Me preguntaba si los burdeles a los que me había enviado constituían una prueba de mi inocencia y si su
manifiesto deseo de que yo gozara en ellos era mentira.
Me senté a su escritorio, tomé su pluma y le escribí un mensaje.
Tú eres el maestro. Debes saberlo mejor que nadie. Es insoportable dejarse
guiar por alguien incapaz de hacerlo. Muéstrame el camino con claridad, pastor,
o renuncia a ello.
Lo cierto era que estaba agotado debido a esos cuatro días entregado al
placer, al vino que había bebido, a la distorsión de mis sentidos; me sentía solo y
anhelaba estar con él para que me tranquilizara y asegurara que yo era suyo.
Pero él no estaba junto a mí.
Salí a dar un paseo. Pasé todo el día en las tabernas, bebiendo, jugando a los
naipes, coqueteando con las chicas bonitas que se me acercaban, con el fin de
retenerlas a mi lado mientras yo participaba en diversos juegos de azar.
Más tarde, cuando cayó la noche, me dejé seducir por un inglés borracho, un
noble rubio y pecoso perteneciente a uno de los títulos francés e inglés más
antiguo, el conde de Harlech, quien viajaba por Italia para admirar sus maravillas
y estaba intoxicado con los numerosos placeres que ofrecía, inclusive la práctica
de la sodomía en un país extraño.
Naturalmente, le parecí un joven bellísimo, como a todo el mundo. Él no era
mal parecido. Incluso su rostro pálido y pecoso poseía cierto encanto, que su
espectacular mata de pelo cobrizo ponía de relieve.
El aristócrata inglés me llevó a sus habitaciones situadas en un recargado y
hermoso palacio, donde me hizo el amor. No fue una experiencia desagradable.
Su inocencia y su torpeza me deleitaron. Sus ojos azules y redondos eran una
maravilla; tenía unos brazos extraordinariamente fuertes y musculosos y una
barbita color naranja, un tanto cursi pero deliciosamente puntiaguda.
Escribió unos poemas en latín y en desempeñando yo el papel de soldado conquistador y él el de víctima en el
campo de batalla; en ocasiones le azotaba suavemente con un cinturón de cuero
antes de poseerlo, lo cual exacerbaba nuestra pasión.
De vez en cuando, el inglés me suplicó que le confesara quién era y que
quedáramos citados para vernos de nuevo, a lo cual como es lógico me negué.
Pasé tres noches con él, charlando sobre las misteriosas islas inglesas,
leyéndole en voz alta poemas italianos, tocando la mandolina y cantándole
canciones de amor.
Él me enseñó una gran cantidad de palabras obscenas en inglés, y manifestó
su deseo de llevarme a Inglaterra con él. Tenía que recuperar el juicio, según me
confesó; tenía que regresar a sus deberes y obligaciones, sus propiedades, a su
odiosa y adúltera esposa escocesa, cuyo padre era un asesino, y a su hijo
pequeño e inocente, de cuya paternidad estaba bastante seguro, dado que el niño
tenía el pelo rojo y rizado como él.
Me prometió instalarme en una espléndida mansión que poseía en Londres,
regalo de su majestad el rey Enrique VII. Aseguró no poder vivir sin mí; todos
los Harlech sin excepción tenían que salirse siempre con la suya, y yo no podía
sino capitular ante él. Si era hijo de un destacado noble debía decírselo, y él se
encargaría de allanar este obstáculo. ¿Odiaba acaso a mi padre? Me confesó que
era un canalla. Todos los Harlech eran unos canallas y lo habían sido desde los
tiempos de Eduardo el Confesor. Nos marcharíamos subrepticiamente de
Venecia esa misma noche.
—No conoces Venecia y no conoces a sus nobles —repuse—. Recapacita. Si
lo intentas, te expones a que te maten.
Observé que era joven. No había reparado antes en ello, pues todos los
hombres mayores me parecían unos ancianos. Calculé que debía de tener unos
veinticinco años. Por lo demás, estaba completamente loco.
En éstas el inglés saltó de la cama, con su cabellera roja de punta, desenvainó
una imponente daga italiana y me miró fijamente.
—Te mataré —declaró con arrogancia, utilizando el dialecto veneciano. Acto
seguido clavó la daga en la almohada, provocando una nube de plumas—. Te
mataré si es preciso —repitió, quitándose unas plumas de la cara.
—¿Y qué ganarás con ello? —pregunté.
De pronto oí un crujido a sus espaldas. Sospeché que había alguien junto a
las ventanas, al otro lado de los postigos de madera, aunque nos hallábamos
situados a tres pisos sobre el Gran Canal. Cuando comenté mis sospechas al
inglés, éste me creyó. francés para mí,
que recitó en voz alta
con gran encanto. Al cabo de un par de horas de hacer el papel de macho
conquistador, me indicó que le apetecía que yo le montara, lo cual me procuró un
intenso placer. A partir de entonces lo hicimos varias veces de ese modo —Provengo de una familia de salvajes asesinos —mentí—. Son capaces de
seguirte hasta los confines de la Tierra si averiguan que me has traído aquí;
arrasarán tus castillos, te cortarán por la mitad, te arrancarán la lengua y tus
partes pudendas, las envolverán en terciopelo y las enviarán a tu soberano. Anda,
cálmate.
—Eres un demonio astuto y deslenguado —replicó el inglés—; pareces un
ángel y te expresas como un mozo de taberna con esa voz dulce y viril.
—Ese soy yo —dije alegremente.
Me levanté, me vestí apresuradamente, rogándole que no me matara todavía,
puesto que regresaría tan pronto como pudiera, ya que sólo anhelaba estar con él.
Luego le besé y me dirigí hacia la puerta.
El inglés permaneció sentado en el lecho, sin soltar la daga, con su pelirroja
pelambrera, la barba y los hombros cubiertos de plumas. Ofrecía un aspecto muy
peligroso.
Yo había perdido la cuenta de las noches que había estado ausente.
No hallé ninguna iglesia abierta. No deseaba compañía.
Estaba oscuro y hacía frío. Había sonado el toque de queda. Por supuesto, el
invierno veneciano me parecía templado en comparación con las tierras nevadas
del norte, donde yo había nacido; pero era un invierno húmedo y opresivo, y
aunque la brisa limpiaba y purificaba la ciudad, ésta me pareció inhóspita e
insólitamente silenciosa. El ilimitado firmamento se desvanecía debajo de una
gruesa capa de niebla. Las piedras de los edificios estaban heladas.
Me senté en unos escalones junto a un canal, sin importarme que estuvieran
empapados, y rompí a llorar. ¿Qué había aprendido de aquella experiencia?
Me sentía como un sofisticado hombre de mundo debido a la esmerada
educación que había recibido. Sin embargo, no me había aportado ningún calor,
un calor duradero y reconfortante; la soledad que experimentaba era peor que el
sentimiento de culpa, que la sensación de estar condenado.
La soledad había venido a suplantar esa vieja sensación. Yo la temía, pues
estaba completamente solo. Sentado en aquellos escalones, contemplando un
pequeño fragmento de cielo n***o y unas pocas estrellas que se deslizaban sobre
los tejados de las casas, presentí lo terrible que sería perder simultáneamente a
mi maestro y mi sentimiento de culpabilidad, ser expulsado por aquél a un universo donde nadie se molestaría en amarme ni condenarme, sentirme perdido
e ir dando tumbos por el mundo con la única compañía de seres humanos, esos
jóvenes y esas muchachas, el aristócrata inglés y su daga, incluso mi estimada
Bianca.
Por fin me dirigí a casa de ésta. Me oculté debajo del lecho, como había
hecho en otras ocasiones, y me negué a salir.
Bianca había convidado a su casa a un numeroso grupo de ingleses, pero por
fortuna no a mi amante pelirrojo, quien sin duda seguía vagando por la
habitación entre un montón de plumas. «Bien —pensé—, si el encantador conde
de Harlech se presenta aquí, no creo que se arriesgue a hacer el ridículo delante
de sus compatriotas.» Al cabo de un rato apareció Bianca, bellísima, con un
favorecedor traje violeta y un collar de perlas que debía de costar una fortuna. Se
arrodilló junto al lecho y acercó su cabeza a la mía.
—¿Qué ocurre, Amadeo?
Yo nunca había solicitado sus favores. Que yo supiera, nadie se habría
atrevido a hacerlo. Pero en aquellos momentos era un adolescente desesperado y
nada me pareció más oportuno que arrojarme sobre ella.
Salí de debajo de su lecho, me dirigí a la puerta y eché el cerrojo, para que
las voces y risas de los convidados no nos turbaran.
Cuando me volví, vi a Blanca arrodillada en el suelo, mirándome con el
entrecejo fruncido y sus labios dulces como un melocotón entreabiertos en un
gesto de perplejidad que me pareció encantador. Sentí deseos de aplastarla con
mi pasión, pero no con violencia, por supuesto, confiando en que más tarde
volvería a ser la de siempre, como si pudiera recomponerse un hermoso jarrón
hecho añicos y restituirle un esplendor aún más extraordinario que antes.
La levanté por las axilas y la arrojé sobre el lecho. Era un lecho
impresionante, en el que, según decían, dormía sola. El cabecero estaba
decorado con unos majestuosos cisnes dorados, y en el dosel de madera
aparecían pintadas unas ninfas danzando. Las cortinas eran de oro tejido y
transparente. No tenía un aspecto invernal, como el lecho de terciopelo rojo de
mi maestro.
Me incliné sobre ella y la besé, enloquecido por sus bonitos y astutos ojos
que me observaban con frialdad. La sujeté por las muñecas y luego, tras cruzar
su muñeca izquierda sobre la derecha, sostuve sus manos con una de las mías
mientras le desgarraba el vestido. Lo desgarré con tal b********d que los botones
de madreperla cayeron al suelo. Acto seguido le abrí el corpino, debajo del cual
llevaba un elegante corsé ribeteado de encaje, que rasgué por la mitad como si fuera de papel.
Bianca tenía los pechos pequeños y deliciosos, demasiado delicados y
juveniles para el prostíbulo donde la voluptuosidad estaba a la orden del día. No
obstante, deseé magrearlos a mi antojo. Tarareé la estrofa de una canción en su
oído. Ella suspiró. Entonces me arrojé sobre ella, sin soltarle las muñecas, y le
chupé los pezones con fuerza, uno tras otro. A continuación me aparté y le
propiné unos cachetes en los pechos con suavidad, de izquierda a derecha, hasta
que adquirieron un tono rosáceo.
Bianca tenía la cara encendida y seguía mirándome con el ceño arrugado, un
gesto que apenas alteraba la tersura de su pálida frente.
Sus ojos parecían dos ópalos, y aunque pestañeó lentamente, casi como si
estuviera adormilada, no movió un músculo.
Yo concluí mi labor sobre sus frágiles ropas. Le arranqué los volantes de la
falda y, al quitársela, comprobé que estaba espléndidamente desnuda, tal como
había supuesto. En realidad yo no tenía ni idea de lo que una mujer respetable
llevaba debajo de la falda. Pero Bianca sólo mostraba un pequeño y dorado nido
de vello púbico, el cual realzaba un vientre levemente redondeado y la humedad
que tenía entre las piernas.
Enseguida me di cuenta de que yo le gustaba. No estaba indefensa. Al
contemplar el reluciente vello entre sus piernas, me volví loco. La penetré con
furia, asombrado de lo poco usada que parecía estar, como si hubiera tenido
pocas experiencias carnales. Bianca emitió un pequeño grito de dolor.
Me empleé a fondo, deleitándome con su timidez. Me apoyé sobre el brazo
derecho para no descargar todo mi peso sobre ella, pues no quería soltarle las
muñecas. Ella se agitó y retorció hasta que su cabello dorado se soltó del tocado
de perlas y cintas que lo sujetaba y se desparramó sobre la almohada. Tenía la
piel húmeda, rosada y reluciente, como la curva interna de una concha de gran
tamaño.
Al fin no pude contenerme más y, en el momento en que eyaculé, ella emitió
un último y prolongado suspiro. Ambos nos mecimos abrazados. Bianca tenía
los ojos cerrados y el rostro congestionado, como si hubiera sufrido un síncope,
y sacudía la cabeza sin cesar. Al cabo de unos segundos, su cuerpo se relajó.
Yo me tendí a su lado y me cubrí el rostro con las manos, como si temiera
que me fueran a abofetear.
Bianca se echó a reír como una niña e, inopinadamente, me golpeó en los
brazos, pero de forma cariñosa. Yo fingí ponerme a llorar de vergüenza.
—¡Has destrozado mi maravilloso vestido! ¡Eres un sátiro, un vi conquistador! ¡Un niño precoz!
De pronto noté que se levantaba del lecho y oí que se vestía al tiempo que
canturreaba alegremente.
—¿Qué pensará tu maestro de esta aventura, Amadeo? —inquirió Bianca.
Yo aparté los brazos de la cara y miré hacia el lugar donde sonaba su voz.
Bianca se vistió detrás de un elegante biombo pintado, un regalo de París, según
creo recordar, de uno de sus poetas franceses favoritos. Al poco rato apareció tan
espléndida como antes, con un vestido verde manzana bordado con flores
silvestres. Parecía la viva imagen de un jardín sembrado de florecitas amarillas y
rosas bordadas con esmero en el corpino y la larga falda de tafetán.
—¿Qué dirá el gran maestro cuando averigüe que su joven amante es un
auténtico dios de los bosques?
—¿Amante? —pregunté asombrado.
Bianca me miró con gran dulzura. Luego se sentó y empezó a trenzar de
nuevo su larga y alborotada cabellera. No llevaba pinturas y su semblante
aparecía intacto, sin mostrar la menor huella de nuestros juegos; el cabello le
caía sobre los hombros, enmarcando su rostro como una magnífica capucha
dorada. Tenía la frente lisa y despejada.
—Pareces creada por Botticelli —murmuré.
Yo se lo decía con frecuencia, pues lo cierto es que Bianca parecía una de sus
bellezas. Todo el mundo opinaba como yo, y sus amigos le regalaban de vez en
cuando unas pequeñas copias de los célebres cuadros florentinos del pintor.
Reflexioné sobre ello, pensé en Venecia y en este mundo en el que yo vivía.
Pensé en ella, una cortesana, recibiendo esas pinturas a un tiempo castas y
lascivas como si fuera una santa.
Evoqué unos ecos de los antiguos mundos sobre los que me habían hablado
hacía mucho, cuando me arrodillé en presencia de una belleza vieja y
deteriorada, y creí que yo me hallaba en el pináculo, que debía tomar el pincel y
pintar única y exclusivamente «aquello que representaba el universo de Dios».
No había ningún tumulto en mi interior, sólo una mezcla de corrientes,
cuando la observé mientras se peinaba, enlazando las hermosas hileras de perlas
entre su cabello, y las cintas de color verde pálido bordadas con las mismas
florecillas que decoraban su vestido. Tenía los pechos sonrosados, semicubiertos
debajo del ceñido corpino. Sentí deseos de desgarrarlo de nuevo.
—Mi dulce Bianca, ¿qué te hace pensar que soy el amante del maestro?
—Todo el mundo lo sabe —murmuró ella—. Eres su favorito. ¿Crees que le
has enojado?