mi maestro depositó de nuevo su beso fatal. Tomó al joven rubio por el mentón,
le alzó el rostro y fue directo a la yugular. Volvió a su víctima hacia un lado y le
succionó la sangre de una sola vez. Luego se apresuró a cerrarle los ojos con dos
pálidos dedos y dejó el c*****r al suelo.
—Ha llegado vuestra hora, amables caballeros —dijo el maestro a los
bailarines que retrocedían espantados.
Uno de ellos desenvainó su espada.
—¡No seas estúpido! —gritó su compañero—. Estás borracho. No
conseguirás...
—No, no lo conseguirás —apostilló el maestro, emitiendo un breve suspiro.
Sus labios tenían un color rosa más acentuado que de costumbre, y la sangre que
había bebido se exhibía en sus mejillas. Hasta sus ojos poseían un brillo, un
fulgor más intenso.
El maestro asió la espada del individuo y con una presión del pulgar la partió
en dos, de forma que el bailarín se quedó sosteniendo sólo un fragmento del
arma.
—¿Cómo os atrevéis..? —protestó el individuo.
—Yo me pregunto cómo lo ha logrado —le interrumpió el pelirrojo sentado a
la mesa—. ¡La ha partido por la mitad! ¿De qué acero está hecha esa espada?
El individuo que seguía devorando la pierna de cordero echó la cabeza hacia
atrás y soltó una sonora carcajada, tras lo cual siguió limpiando el hueso.
El maestro extendió la mano a través del tiempo y el espacio y agarró al tipo
de la espada, cuya yugular aparecía visible e hinchada, y le partió el cuello con
un ruido seco.
Los otros tres, al parecer, lo oyeron, es decir, el individuo que devoraba la
pierna de cordero, el atemorizado bailarín y el individuo pelirrojo.
El último bailarín fue la próxima víctima de mi maestro. Éste le tomó del
rostro como si estuviera enamorado de él y bebió su sangre, sujetándolo del
cuello de forma que sólo logré ver la sangre durante unos segundos, un auténtico
torrente de sangre que mi maestro cubrió luego con su boca y su cabeza.
Vi cómo la sangre del bailarín comenzaba a circular por las venas de la mano
de mi maestro. Estaba impaciente por verle alzar la cabeza, cosa que no tardó en
hacer, tras despachar a su víctima con mayor celeridad que a la anterior. Me miró
con expresión soñadora y el rostro arrebolado. Parecía tan humano como
cualquiera de los presentes, tan embriagado de su bebida especial como ellos de
vino.
Tenía unos rizos rubios pegados a la frente debido al sudor, constituido por unas gotitas de sangre.
La música cesó de repente.
No fue la barahúnda lo que hizo que los músicos dejaran de tocar, sino el
aspecto que ofrecía mi maestro, quien dejó caer a su última víctima al suelo
como si fuera un saco de huesos.
—Un réquiem —pedí de nuevo—. Sus fantasmas os lo agradecerán, amables
caballeros.
—O bien —dijo Marius avanzando hacia los músicos— salid volando de
esta habitación.
—Yo prefiero salir volando —murmuró el que tocaba el laúd. Todos dieron
media vuelta y corrieron hacia la puerta, pero por más que tiraron del pomo
maldiciendo y blasfemando no lograron abrirla.
El maestro retrocedió y recogió las sortijas del suelo junto a la silla que yo
había ocupado antes.
—Os vais sin cobrar vuestro jornal, jovencitos —afirmó el maestro.
Los músicos se volvieron gimoteando de terror y contemplaron las sortijas
que el maestro les arrojaba. Avergonzados, estúpidos y codiciosos se
abalanzaron sobre ellas, pero sólo consiguieron apoderarse de una cada uno.
Acto seguido, la puerta de doble hoja se abrió estrepitosamente y se partió
contra los muros.
Los músicos salieron a toda prisa, arrancando unos fragmentos de pintura del
marco de la puerta, la cual volvió a cerrarse.
—¡Muy hábil! —exclamó el hombre mayor, que por fin había dejado la
pierna de cordero tras dejar el hueso limpio—. ¿Cómo lo habéis hecho, Marius
de Romanus? He oído decir que sois un mago muy poderoso. No me explico por
qué el Gran Consejo no os acusa de practicar la brujería. Debe de ser porque
tenéis mucho dinero, ¿no es así?
Observé a mi maestro. Nunca le había visto tan hermoso como en estos
momentos, rebosante de sangre nueva. Deseé tocarlo, abrazarlo. Me miró con
una expresión dulce, ebrio de satisfacción.
Sin embargo, al cabo de unos segundos apartó su seductora mirada de mí y
se dirigió hacia la mesa, rodeándola hasta detenerse junto al comensal que había
dado buena cuenta de la pierna de cordero.
El hombre de pelo canoso lo miró y luego se volvió hacia su compañero
pelirrojo.
—No seas idiota, Martino —le comentó a éste—. Debe de ser perfectamente
legal ser un brujo en la región del Véneto siempre y cuando pagues tus impuestos. Os aconsejo que depositéis vuestro dinero en el banco de Martino,
Marius de Romanus.
—Ya lo he hecho —respondió Marius de Romanus, mi maestro—, y debo
decir que me rinde unos buenos beneficios.
El maestro se sentó entre el muerto y el individuo pelirrojo, que parecía
encantado de tenerlo a su lado de nuevo.
—Martino —dijo el maestro—, sigamos charlando sobre la caída de los
imperios. ¿Por qué estaba vuestro padre en el bando de los genoveses?
El pelirrojo, entusiasmado con el giro que había tomado la conversación,
afirmó con orgullo que su padre había sido el representante de la familia en
Constantinopla, y que había muerto debido a las heridas que había recibido el
último y fatídico día del asedio.
—Mi padre lo presenció todo —contó el pelirrojo—, vio cómo mataban a las
mujeres y los niños. Vio cómo arrancaban a los sacerdotes de los altares de Santa
Sofía. Él conoce el secreto.
—¡El secreto! —exclamó el hombre mayor con desdén. Se trasladó al otro
extremo de la mesa y, de un manotazo con la mano izquierda, derribó al suelo al
muerto que yacía sobre el banco.
—¡Maldito y arrogante cabrón! —protestó el pelirrojo—. ¿No has oído cómo
se ha partido el cráneo contra el suelo? No trates a mis invitados de esa forma, te
juegas el pellejo.
Yo me acerqué a la mesa.
—Sí, acércate, bonito —dijo el pelirrojo—. Anda, siéntate —añadió,
mirándome con sus ojos dorados y relucientes—. Siéntate frente a mí. ¡Válgame
Dios! ¡Pobre Francisco! Juraría que oí cómo se partía el cráneo contra las losas.
—Está muerto —repuso el maestro suavemente—. Pero no os preocupéis, al
menos de momento —agregó. Su rostro tenía un color más subido debido a la
sangre que había bebido. Toda su piel mostraba un tono rosáceo radiante y
uniforme, que realzaba el color rubio pálido de su cabello. En las esquinas de los
ojos aparecían unas arruguitas, que sin embargo no mermaban un ápice la
lustrosa belleza de los mismos.
—De acuerdo, bien, están muertos —afirmó el pelirrojo, encogiéndose de
hombros—. Como os decía, y tomad buena nota de mis palabras porque sé lo
que digo, esos sacerdotes tomaron el cáliz sagrado y la sagrada hostia y se
refugiaron en un lugar oculto en Santa Sofía. Mi padre lo presenció con sus
propios ojos. Yo conozco el secreto.
—Y dale con los ojos —dijo el hombre mayor—. ¡Tu padre debía de ser un pavo real para tener tantos ojos!
—Calla o te corto el cuello —replicó el individuo pelirrojo—. Mira lo que le
has hecho a Francisco al arrojarlo al suelo. ¡Válgame Dios! —añadió,
santiguándose perezosamente—. Le sale sangre de la cabeza.
El maestro se volvió y, agachándose, recogió unas gotas de sangre con los
cinco dedos de la mano. Luego se volvió lentamente hacia mí y hacia el pelirrojo
y se chupó un dedo.
—Sí, está muerto —confirmó—. Pero su sangre es cálida y espesa —agregó
sonriendo lentamente.
El pelirrojo estaba tan fascinado como un niño en una función de títeres.
Mi maestro extendió los dedos manchados de sangre, con la palma hacia
arriba, y sonrió como preguntando: «¿Quieres probarla?»
El individuo pelirrojo asió a Marius por la muñeca y lamió la sangre de su
índice y su pulgar.
—Hummm, está muy rica —dijo—. Todos mis compañeros tienen una
sangre excelente.
—Ya lo había notado —repuso el maestro.
Yo no podía apartar mis ojos de él, de su rostro que mudaba continuamente
de aspecto. Sus mejillas presentaban ahora un color más intenso, o quizá se
debía a la curva de sus pómulos cuando sonreía. Sus labios tenían un tono rosa
vivo.
—No he terminado, Amadeo —murmuró el maestro—. No he hecho más
que empezar.
—¡No está malherido! —insistió el hombre mayor observando a la víctima
que yacía en el suelo. Parecía preocupado. ¿Lo había matado?—. Se ha hecho un
corte en la cabeza, eso es todo. ¿No es así?
—Sí, un pequeño corte —respondió Marius—. ¿Qué secreto es ése, querido
amigo? —preguntó de espaldas al hombre de pelo canoso, dirigiéndose al
pelirrojo con un interés que no había demostrado hasta ahora.
—Sí, sí —tercié yo—. ¿A qué secreto os referís, señor? —pregunté—. ¿Al
lugar donde se ocultaron los sacerdotes?
—No, criatura, no seas necio —contestó el pelirrojo, mirándome a través de
la mesa.
Era un individuo tan bello como corpulento. ¿Le había amado Bianca? Ella
no me lo había dicho.
—El secreto, el secreto —dijo—. Si no creéis en este secreto, es que sois
unos descreídos incapaces de creer en nada sagrado.
El pelirrojo alzó su copa, pero estaba vacía. Yo tomé la jarra y se la llené con
aquel vino oscuro y aromático. Se me ocurrió probarlo, pero sentí tal
repugnancia que desistí.
—No seas remilgado —murmuró mi maestro—. Anda, bebe en memoria de
los muertos. Ahí tienes una copa limpia.
—Ah, sí, disculpa —se apresuró a decir el pelirrojo—. No te he ofrecido una
copa. ¡Válgame Dios, pensar que te arrojé un mero diamante perfecto para
conseguir tu amor! —agregó, tomando una copa de plata labrada y engastada
con pequeñas gemas. Entonces reparé en que todas las copas formaban parte de
un juego, adornadas con delicadas figurillas labradas y diminutas pero
refulgentes piedras preciosas. El pelirrojo depositó la copa ante mí con un golpe
contundente. Luego tomó la jarra que yo sostenía, me llenó la copa y me
devolvió la jarra de vino.
Temí que iba a ponerme a vomitar en el suelo. Miré al pelirrojo, su dulce
rostro y su espléndida caballera roja. Él sonrió con timidez, mostrando unos
dientes pequeños, blancos y perfectos, muy perlados, al tiempo que me
observaba arrobado, con una expresión bobalicona, sin decir palabra.
—Anda, bebe —dijo mi maestro—. El tuyo es un camino peligroso,
Amadeo, bebe para que el vino te dé fuerzas y sabiduría.
—¿No te estarás burlando de mí, señor? —pregunté sin quitar ojo al pelirrojo
aunque me dirigía a Marius.
—Te quiero, Amadeo, como siempre te he querido —repuso mi maestro—,
pero comprende que te hable así, pues la sangre humana me embrutece. Es un
hecho ineludible. Sólo en el ayuno hallo una pureza etérea.
—Y me apartáis a cada momento de la penitencia —repliqué—, hacia el
goce de los sentidos, del placer.
El individuo pelirrojo y yo nos miramos a los ojos, lo cual no me impidió oír
decir a Marius:
—Es una penitencia matar, Amadeo, ése es el problema. Es una penitencia
matar sin motivo alguno, no hacerlo «por honor, valor ni decencia», como dice
nuestro amigo.
—¡Sí —insistió—, nuestro amigo! —el cual miró a Marius y luego a mí—.
¡Bebe! —ordenó, ofreciéndome la copa.
»Y cuando todo haya terminado, Amadeo —prosiguió el maestro—, recoge
esas copas y tráelas a casa como trofeo de mi fracaso y mi derrota, pues son la misma cosa, y una lección que no debes desaprovechar. Pocas veces lo veo todo
con tanta nitidez e intensidad como ahora.