capitulo 14

2502 Palabras
Me preguntaba si los burdeles a los que me había enviado constituían una prueba de mi inocencia y si su manifiesto deseo de que yo gozara en ellos era mentira. Me senté a su escritorio, tomé su pluma y le escribí un mensaje. Tú eres el maestro. Debes saberlo mejor que nadie. Es insoportable dejarse guiar por alguien incapaz de hacerlo. Muéstrame el camino con claridad, pastor, o renuncia a ello. Lo cierto era que estaba agotado debido a esos cuatro días entregado al placer, al vino que había bebido, a la distorsión de mis sentidos; me sentía solo y anhelaba estar con él para que me tranquilizara y asegurara que yo era suyo. Pero él no estaba junto a mí. Salí a dar un paseo. Pasé todo el día en las tabernas, bebiendo, jugando a los naipes, coqueteando con las chicas bonitas que se me acercaban, con el fin de retenerlas a mi lado mientras yo participaba en diversos juegos de azar. Más tarde, cuando cayó la noche, me dejé seducir por un inglés borracho, un noble rubio y pecoso perteneciente a uno de los títulos francés e inglés más antiguo, el conde de Harlech, quien viajaba por Italia para admirar sus maravillas y estaba intoxicado con los numerosos placeres que ofrecía, inclusive la práctica de la sodomía en un país extraño. Naturalmente, le parecí un joven bellísimo, como a todo el mundo. Él no era mal parecido. Incluso su rostro pálido y pecoso poseía cierto encanto, que su espectacular mata de pelo cobrizo ponía de relieve. El aristócrata inglés me llevó a sus habitaciones situadas en un recargado y hermoso palacio, donde me hizo el amor. No fue una experiencia desagradable. Su inocencia y su torpeza me deleitaron. Sus ojos azules y redondos eran una maravilla; tenía unos brazos extraordinariamente fuertes y musculosos y una barbita color naranja, un tanto cursi pero deliciosamente puntiaguda. Escribió unos poemas en latín y en desempeñando yo el papel de soldado conquistador y él el de víctima en el campo de batalla; en ocasiones le azotaba suavemente con un cinturón de cuero antes de poseerlo, lo cual exacerbaba nuestra pasión. De vez en cuando, el inglés me suplicó que le confesara quién era y que quedáramos citados para vernos de nuevo, a lo cual como es lógico me negué. Pasé tres noches con él, charlando sobre las misteriosas islas inglesas, leyéndole en voz alta poemas italianos, tocando la mandolina y cantándole canciones de amor. Él me enseñó una gran cantidad de palabras obscenas en inglés, y manifestó su deseo de llevarme a Inglaterra con él. Tenía que recuperar el juicio, según me confesó; tenía que regresar a sus deberes y obligaciones, sus propiedades, a su odiosa y adúltera esposa escocesa, cuyo padre era un asesino, y a su hijo pequeño e inocente, de cuya paternidad estaba bastante seguro, dado que el niño tenía el pelo rojo y rizado como él. Me prometió instalarme en una espléndida mansión que poseía en Londres, regalo de su majestad el rey Enrique VII. Aseguró no poder vivir sin mí; todos los Harlech sin excepción tenían que salirse siempre con la suya, y yo no podía sino capitular ante él. Si era hijo de un destacado noble debía decírselo, y él se encargaría de allanar este obstáculo. ¿Odiaba acaso a mi padre? Me confesó que era un canalla. Todos los Harlech eran unos canallas y lo habían sido desde los tiempos de Eduardo el Confesor. Nos marcharíamos subrepticiamente de Venecia esa misma noche. —No conoces Venecia y no conoces a sus nobles —repuse—. Recapacita. Si lo intentas, te expones a que te maten. Observé que era joven. No había reparado antes en ello, pues todos los hombres mayores me parecían unos ancianos. Calculé que debía de tener unos veinticinco años. Por lo demás, estaba completamente loco. En éstas el inglés saltó de la cama, con su cabellera roja de punta, desenvainó una imponente daga italiana y me miró fijamente. —Te mataré —declaró con arrogancia, utilizando el dialecto veneciano. Acto seguido clavó la daga en la almohada, provocando una nube de plumas—. Te mataré si es preciso —repitió, quitándose unas plumas de la cara. —¿Y qué ganarás con ello? —pregunté. De pronto oí un crujido a sus espaldas. Sospeché que había alguien junto a las ventanas, al otro lado de los postigos de madera, aunque nos hallábamos situados a tres pisos sobre el Gran Canal. Cuando comenté mis sospechas al inglés, éste me creyó. francés para mí, que recitó en voz alta con gran encanto. Al cabo de un par de horas de hacer el papel de macho conquistador, me indicó que le apetecía que yo le montara, lo cual me procuró un intenso placer. A partir de entonces lo hicimos varias veces de ese modo —Provengo de una familia de salvajes asesinos —mentí—. Son capaces de seguirte hasta los confines de la Tierra si averiguan que me has traído aquí; arrasarán tus castillos, te cortarán por la mitad, te arrancarán la lengua y tus partes pudendas, las envolverán en terciopelo y las enviarán a tu soberano. Anda, cálmate. —Eres un demonio astuto y deslenguado —replicó el inglés—; pareces un ángel y te expresas como un mozo de taberna con esa voz dulce y viril. —Ese soy yo —dije alegremente. Me levanté, me vestí apresuradamente, rogándole que no me matara todavía, puesto que regresaría tan pronto como pudiera, ya que sólo anhelaba estar con él. Luego le besé y me dirigí hacia la puerta. El inglés permaneció sentado en el lecho, sin soltar la daga, con su pelirroja pelambrera, la barba y los hombros cubiertos de plumas. Ofrecía un aspecto muy peligroso. Yo había perdido la cuenta de las noches que había estado ausente. No hallé ninguna iglesia abierta. No deseaba compañía. Estaba oscuro y hacía frío. Había sonado el toque de queda. Por supuesto, el invierno veneciano me parecía templado en comparación con las tierras nevadas del norte, donde yo había nacido; pero era un invierno húmedo y opresivo, y aunque la brisa limpiaba y purificaba la ciudad, ésta me pareció inhóspita e insólitamente silenciosa. El ilimitado firmamento se desvanecía debajo de una gruesa capa de niebla. Las piedras de los edificios estaban heladas. Me senté en unos escalones junto a un canal, sin importarme que estuvieran empapados, y rompí a llorar. ¿Qué había aprendido de aquella experiencia? Me sentía como un sofisticado hombre de mundo debido a la esmerada educación que había recibido. Sin embargo, no me había aportado ningún calor, un calor duradero y reconfortante; la soledad que experimentaba era peor que el sentimiento de culpa, que la sensación de estar condenado. La soledad había venido a suplantar esa vieja sensación. Yo la temía, pues estaba completamente solo. Sentado en aquellos escalones, contemplando un pequeño fragmento de cielo n***o y unas pocas estrellas que se deslizaban sobre los tejados de las casas, presentí lo terrible que sería perder simultáneamente a mi maestro y mi sentimiento de culpabilidad, ser expulsado por aquél a un universo donde nadie se molestaría en amarme ni condenarme, sentirme perdido e ir dando tumbos por el mundo con la única compañía de seres humanos, esos jóvenes y esas muchachas, el aristócrata inglés y su daga, incluso mi estimada Bianca. Por fin me dirigí a casa de ésta. Me oculté debajo del lecho, como había hecho en otras ocasiones, y me negué a salir. Bianca había convidado a su casa a un numeroso grupo de ingleses, pero por fortuna no a mi amante pelirrojo, quien sin duda seguía vagando por la habitación entre un montón de plumas. «Bien —pensé—, si el encantador conde de Harlech se presenta aquí, no creo que se arriesgue a hacer el ridículo delante de sus compatriotas.» Al cabo de un rato apareció Bianca, bellísima, con un favorecedor traje violeta y un collar de perlas que debía de costar una fortuna. Se arrodilló junto al lecho y acercó su cabeza a la mía. —¿Qué ocurre, Amadeo? Yo nunca había solicitado sus favores. Que yo supiera, nadie se habría atrevido a hacerlo. Pero en aquellos momentos era un adolescente desesperado y nada me pareció más oportuno que arrojarme sobre ella. Salí de debajo de su lecho, me dirigí a la puerta y eché el cerrojo, para que las voces y risas de los convidados no nos turbaran. Cuando me volví, vi a Blanca arrodillada en el suelo, mirándome con el entrecejo fruncido y sus labios dulces como un melocotón entreabiertos en un gesto de perplejidad que me pareció encantador. Sentí deseos de aplastarla con mi pasión, pero no con violencia, por supuesto, confiando en que más tarde volvería a ser la de siempre, como si pudiera recomponerse un hermoso jarrón hecho añicos y restituirle un esplendor aún más extraordinario que antes. La levanté por las axilas y la arrojé sobre el lecho. Era un lecho impresionante, en el que, según decían, dormía sola. El cabecero estaba decorado con unos majestuosos cisnes dorados, y en el dosel de madera aparecían pintadas unas ninfas danzando. Las cortinas eran de oro tejido y transparente. No tenía un aspecto invernal, como el lecho de terciopelo rojo de mi maestro. Me incliné sobre ella y la besé, enloquecido por sus bonitos y astutos ojos que me observaban con frialdad. La sujeté por las muñecas y luego, tras cruzar su muñeca izquierda sobre la derecha, sostuve sus manos con una de las mías mientras le desgarraba el vestido. Lo desgarré con tal b********d que los botones de madreperla cayeron al suelo. Acto seguido le abrí el corpino, debajo del cual llevaba un elegante corsé ribeteado de encaje, que rasgué por la mitad como si fuera de papel. Bianca tenía los pechos pequeños y deliciosos, demasiado delicados y juveniles para el prostíbulo donde la voluptuosidad estaba a la orden del día. No obstante, deseé magrearlos a mi antojo. Tarareé la estrofa de una canción en su oído. Ella suspiró. Entonces me arrojé sobre ella, sin soltarle las muñecas, y le chupé los pezones con fuerza, uno tras otro. A continuación me aparté y le propiné unos cachetes en los pechos con suavidad, de izquierda a derecha, hasta que adquirieron un tono rosáceo. Bianca tenía la cara encendida y seguía mirándome con el ceño arrugado, un gesto que apenas alteraba la tersura de su pálida frente. Sus ojos parecían dos ópalos, y aunque pestañeó lentamente, casi como si estuviera adormilada, no movió un músculo. Yo concluí mi labor sobre sus frágiles ropas. Le arranqué los volantes de la falda y, al quitársela, comprobé que estaba espléndidamente desnuda, tal como había supuesto. En realidad yo no tenía ni idea de lo que una mujer respetable llevaba debajo de la falda. Pero Bianca sólo mostraba un pequeño y dorado nido de vello púbico, el cual realzaba un vientre levemente redondeado y la humedad que tenía entre las piernas. Enseguida me di cuenta de que yo le gustaba. No estaba indefensa. Al contemplar el reluciente vello entre sus piernas, me volví loco. La penetré con furia, asombrado de lo poco usada que parecía estar, como si hubiera tenido pocas experiencias carnales. Bianca emitió un pequeño grito de dolor. Me empleé a fondo, deleitándome con su timidez. Me apoyé sobre el brazo derecho para no descargar todo mi peso sobre ella, pues no quería soltarle las muñecas. Ella se agitó y retorció hasta que su cabello dorado se soltó del tocado de perlas y cintas que lo sujetaba y se desparramó sobre la almohada. Tenía la piel húmeda, rosada y reluciente, como la curva interna de una concha de gran tamaño. Al fin no pude contenerme más y, en el momento en que eyaculé, ella emitió un último y prolongado suspiro. Ambos nos mecimos abrazados. Bianca tenía los ojos cerrados y el rostro congestionado, como si hubiera sufrido un síncope, y sacudía la cabeza sin cesar. Al cabo de unos segundos, su cuerpo se relajó. Yo me tendí a su lado y me cubrí el rostro con las manos, como si temiera que me fueran a abofetear. Bianca se echó a reír como una niña e, inopinadamente, me golpeó en los brazos, pero de forma cariñosa. Yo fingí ponerme a llorar de vergüenza. —¡Has destrozado mi maravilloso vestido! ¡Eres un sátiro, un vi conquistador! ¡Un niño precoz! De pronto noté que se levantaba del lecho y oí que se vestía al tiempo que canturreaba alegremente. —¿Qué pensará tu maestro de esta aventura, Amadeo? —inquirió Bianca. Yo aparté los brazos de la cara y miré hacia el lugar donde sonaba su voz. Bianca se vistió detrás de un elegante biombo pintado, un regalo de París, según creo recordar, de uno de sus poetas franceses favoritos. Al poco rato apareció tan espléndida como antes, con un vestido verde manzana bordado con flores silvestres. Parecía la viva imagen de un jardín sembrado de florecitas amarillas y rosas bordadas con esmero en el corpino y la larga falda de tafetán. —¿Qué dirá el gran maestro cuando averigüe que su joven amante es un auténtico dios de los bosques? —¿Amante? —pregunté asombrado. Bianca me miró con gran dulzura. Luego se sentó y empezó a trenzar de nuevo su larga y alborotada cabellera. No llevaba pinturas y su semblante aparecía intacto, sin mostrar la menor huella de nuestros juegos; el cabello le caía sobre los hombros, enmarcando su rostro como una magnífica capucha dorada. Tenía la frente lisa y despejada. —Pareces creada por Botticelli —murmuré. Yo se lo decía con frecuencia, pues lo cierto es que Bianca parecía una de sus bellezas. Todo el mundo opinaba como yo, y sus amigos le regalaban de vez en cuando unas pequeñas copias de los célebres cuadros florentinos del pintor. Reflexioné sobre ello, pensé en Venecia y en este mundo en el que yo vivía. Pensé en ella, una cortesana, recibiendo esas pinturas a un tiempo castas y lascivas como si fuera una santa. Evoqué unos ecos de los antiguos mundos sobre los que me habían hablado hacía mucho, cuando me arrodillé en presencia de una belleza vieja y deteriorada, y creí que yo me hallaba en el pináculo, que debía tomar el pincel y pintar única y exclusivamente «aquello que representaba el universo de Dios». No había ningún tumulto en mi interior, sólo una mezcla de corrientes, cuando la observé mientras se peinaba, enlazando las hermosas hileras de perlas entre su cabello, y las cintas de color verde pálido bordadas con las mismas florecillas que decoraban su vestido. Tenía los pechos sonrosados, semicubiertos debajo del ceñido corpino. Sentí deseos de desgarrarlo de nuevo. —Mi dulce Bianca, ¿qué te hace pensar que soy el amante del maestro? —Todo el mundo lo sabe —murmuró ella—. Eres su favorito. ¿Crees que le has enojado?
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