—Todo cuanto he hecho fue por pura necesidad, señor —confesó Bianca—.
¿Qué remedio tenía? —Qué valiente era, qué fuerte, como plata fina imbuida de
acero—. Una vez que me daban las órdenes, qué iba a hacer yo. Sabía lo que
tenía que hacer, y a quién. Eran muy astutos. La poción tardaba varios días en
matar a la víctima lejos de mis cálidas habitaciones.
—Haz venir aquí a tu opresor, hija mía, y envenénalo en lugar de matar a las
personas que él te ordena.
—Sí —tercié yo—, mata al hombre que te obliga a cometer esos crímenes.
Ella pareció reflexionar sobre ello y luego sonrió.
—¿Y sus guardias, sus secuaces? Me estrangularían por haberle traicionado.
—Yo le mataré por ti, mi dulce Bianca —repuso Marius—. Y por eso no me
deberás ningún crimen de importancia, sólo te pido que olvides amablemente el
apetito que has visto esta noche en mí.
Por primera vez, Bianca dio muestras de arredrarse. Tenía los ojos llenos de
unas bonitas lágrimas cristalinas. Parecía un poco cansada.
—Ya sabéis quién es —dijo, agachando la cabeza—. Sabéis dónde se aloja,
sabéis que en estos momentos se encuentra en Venecia.
Yo le rodeé el cuello con el brazo y le besé en la frente. El maestro observó a
Bianca fijamente.
—Vamos, querubín —ordenó, sin apartar la vista de ella—. Vamos a eliminar
a ese florentino, ese banquero que utiliza a Bianca para despachar a quienes le
confían unas cuentas secretas.
El conocimiento de la verdad sorprendió a Bianca, que de nuevo esbozó una
leve sonrisa de cómplice. Estaba dotada de gentileza, desprovista de todo orgullo
y amargura. La esremecedora situación se desvaneció con rapidez.
Mientras el maestro me sostenía con el brazo derecho, introdujo la mano
izquierda en el bolsillo de su chaqueta y sacó una enorme y maravillosa perla, un
objeto de incalculable valor. Acto seguido se la entregó a Bianca, quien la aceptó
no sin cierta reticencia mientras observaba cómo Marius la depositaba en su
mano abierta y perezosa.
—Permite que te bese, mi querida princesa —dijo él.
Por extraño que parezca, ella se lo consintió. El maestro la cubrió con unos
besos leves como plumas. Bianca frunció su pálido entrecejo, sus ojos se ofuscaron y cayó sobre los almohadones, dormida.
Nosotros nos retiramos. Al alejarnos de la casa, creí oír a alguien cerrar los
postigos. La noche era húmeda y negra como boca de lobo. Apoyé la cabeza en
el hombro del maestro. Aunque hubiera querido no habría sido capaz de alzarla.
—Gracias, amado maestro, por no haberla matado —murmuré.
—Bianca es más que una mujer práctica —repuso él—. No está maleada.
Posee la inocencia y la astucia de una duquesa o una reina.
—¿Dónde vamos? —pregunté.
—Ya hemos llegado, Amadeo. Estamos sobre el tejado. Mira a tu alrededor.
¿No oyes ese ruido a tus pies?
Era el sonido de panderetas, tambores y flautas.
—Morirán durante su banquete —declaró el maestro con aire pensativo. Se
hallaba en el borde del tejado, sujeto al antepecho de piedra. El viento agitaba su
capa y él alzó la vista hacia las estrellas.
—Deseo presenciarlo todo —afirmé.
Él cerró los ojos como si yo le hubiera golpeado.
—No me tomes por frío, señor —dije—. No creas que estoy cansado y
acostumbrado a presenciar cosas brutales y crueles. Sólo soy un idiota, un idiota
que se cree esas zarandajas sobre Dios. Nosotros no cuestionamos nada, si no
recuerdo mal. Nos reímos y lo aceptamos todo y convertimos la vida en una
fiesta continua.
—Entonces baja conmigo. Hay un montón de ellos, de esos taimados
florentinos. Ah, estoy famélico. He ayunado para gozar esta noche de un
auténtico festín.