña bonita es mi hija. —aclara Félix tomándome de la mano. —Se parece más a su padre. —finaliza y yo vuelvo a rodar los ojos.  Dejando a medio pasillo sorprendido, Félix tira de mi brazo hasta su oficina. Me muerdo el labio esperando sus regaños que no se tardan en llegar.  —Me puedes explicar qué haces tomando una chocolatina cuando te hemos prohibido que comas chocolate, ¿quieres terminar otra vez en el hospital? —pregunta.  Ah. Era eso lo que le preocupaba.  —Papá solo fue una chocolatina que me obsequiaran  y no me pude negar. Mi error y no lo repetiré. —le trató de tranquilizar.  —Mentirosa. —niega suspirando. —Tu padre estará de regreso esta noche y quiere hablar contigo de algo importante, así que saliendo de aquí nos vamos a casa. —me informa.  —Tengo una cita con Wilder a las cinco. —Félix frunce el ceño.  Mis padres no están muy entusiasmados conmigo saliendo con Wilder. Tienen la idea de que Wilder puede ejercer una mala influencia en mi vida ya que se dedica a blogear su vida en bares probando infinidad de licores o comidas extravagantes.  —Será un café nada más, ademas traje mi auto y no puedo dejarlo aquí porque mañana tengo clases. —Félix niega.  —Te hemos dicho que no queremos verte con ese chico, la vida que lleva no es la que una señorita como tú merece. Artemis ya no eres una niña, debes de tomar responsabilidades por ti misma y crecer de acuerdo a lo que te hemos enseñado. No queremos que ese chico de induzca a lugares o momentos que no serán buenos para ti. —respiro profundo.  Entiendo perfectamente a lo que Felix está refiriéndose pero no soy una tonta. Se las cosas que Wilder puede hacer pero no estoy saliendo con él por eso, él no sería capaz de llevarme a una cosa así.  —Papá lo entiendo pero solo es un café, será rápido y te prometo que no pasará nada, ademas Wilder y yo solo somos amigos. —Félix niega otra vez.  Me tardo poco más diez minutos en convencerlo, le digo que ya soy una mujer adulta y por su puesto. Félix es mi papá más comprensivo, porque si hablamos de Luca, él ya me hubiese dicho que no y hubiese sido definitivo. No suelto discutir con él, se lo estricto que puede ser.  —A todo esto, ¿me regresas mi tarjeta? —pestañeo con picardía. Félix niega.  —Habla con tu padre. —chasqueó la lengua.  El hombre sabe como sacarme de encima.  —Buena jugada Felix Pfeiffer, te veré en el desierto y pasaré con mi helicóptero bebiendo un delicioso agua de coco y no te daré. —me doy la vuelta despidiéndome de él que solo se ríe.  Salgo de su oficina bajo la mira inquisidora de todos, ahora todos me miran con cautela y las mujeres solo desvían la mirada. Mis ojos caen de regreso sobre el hombre mayorcito que me parece atractivo.  Estoy por acercarme a él quien me mira con una sonrisita.  —Artemis Schaffer, veintiún años lo que viene siendo totalmente legal. —estiró una mano hacia él.  La acepta con gusto.  —Nicolás Scammer. —saluda.  —Si te contratan puedes encontrarme en correspondencia cada miércoles. —le guiñó un ojo.  No obstante siento una bala oscura atravesarme la espalda. Sin girarme decido seguir mi camino antes de que pueda ser peor.  —Artemis. —escuchó un gruñido al final.  Decido hacer caso omiso e irme sin mirar atrás. Mis padres me cohiben pero estoy a nada de independizarme de ellos.
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