El maestro suspiró y fijó la vista en el infinito, como si no hallara las
palabras adecuadas.
—Cuando te fuiste de aquí, tu lord inglés te amenazó con su cuchillo, pero tú
no te amedrentaste. ¿Lo recuerdas? No hace ni dos días que ocurrió.
—Sí, señor, fue una estupidez.
—Pudo haberte matado —dijo el maestro, arqueando una ceja—.
Fácilmente.
—Señor, te ruego que me reveles estos misterios —respondí—. Cuéntame
cómo adquiriste tus poderes. Confíame estos secretos. Haz que pueda
permanecer siempre contigo, señor. Lo que yo piense no cuenta; me supedito a
tu voluntad.
—Pero sólo si satisfago tu petición.
—No deja de ser una forma de rendirme ante ti, a tu voluntad y a tu poder.
Sí, me gustaría poseerlo y ser como tú. ¿Es eso lo que me prometes, maestro, es
eso lo que me das a entender, que puedes convertirme en un ser como tú? ¿Que
puedes llenarme con tu sangre, esa sangre que me transforma en tu esclavo, y
conseguir que yo sea como tú? En ocasiones sé que puedes conseguirlo, maestro,
pero me pregunto si lo sé sólo porque tú lo sabes, y si deseas hacerlo porque te
sientes solo.
—¡Ah! —exclamó él, cubriéndose el rostro con las manos, como si yo le
hubiera disgustado.
Yo me quedé perplejo.
—Si te he ofendido, maestro, pégame, azótame, haz lo que te plazca, pero no
te apartes de mí. No te tapes los ojos para no verme, maestro, porque no puedo
vivir sin tu mirada. Explícamelo, maestro, no permitas que nada se interponga
entre nosotros. Si es mi ignorancia, haz que desaparezca.
—Lo haré, lo haré —contestó el maestro—. Eres muy astuto, Amadeo. Eres
capaz de embaucar a cualquiera, incluso de fingir que eres un ingenuo y te crees
todas esas zarandajas sobre Dios, tal como te dijeron hace tiempo que debe
comportarse un santo.
—No te comprendo, señor. No soy un santo, pero sí un ingenuo, porque
deduzco que es una forma de sabiduría y la deseo porque tú valoras la sabiduría.
—Me refiero a que das la impresión de ser simple, pero tu simplicidad oculta
una gran astucia. Me siento solo, sí, y anhelo explicarle a alguien mis desgracias.
Pero ¿cómo voy a abrumar a un ser tan joven como tú con mis desgracias? ¿Qué
edad crees que tengo, Amadeo? Trata de calcular mi edad con tu simplicidad.
—Tú no tienes edad, señor. Ni comes ni bebes, ni cambias con el paso del tiempo. No necesitas agua para lavarte. Eres suave y resistente a todo. Lo sé muy
bien, maestro. Eres un ser limpio, noble e íntegro.
Él meneó la cabeza en sentido negativo. Lo único que conseguía yo con mi
cháchara era disgustarle, precisamente cuando lo que necesitaba era que le
animara.
—Ya lo he hecho —murmuró.
—¿Qué, señor? ¿Qué has hecho?
—Te atraje a mí, Amadeo, por ahora... —El maestro se detuvo y arrugó el
ceño. Su rostro mostraba una expresión tan afable y desconcertada que sentí una
punzada de dolor—. Pero estos delirios de grandeza no conducen a nada. Yo
podría llevarte, junto con un montón de oro, y depositarte en una remota ciudad
donde...
—Mátame, maestro. Mátame antes de hacer eso, o elige una ciudad que se
encuentre más allá de los límites del mundo conocido, porque te aseguro que
regresaré. Emplearé el último ducado del oro que me des en regresar aquí y
llamar a tu puerta.
Él me miró con tristeza; tenía un aspecto más mortal que nunca, herido y
temblando, con la vista fija en el inmenso abismo que nos separaba.
Yo apoyé las manos en sus hombros y le besé. Fue un gesto de una profunda
intimidad viril precisamente debido al acto carnal en el que yo había participado
hacía unas horas.
—No hay tiempo para esas efusiones —replicó él—. Debo irme. El deber me
llama. Me llaman unos seres antiguos, los cuales me agobian desde hace mucho.
¡Estoy cansado, Amadeo!
—No te vayas esta noche. Cuando amanezca, llévame contigo, maestro,
llévame donde te ocultas del sol. Es del sol de quien debes ocultarte, ¿no es
cierto, maestro? Tú, que pintas unos cielos azules y la luz de Febo más brillante
que quienes la contemplan, jamás ves...
—¡Basta! -—me rogó él, apretándome la cabeza, con las manos—. Deja de
besarme y de exponerme tus razonamientos. ¡Obedece!
El maestro suspiró y, por primera vez desde que estaba con él, le vi sacar un
pañuelo de la chaqueta y enjugarse el sudor de la frente y los labios. Al retirar el
pañuelo de su rostro, vi que estaba manchado de rojo. Él también lo observó.
—Antes de irme, deseo mostrarte algo —anunció—. Vístete
apresuradamente. Yo te ayudaré.
A los pocos minutos, yo estaba vestido para hacer frente al frío aire nocturno.
El maestro me echó una capa negra sobre los hombros, me entregó unos guantes ribeteados de armiño y me encasquetó un gorro de terciopelo n***o. Los zapatos
que eligió eran unas botas de cuero n***o, que jamás había permitido que me
calzara. Las botas no le gustaban porque decía que los chicos teníamos unos
tobillos muy hermosos y no debíamos ocultarlos, pero no le importaba que nos
las pusiéramos de día, cuando él no estaba presente.
Parecía tan preocupado, tan angustiado; y su rostro, pese a sus rasgos blancos
y purísimos, estaba contraído en un rictus tan amargo que no pude por menos de
abrazarlo y besarlo, para obligarle a separar los labios y sentir su boca sobre la
mía.
Cerré los ojos y sentí sus dedos sobre mi rostro, sobre mis párpados.
En éstas oí un ruido tremendo, como si una puerta se hubiera abierto
violentamente y hubiera saltado en mil pedazos, como cuando yo la había
derribado con el hacha, y una ráfaga de aire hiciera volar los cortinajes.
El aire me envolvía. Marius me depositó en el suelo y, pese a estar cegado,
me di cuenta de que pisaba el pavimento. Oí discurrir el agua del río junto a mí,
lamiendo las piedras, mientras el viento invernal lo agitaba e impulsaba el mar
hacia la ciudad; oí un bote de madera golpeando persistentemente un poste del
embarcadero.
Él retiró los dedos de mis párpados y abrí los ojos.
Estábamos a una gran distancia del palacio. Me chocó comprobar que nos
habíamos alejado tanto, aunque en realidad no me sorprendió. Él era capaz de
obrar toda clase de prodigios y me había permitido presenciar uno más. Nos
hallábamos en un apartado callejón, en un embarcadero junto a un estrecho
canal. Yo nunca me había aventurado en este mísero barrio obrero.
Tan sólo distinguí los porches traseros de las viviendas, las ventanas
enrejadas, la sordidez y la oscuridad, al tiempo que percibí el hedor de los
desechos que flotaban sobre las frías y agitadas aguas del canal.
Él se volvió y me apartó del borde del canal, y durante unos momentos no vi
nada. Luego el maestro extendió su pálida mano y señaló a un hombre dormido
en una larga y desvencijada góndola que reposaba sobre unos maderos, lista para
ser reparada. El hombre se despertó y retiró la manta bruscamente. Vi su fornida
silueta y le oí rezongar y maldecir porque habíamos turbado su sueño.
Vi el resplandor del acero de su cuchillo y me llevé la mano a la daga. Pero
apenas rozó la mano blanca del maestro la muñeca del hombre, éste soltó el
arma, que cayó estrepitosamente sobre las piedras.
Aturdido y furioso, el hombre se arrojó sobre el maestro en un torpe intento
de derribarlo al suelo.
El maestro lo agarró sin mayores dificultades, como si se tratara de un
pedazo de lana apestosa. Vi la expresión en el rostro de mi maestro. Abrió la
boca mostrando unos diminutos y afilados incisivos, como dagas, y los clavó en
el cuello del hombre. Éste gritó, pero sólo unos instantes, y luego su cuerpo se
relajó.
Atónito y fascinado, observé cómo mi maestro le cerraba los ojos; en la
penumbra las doradas pestañas del hombre tenían un aspecto plateado. Percibí
un sonido sordo, húmedo, apenas audible pero siniestro, como un líquido que
chorrea, y deduje que era la sangre del individuo. El maestro se inclinó más
sobre su víctima y le estrujó el cuello con sus pálidos dedos para obtener el
líquido vital que emanaba, al tiempo que emitía un prolongado suspiro de gozo.
A continuación, bebió la sangre. La bebió, sí. Fue un gesto inconfundible.
Incluso ladeó un poco la cabeza para aprovechar hasta la última gota, y en ese
momento el cuerpo del hombre, que parecía frágil y de plástico, se estremeció
sacudido por una última convulsión y se quedó inerte.
El maestro se incorporó y se relamió los labios, en los que no quedaba ni una
gota de sangre. Sin embargo, la sangre era visible en el interior de mi maestro.
Su rostro adquirió un resplandor rojizo. Se volvió y me miró. Observé el tono
rojo encendido de sus mejillas, el resplandor escarlata de sus labios.
—De ahí provienen mis poderes, Amadeo —confesó el maestro, arrojando el
cadáver hacia mí. Sus hediondas ropas me rozaron, y cuando la cabeza cayó
hacia atrás, sin vida, mi maestro me obligó a contemplar el rostro tosco y sin
vida del individuo. Era joven, barbudo, no era hermoso, estaba pálido y muerto.
Debajo de los párpados inexpresivos e inertes asomaba una sutil línea blanca.
De los labios exangües, entre sus dientes putrefactos y amarillentos, pendía un
hilo de saliva grasienta.
Me quedé estupefacto. El temor, el odio, ninguno de esos sentimientos tenía
nada que ver. Estaba asombrado, sencillamente. Me pareció algo prodigioso.
En un inopinado arrebato de furia, el maestro arrojó el c*****r del hombre a
su izquierda, a las aguas del canal, en las que se sumergió con un ruido seco y
burbujeante.
Luego me tomó en brazos y echó a correr. Vi las ventanas desfilar ante
nosotros. Cuando nos elevamos sobre los tejados estuve a punto de gritar, pero el
maestro me tapó la boca con la mano. Se movía a tal velocidad que parecía como
si un motor le propulsara hacia delante o hacia arriba.
De pronto giramos como en un remolino, o eso me pareció, y al abrir los
ojos, comprobé que me hallaba en una habitación que me resultaba familiar rodeado de unas imponentes cortinas doradas. Hacía calor. En las sombras vi la
reluciente silueta de un cisne dorado.
Era la habitación de Bianca, su santuario particular, su dormitorio.
—¡Maestro! —protesté temeroso y escandalizado por haber irrumpido de
esta forma en la habitación de Bianca, sin anunciar nuestra visita.
Por debajo de la puerta se filtraba un pequeño rayo de luz sobre el suelo
entarimado cubierto por una gruesa alfombra persa, alcanzando las plumas
talladas en madera de su lecho de cisne.
Entonces oí sus pasos apresurados, dejando atrás una sutil nube de voces,
que se dirigían a la alcoba para investigar el ruido que había percibido.
Al abrirse la puerta, penetró una ráfaga de aire frío en la habitación. Bianca
se apresuró a cerrarla. «¡Qué mujer tan valiente!», pensé.
Luego tendió la mano con pasmosa precisión y subió la mecha de la lámpara
que reposaba en la mesilla de noche. Bianca se volvió y contempló a la luz de la
llama a mi maestro, aunque deduzco que también me había visto a mí.
Presentaba el mismo aspecto que cuando yo la había dejado inmersa en su
mundo hacía unas horas, ataviada en terciopelo dorado y sedas, su trenza
recogida en la nuca para compensar el peso de sus espléndidos y voluminosos
rizos que caían sobre sus hombros y su espalda.
Su pequeño rostro mostraba una expresión inquisitiva y alarmada.
—¡Marius! —exclamó Bianca—. ¿Qué hacéis aquí, en mis aposentos
privados? ¿Cómo habéis entrado por la ventana y con Amadeo? ¿A qué se debe
esto? ¿Acaso estáis celoso?
—No, pero deseo una confesión —respondió el maestro con voz temblorosa.
Avanzó hacia ella, apuntándola con un dedo acusador y sosteniéndome de la
mano como si yo fuera un niño—. Díselo, ángel mío, cuéntale lo que se oculta
detrás de su fabuloso rostro.
—No sé a qué os referís, Marius. Pero me estáis enojando. Os ordeno que
salgáis de mi casa. ¿Qué opinas tú de este atropello, Amadeo?
—No lo sé, Bianca —murmuré. Estaba aterrorizado. Jamás había oído
temblarle la voz al maestro, ni había oído a nadie llamarle por su nombre.
—Salid de mi casa, Marius. Marchaos. Apelo a vuestra caballerosidad.
—¿Y cómo se fue tu amigo Marcellus, el florentino, el que te ordenaron que
atrajeras aquí con tu hábil palabrería y al que ofreciste una bebida que contenía
suficiente veneno para matar a veinte hombres?
El semblante de mi damisela mostraba una expresión seria pero no adusta.
Parecía una princesa de porcelana mientras observaba a mi maestro, que temblaba de ira.
—¿Qué os importa eso, señor? —replicó Bianca—. ¿Os habéis convertido
acaso en el Gran Consejo o en el Consejo de los Diez? ¿Vais a llevarme ante
vuestros tribunales acusada de asesinato, maldito brujo? ¡Demostrad vuestras
palabras!
Bianca se expresaba con una gran dignidad no exenta de tensión. Estiró el
cuello y alzó el mentón en un gesto desafiante.
—¡Asesina! —exclamó el maestro—. Lo veo en la solitaria celda de vuestra
mente, una docena de confesiones, una docena de actos crueles e impertinentes,
una docena de crímenes...
—¡No tenéis derecho a juzgarme! Quizá seáis un mago, pero no sois un
ángel, Marius. No con vuestros muchachitos.
Él la empujó hacia el lecho. Le vi entreabrir los labios. Vi de nuevo sus
siniestros incisivos.
—¡No, maestro, no! —grité, aprovechando un descuido suyo para
interponerme entre ella y él y golpearle con los puños—. No podéis hacer eso,
maestro. No me importa lo que haya hecho esta mujer. ¿A qué viene esto? ¿La
tacháis de impertinente? ¿A ella? ¡Y a vosotros qué os importa!
Bianca tropezó contra el lecho y se encaramó a él, colocándose de rodillas y
retrocediendo hacia las sombras.
—¡Sois el mismísimo diablo! —murmuró—. Sois un monstruo. He visto sus
intenciones, Amadeo, me matará.
—Deja que viva, señor, ¡o moriré con ella! —dije—. Esta mujer no
constituye para mí más que una lección, pero no dejaré que la matéis.
El maestro me miró desconcertado. Estaba aturdido. Me apartó con
brusquedad, asiéndome del brazo para impedir que cayera al suelo. Luego
avanzó hacia el lecho, en busca de ella. En lugar de arrojarse sobre Bianca, se
sentó a su lado. Ella retrocedió hacia el cabecero, extendiendo la mano en un
vano intento de protegerse con los cortinajes dorados.
Era una mujer menuda, frágil, pero sus fieros ojos azules permanecían
clavados en el maestro.
—Ambos somos unos asesinos, Bianca —murmuró el maestro, extendiendo
la mano para aferrarla.
Yo me precipité hacia mi maestro, pero él me detuvo con la mano derecha
mientras con la izquierda apartaba unos rizos que le caían a Bianca sobre la
frente. Luego apoyó la mano sobre su cabeza como si fuera un sacerdote y la
bendijera.