Capitulo 20

1975 Palabras
—Para todos nosotros —dijo el hombre moreno, volviéndose para mirarme. Los otros se echaron a reír. —¡Y nosotros! —exclamaron los bailarines. —Tendréis que esperar vuestro turno, pues yo seré el primero en acostarme con él —dijo uno, a lo que otro individuo replicó: —Ten, para ser el primero, antes que tú. Esta frase iba dirigida al pelirrojo, pero el bailarín arrojó a mi maestro, una sortija engastada con una piedra violácea que no logré identificar. —Un zafiro —murmuró el maestro, dirigiéndome una mirada burlona—. ¿Te gusta, Amadeo? El tercer bailarín, un individuo rubio, algo más bajo que el resto de los presentes y con una pequeña joroba en su hombro izquierdo, se apartó del círculo y avanzó hacia mí. Se despojó de todas sus sortijas, como quien se quita unos guantes, y las arrojó a mis pies. —Qué sonrisa tan dulce, joven dios —dijo. Jadeaba debido al ejercicio y tenía el cuello de terciopelo empapado en sudor. Se bamboleó un poco y por poco pierde el equilibrio, pero hizo un comentario jocoso al respecto y siguió bailando. La música continuó sonando machaconamente, como si los bailarines pretendieran sofocar las voces de sus ebrios jefes. —¿A alguien le interesa el asedio de Constantinopla? —preguntó mi maestro. —Cuéntame qué fue de Giovanni Longo —le rogué tímidamente. Todos se volvieron hacia mí. —El asedio de... Amadeo, ¿no? ¡Claro, Amadeo, qué despistado soy! — exclamó el bailarín rubio. —No se lo discuto, señor —repliqué—. Pero enseñadme un poco de historia. —¡El jovencito nos ha salido respondón! —exclamó regocijado el nombre moreno—. Ni siquiera has recogido las sortijas del suelo. —Llevo los dedos cargados de anillos —contesté educadamente, lo cual era cierto. El pelirrojo se lanzó de nuevo a la batalla. Giovanni Longo permaneció durante los cuarenta días que duró el bombardeo. Luchó toda la noche contra los turcos cuando derribaron las murallas. No se arredraba ante nada. Se lo llevaron del campo de batalla cuando lo abatieron de un disparo. —¿Y los cañones, señor? —pregunté—. ¿Eran muy grandes? —¡Supongo que tú estabas presente! —espetó el hombre moreno al pelirrojo antes de que éste pudiera responder. —Mi padre estaba allí—contestó el pelirrojo—. Y me lo contó él mismo. Iba a bordo del último barco que salió del puerto con los venecianos, y antes de que abras la boca, no se te ocurra hablar mal de mi padre ni de esos venecianos. Llevaron a los ciudadanos a lugar seguro, perdieron la batalla... —Querrás decir que desertaron —apostilló el individuo moreno. —Partieron llevándose a los desvalidos refugiados después de que los turcos hubieran conquistado la ciudad. ¿Acaso te atreves a llamar cobarde a mi padre? Sabes tanto de modales como de la guerra. Eres demasiado estúpido para que me moleste en pelear contigo, y estás demasiado borracho. —Amén —espetó mi maestro. —Contádselo —dijo el hombre pelirrojo a mi maestro—. Contádselo vos, Marius de Romanus. —El pelirrojo bebió otro trago, derramándose por encima el resto del vino—. Explicadle lo de la m*****a, lo que ocurrió. Contadle cómo Giovanni Longo peleó junto a las murallas hasta que le hirieron en el pecho. ¡Escucha, mentecato! —gritó a su amigo—. Nadie sabe más sobre este asunto que Marius de Romanus. Los magos son muy listos, según dice mi r****a. ¡Un brindis por Bianca Solderini! —exclamó apurando la copa. —¿Vuestra r****a, señor? —pregunté—. ¿Decís eso de una mujer tan admirable y en presencia de estos borrachos y deslenguados? Ninguno de ellos me hizo el menor caso, ni el pelirrojo, que estaba ocupado apurando su copa, ni los otros. El bailarín rubio se acercó a mí. —Están demasiado ebrios para recordarte, hermoso joven —dijo—. Pero yo no. —Al bailar os hacéis un lío con los pies —repuse—. No vayáis a haceros un lío con las palabras. —¡Serás descarado! —exclamó el otro, precipitándose sobre mí y chocando con una silla. Pero yo me hice a un lado y el individuo voló sobre la silla y aterrizó en el suelo. Sus compañeros soltaron una sonora carcajada. Los otros dos bailarines dejaron de ejecutar sus intrincados pasos. —Giovanni Longo era valiente —afirmó el maestro con calma, recorriendo con la vista la concurrencia y posándola sobre el pelirrojo—. Todos eran valientes. Pero nada pudo salvar a Bizancio. Había llegado su hora. Había sonado la hora fatídica tanto para los emperadores como para los mozos de cuadra. En el h********o que estalló se perdieron muchos tesoros. Ardieron bibliotecas enteras. Multitud de textos y sus imponderables misterios se convirtieron en humo. Yo me aparté de mi ebrio agresor, quien rodó por el suelo. —¡Dame la mano, estúpido perrito faldero! —rezongó éste. —Sospecho que deseáis más que eso, señor —repuse. —¡Y lo conseguiré! —gritó, pero al tratar de incorporarse resbaló y volvió a caer al suelo con un estentóreo gemido. Uno de los hombres que estaba sentado a la mesa —apuesto pero mayor, con el pelo largo, ondulado y gris y un rostro curtido pero hermoso, que engullía en silencio una grasienta pierna de cordero— contempló al individuo tendido en el suelo que se esforzaba en levantarse. —Hummm. Así cayó Goliat, pequeño David —comentó, mirándome con una sonrisa—. Conten tu lengua, pequeño David, no todos somos unos gigantes estúpidos, y no debes desperdiciar tus piedras. —Vuestra chanza es tan torpe como vuestro amigo, señor —repuse sonriendo—. En cuanto a mis piedras, se quedarán en su sitio, dentro de su bolsa, esperando a que tropecéis y caigáis, al igual que vuestro amigo. —¿Qué habéis dicho sobre unos libros, señor? —inquirió el pelirrojo, dirigiéndose a Marius, que estaba distraído y no había oído ese pequeño duelo verbal—. ¿Os referís a los que se quemaron durante la caída de la ciudad más grande del mundo? —Sí, a este hombre le gustan los libros —intervino el individuo moreno—. Os aconsejo que os ocupéis de vuestro chico, señor. Es terrible, ha interrumpido el baile. Decidle que no se burle de sus Mayores. Los dos bailarines se acercaron a mí, tan borrachos como el individuo que yacía en el suelo. Trataron de acariciarme, convirtiéndose simultáneamente en unas jadeantes bestias de cuatro patas con un aliento apestoso. —¿Te sonríes al contemplar a nuestro amigo rodando por el suelo? —preguntó uno de ellos, introduciendo la rodilla entre mis piernas. Yo me aparté, tratando de esquivar sus burdas caricias. —Es lo más suave que podía hacer —repuse—. Teniendo en cuenta que fue mi belleza lo que ocasionó su caída. No caigáis en esa tentación, señores. No tengo la menor intención de responder a vuestras plegarias. El maestro se levantó de golpe. —Estoy cansado de esto —declaró con una voz fría y clara que resonó a través de los tapices que pendían de los muros. Tenía un sonido siniestro. —¡Vaya! —exclamó el hombre moreno, observando al maestro—. Os llamáis Marius de Romanus, si no me equivoco. He oído hablar de vos. No os temo. —Muy amable de vuestra parte —murmuró el maestro, sonriendo. Al apoyar la mano sobre la cabeza del individuo, éste se apartó bruscamente, cayéndose casi del banco. Ahora sí parecía aterrorizado. Los bailarines observaron al maestro, sin duda tratando de calcular si lograrían reducirlo con facilidad. Uno de ellos se volvió de nuevo hacia mí y exclamó: —¡Al cuerno tú y tus plegarias! —Ojo con mi maestro, señor —repliqué—. Está cansado de vos; cuando está cansado se vuelve muy quisquilloso. El otro trató de aferrarme del brazo pero yo lo retiré a tiempo. Retrocedí hacia donde se hallaban los jóvenes músicos. La música me envolvió como una nube protectora. Vi pánico en sus rostros, pero continuaron tocando a gran velocidad, haciendo caso omiso del sudor que cubría sus frentes. —Dulces caballeros, me encanta vuestra música —dije—, pero tocad un réquiem, os lo ruego. Los jóvenes músicos me miraron con aprensión. El tambor siguió sonando, la gaita emitió su sinuosa melodía y el sonido de los laúdes reverberó a través de la habitación. El individuo rubio que yacía en el suelo gritó pidiendo auxilio mientras trataba en vano de incorporarse. Los dos bailarines acudieron en su ayuda. Uno de ellos me dirigió unas miradas como dardos. El maestro miró al tipo moreno que le había desafiado, le agarró con una sola mano y volvió a sentarlo en el banco. Luego se inclinó sobre él para besarlo en el cuello. El hombre se quedó inmóvil como un pequeño mamífero atrapado en las fauces de una bestia feroz, totalmente a su merced. Casi percibí el sonido de la sangre al brotar de la yugular al tiempo que la cabellera de mi maestro se estremecía y caía sobre su festín mortal. Mi maestro dejó caer al hombre al suelo. Sólo el pelirrojo observó la escena. Pero estaba tan borracho que no se dio cuenta de lo ocurrido. Alzó los ojos, con expresión ofuscada, y bebió otro trago de su copa manchada de vino. Luego se chupó los dedos de la mano derecha, uno tras otro, como si fuera un gato, en el preciso momento en que el maestro dejó caer a su compinche moreno de bruces sobre la mesa, concretamente sobre un plato de fruta. —¡Estúpido borracho! —exclamó el hombre pelirrojo—. ¡Nadie lucha por valor, honor o decencia! —En cualquier caso no muchos —repuso el maestro, mirándole. —Esos turcos rompieron el mundo por la mitad —dijo el pelirrojo contemplando al muerto, quien le miraba estúpidamente desde el plato de fruta que había hecho añicos con la cabeza. Yo no alcanzaba a verle el rostro, pero me excitó pensar que estaba muerto. —Acercaos, caballeros —dijo mi maestro—, vos también, señor, el que ofrecisteis vuestras sortijas a mi chico. —¿Es hijo vuestro, señor? —preguntó el jorobado rubio, quien por fin había logrado ponerse en pie. Apartó a sus amigos de un empellón y se acercó a la mesa—. Yo seré mejor padre para él que vos. Mi maestro apareció súbita y silenciosamente en el lado de la mesa donde nos hallábamos nosotros. Sus ropas se organizaron de nuevo en torno a su cuerpo, como si tan sólo hubiera dado un paso. El pelirrojo no se percató de la maniobra. —Deseo proponer un brindis por Skanderbeg, el gran Skanderbeg —propuso el individuo pelirrojo, como si hablara consigo—. Hace mucho que murió, pero dadme cinco Skanderbegs y organizaré una nueva cruzada para rescatar nuestra ciudad de manos de los turcos. —¡Menuda proeza! Cualquiera podría hacerlo con cinco Skanderbegs — repuso el hombre mayor que estaba sentado al otro extremo de la mesa, el que mordisqueaba los restos de la pata de cordero. Tras limpiarse los labios con la muñeca, añadió—: No existe ni jamás existió un general como Skanderbeg, salvo él mismo. Pero ¿qué le pasa a Ludovico? ¡Será imbécil! —exclamó levantándose. El maestro rodeó con un brazo los hombros del individuo rubio, quien trató de soltarse, pero mi maestro era inamovible. Mientras los dos bailarines propinaban a mi maestro empujones y manotazos para liberar a su compañero,
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