Capitulo 15

2234 Palabras
—¡Ojalá pudiera! —respondí, incorporándome—. No conoces a mi maestro. Nada es capaz de hacerle levantar la mano contra mí. Ni siquiera levantar la voz. Me envió a aprender ciertas cosas, a averiguar lo que saben los hombres. Bianca sonrió y movió la cabeza para indicarme que lo comprendía. —De modo que viniste a mi casa y te ocultaste debajo del lecho —dijo. —Estaba triste. —Estoy convencida de ello. Duerme un rato, y cuando yo regrese, si aún estás aquí, te daré calor. Supongo, mi joven y revoltoso amigo, que no necesito advertirte que jamás debes contar a nadie lo que ha ocurrido aquí —concluyó Bianca, inclinándose para besarme. —No, perla mía, hermosa mía, no es necesario que me lo adviertas. Ni siquiera se lo contaré a él. Bianca se levantó y recogió las perlas rotas y las cintas arrugadas, los restos de la violación. Luego alisó la colcha. Estaba tan bella como un cisne humano, más aún que los cisnes dorados que adornaban su lecho semejante a una góndola. —Tu maestro lo averiguará —anunció—. Es un excelente mago. —¿Acaso le temes? Me refiero en términos generales, no debido a lo que ha ocurrido entre nosotros. —No —contestó Bianca—. ¿Por qué había de temerlo? Todo el mundo sabe que conviene no enojarle, ni ofenderle, ni interrumpir su soledad, ni hacerle preguntas, pero no es temor. ¿Por qué lloras, Amadeo? ¿Qué ocurre? —No lo sé, Bianca. —Yo te lo diré —repuso ella—. Él se ha convertido en todo tu universo, como sólo puede hacerlo un gran hombre como él. Te has alejado de ese universo y ansías regresar a él. Es lógico que un hombre como tu maestro lo represente todo para ti, que su sabia voz se convierta en la norma según la cual lo mides todo. Todo cuanto reside más allá de él no tiene valor alguno porque él no lo ve, no proclama su valor. Por tanto, no tienes más remedio que dejar los desechos que se hallan fuera de su luz y regresar a él. Vete a casa. Bianca salió de la habitación y cerró la puerta. Yo volví a tumbarme y me quedé dormido, pues no deseaba regresar a casa. A la mañana siguiente, desayuné con Bianca y pasé todo el día con ella. Desde que le había hecho el amor me sentía subyugado por aquella radiante mujer. Por más que ella hablara del maestro yo la contemplaba arrobado en aquel ambiente impregnado de su fragancia, rodeado por sus efectos personales e íntimos. Nunca olvidaré a Bianca. Jamás. Le hablé, como es posible hacer con una cortesana, sobre los burdeles que había visitado. Quizá los recuerdo con detalle porque le hablé sobre ellos. Me expresé con delicadeza, por supuesto, pero se lo expliqué todo. Le dije que mi maestro deseaba que yo aprendiera todo cuanto pudieran enseñarme esas espléndidas academias, a las que él mismo me había llevado. —Eso está muy bien, pero no puedes quedarte, Amadeo. Él te ha llevado a lugares donde gozarás de la compañía de mucha gente. Quizás el maestro no desee que frecuentes la compañía de una sola persona. Yo no deseaba irme. No obstante, al anochecer, cuando acudieron los poetas ingleses y franceses asiduos a la casa, y comenzó la música y el baile, no me apeteció compartir a Bianca con su corte de admiradores. La observé durante un rato, confusamente consciente de que la había poseído en su alcoba secreta como ninguno de sus admiradores la había poseído ni la poseería jamás, pero eso no me consoló. Yo deseaba algo de mi maestro, algo definitivo, concluyente, que borrara todo lo demás. Enloquecido por ese deseo, plenamente consciente de él, me emborraché en una taberna, lo suficiente para ponerme quisquilloso y desagradable, y luego regresé a casa trastabillando por las calles. Me sentí envalentonado y agresivo, y muy independiente por haber permanecido alejado de mi maestro y sus misterios durante tanto tiempo. Cuando regresé, lo encontré subido en el andamio, pintando con furia. Supuse que estaba trabajando en los rostros de sus filósofos griegos, creando esa alquimia gracias a la cual salían de su pincel unos semblantes tan vividos y realistas que parecían más descubiertos que aplicados. Llevaba una túnica raída y gris que le llegaba a los pies. Cuando entré no se volvió. Parecía como si hubieran trasladado todos los braseros de la casa al estudio para procurarle la luz que él necesitaba. Los aprendices estaban impresionados de la velocidad con que el maestro había llenado el lienzo. En cuanto entré en el estudio, me percaté de que no se hallaba pintando su Academia Griega. Pintaba un retrato mío en el que yo aparecía de rodillas, un joven contemporáneo, luciendo mis habituales guedejas y una ropa austera, como si hubiera decidido alejarme de aquel mundo de relumbrón, con expresión inocente y las manos unidas como si orara. Me rodeaban unos ángeles de rostro amable y gloriosos, como de costumbre, pero éstos ostentaban unas alas negras. ¡Unas alas negras! Unas grandes alas negras cubiertas de sutiles plumas. Al observar con detenimiento aquellas criaturas, me parecieron horribles, siniestras. Él casi había completado el cuadro. Eran espantosos, y él casi lo había completado. El joven de pelo castaño rojizo con los ojos dirigidos hacia el cielo y expresión fervorosa tenía un aspecto muy real; los ángeles parecían a un tiempo ávidos y tristes. Sin embargo, nada de cuanto mostraba el cuadro era tan monstruoso como el espectáculo de mi maestro mientras lo pintaba, los febriles movimientos de su mano y su pincel al plasmar el cielo, las nubes, un frontón roto, el ala de un ángel, la luz del sol. Los aprendices se hallaban arracimados en un rincón, convencidos de que el maestro había perdido la razón. ¿Qué era, un loco o un brujo? ¿Por qué se revelaba de forma tan impúdica ante aquellos jóvenes, turbando su serenidad de ánimo? ¿Por qué revelaba nuestro secreto, demostrando que ni él era un hombre ni aquellas criaturas aladas unos ángeles? ¿Qué había logrado hacerle perder la paciencia hasta ese extremo? En éstas arrojó furioso un pote de pintura al otro extremo de la habitación. Una mancha verde se extendió sobre el muro, desfigurándolo. El maestro se puso a gritar y a renegar en una lengua que ni mis compañeros ni yo comprendíamos. Luego tiró todos los potes que estaban sobre el andamio, derramando la pintura por el suelo en unos grandes y relucientes charcos. Por último, arrojó los pinceles, que volaron por los aires como flechas. —¡Largaos de aquí! ¡Idos a la cama! ¡No quiero ver vuestros estúpidos e inocentes rostros! ¡Fuera! Los aprendices huyeron asustados. Riccardo rodeó a los más pequeños con los brazos para protegerlos de las iras del maestro y todos salieron apresuradamente. El maestro se sentó, con las piernas colgando por el borde del andamio, y me miró como si no me reconociera. —Baja, maestro —le rogué. Tenía el pelo alborotado y manchado de pintura. No parecía sorprendido de verme allí; ni se sobresaltó al oír mi voz. Él sabía desde el primer momento que yo estaba allí. Lo sabía todo. Oía palabras pronunciadas en otras habitaciones. Conocía los pensamientos de quienes le rodeaban. Estaba repleto de magia, y cuando yo bebía de esa magia, sus potentes efectos me nublaban los sentidos. —Deja que te peine y alise el pelo —dije con tono insolente. El maestro tenía la túnica sucia y manchada de pintura por haber limpiado el pincel en ella. Una de sus sandalias cayó del andamio y se estrelló en el suelo con un ruido seco. —Baja, maestro —insistí—. Si he dicho algo que te ha disgustado, prometo no volver a decirlo. Él no respondió. De pronto estalló en mí toda la rabia contenida; la sensación de soledad que había experimentado por haber permanecido alejado de él durante unos días, siguiendo sus instrucciones, y al regresar a casa, encontrármelo furioso y mirándome como si no me reconociera. No estaba dispuesto a tolerar que me tratara de ese modo, prescindiendo olímpicamente de mí. Quería obligarle a reconocer que yo era la causa de su ira. Obligarle a hablar. Sentí deseos de romper a llorar. En su rostro se dibujó una expresión de angustia. Me horrorizaba verlo, pensar que sentía un dolor tan intenso como yo, como los otros chicos. —¡Eres un egoísta que se divierte atemorizándonos a todos! —grité en un gesto de rebeldía. El maestro desapareció en un gran remolino, sin decir palabra, y oí sus pasos atravesando apresuradamente las estancias desiertas del palacio. Yo sabía que se había movido con una velocidad desconocida para el resto de los hombres. Eché a correr tras él, pero el maestro me cerró la puerta de la alcoba en las nances y corrió el cerrojo antes de que yo pudiera alcanzarla y tirar del pomo. —¡Déjame entrar, maestro! —le supliqué—. Me fui porque tú me lo ordenaste. —Desesperado, me puse a dar vueltas. Era imposible derribar esa puerta. La aporreé con los puños y le propiné patadas, pero fue en vano—. Tú me enviaste a los burdeles. Tú me ordenaste que fuera a esos malditos lupanares. Al cabo de un rato, me senté junto a la puerta, apoyando la espalda en ella, y prorrumpí en sonoros sollozos. Di un escándalo imponente. Él esperó a que yo me hubiera desahogado. —¡Vete a dormir, Amadeo! —ordenó—. Mis iras no tienen nada que ver contigo. Eso era imposible. ¡Mentira! Yo me sentía furioso, herido y ofendido de que me tomara por idiota, y estaba aterido de frío. —¡Entonces hagamos las paces, señor! —exclamé. La casa estaba helada como un témpano. —Ve a acostarte junto con tus compañeros —respondió él suavemente—. Tu sitio está con ellos, Amadeo. Tú los quieres. Pertenecen a tu misma especie. No busques la compañía de monstruos. —¿Eso es lo que tú eres, maestro? —pregunté con tono agresivo y enojado —. ¿Tú, que pintas como Bellini y Mantegna, que sabes leer todas las palabras y hablar todas las lenguas, que tienes una capacidad infinita de amar y una paciencia no menos infinita, un monstruo? ¿Eso eres? ¡Un monstruo que nos proporciona un techo y nos alimenta con unas exquisiteces preparadas en las cocinas de los dioses! ¡Menudo monstruo! Él no respondió. Eso me enfureció aún más. Bajé a la planta inferior. Tomé una enorme hacha de guerra que colgaba en la pared. Era una de las numerosas armas expuestas en la casa, en la que yo apenas había reparado. «Ha llegado el momento de utilizarla —pensé—. Estoy harto de su frialdad. No lo soporto. No lo soporto.» Subí de nuevo y descargué un hachazo contra la puerta. Como era de prever, el hacha traspasó la puerta, haciendo añicos el panel pintado y la laca antigua y las bonitas rosas amarillas y rojas. Retrocedí unos pasos y volví a descargar otro hachazo contra la puerta. Esta vez, el cerrojo cedió y derribé la puerta de una patada. El maestro estaba sentado en su amplia poltrona de roble oscuro, con las manos crispadas sobre las dos cabezas de león, mirándome estupefacto. A sus espaldas se erguía el gigantesco lecho con su suntuoso dosel ribeteado de oro. —¡Cómo te atreves! —exclamó. El maestro se levantó en el acto, me arrebató el hacha y la arrojó con tal violencia que fue a dar contra el muro de piedra situado al otro lado de la habitación. Luego me tomó en brazos y me arrojó hacia el lecho. Todo él se estremeció bajo el impacto, inclusive el dosel y los cortinajes. Ningún hombre habría sido capaz de arrojarme a esa distancia. Excepto él. Volé por los aires agitando los brazos y las piernas y aterricé sobre el lecho. —¡Eres un monstruo despreciable! —protesté. Me volví, me incorporé sobre un costado, doblando una rodilla, y le miré con descaro. Él se hallaba de espaldas a mí. Se disponía a cerrar la puerta interior del apartamento, que había estado abierta y, por tanto, yo no había tenido que derribar. No obstante, se detuvo. Acto seguido se volvió y me observó con expresión divertida. —Sorprende ese mal genio en un joven de rostro tan angelical —comentó suavemente. —Si soy un ángel —repliqué, apartándome del borde del lecho—, píntame con unas alas negras. —Has tenido el valor de derribar la puerta de mis aposentos —dijo él cruzando los brazos—. ¿Debo decirte por qué no estoy dispuesto a tolerar semejante osadía ni en ti ni en nadie? El maestro me miró con las cejas arqueadas. —Me atormentas —respondí. —¿De veras?¿Desde cuándo? Explícate. Sentí deseos de ponerme a chillar, a sollozar. Deseaba decirle: «Te amo.» Pero en lugar de ello dije: —Te detesto. El no pudo reprimir una carcajada. Agachó la cabeza, con los dedos apoyados en el mentón, y me observó detenidamente. Luego extendió la mano y chasqueó los dedos.
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