Lentamente, sobre mi sensación de yacer enfermo en el lecho, en una habitación húmeda, cayó el velo oscuro del cielo. Sobre él se extendían hasta el infinito las estrellas, espléndidas y refulgentes sobre las brillantes torres de la ciudad de cristal, y en ese duermevela, intensificado por unos serenos y maravillosos delirios, las estrellas cantaron para mi. Cada estrella, desde la posición que ocupaba en la constelación y en el vacío, emitía un precioso sonido rutilante, como si en el interior de cada espléndida órbita sonaran unos acordes que, mediante los brillantes movimientos de los astros, se transmitieran a través de todo el universo. Jamás había oído unos sonidos semejantes. Ni el más descreído habría permanecido indiferente a esta música etérea y translúcida, esta armoní

