El hombre me arrastró con tal violencia que caí al suelo. Mi túnica negra estaba desgarrada. —¡Basta, padre! ¡Aléjate de aquí! —exclamé. —¿Vais a enterrar en una de estas fosas a un muchacho que pinta como los ángeles? —Deja de gritar, hermano Iván. Dios decidirá lo que debemos hacer. Los sacerdotes echaron a correr detrás de mí. Mi padre me arrastró hasta el taller. Del techo colgaban varias hileras de iconos, y otros cubrían toda la pared del fondo. Mi padre me arrojó en una silla situada ante la recia mesa de trabajo. Tomó el candelabro de hierro y encendió con su llama oscilante y rebelde el resto de las velas. Las velas iluminaron su poblada barba. De sus espesas cejas colgaban unos pelos largos y grises que se curvaban hacia arriba, dando a su semblante un aspecto diaból

