La noche era fría y las calles de la ciudad tenían un silencio melancólico, interrumpido solo por los pasos de Norman. Había caminado por horas, con la mente sumida en un torbellino de emociones. Ariel, la mujer que había aceptado ayudar, se había convertido en algo más para él. Un sentimiento que no podía comprender del todo, pero que sabía era real y profundo. Cada vez que pensaba en ella, solo quería verla sonreír. Incluso con eso se conformaba, con verla sonreír y aún si no podía verla siempre, al menos tener la certeza de que ella podía sonreír, de que estaba bien, feliz. Nunca le dio la sensación de que ella fuera una mujer fuerte, más bien sufrida, solitaria. Pero desde que la vio la primera vez con su parlanchina sobrina Blue, Norman sintió una curiosidad incontrolable por ella.

