Yo me sentí profundamente acongojado. Estaba tan triste que no pude articular una frase de protesta. Es más, comprendí que, por más que protestara, no lograría disuadirles. —¡Ah, Andrei! Siempre serás el mismo —dijo uno de los sacerdotes, tomándome la mano—. No temas, pregunta. El sacerdote no movió los labios al hablar, pero no era necesario. Le oí con toda nitidez, y comprendí que no obraba de mala fe. Era incapaz de hacerme daño. —¿Por qué no puedo quedarme? —pregunté—. ¿Por qué no dejáis que me quede tal como deseo, después de haber llegado hasta aquí? —Piensa en todo lo que has visto. Ya conoces la respuesta. Debo reconocer que al cabo de un instante comprendí la respuesta. Era compleja y a la par profundamente sencilla, y estaba relacionada con los conocimientos que habí

