Capítulo 30

1884 Palabras

¿Quién es capaz de creer en unas cosas tan inmensas y a la par tan simples cuando existen hábiles y laberínticos credos y filosofías de una seductora complejidad creada por el hombre? Amor. Yo oí su sonido. Yo lo vi. ¿Acaso eran las alucinaciones de una mente febril, temerosa de la muerte? —Tal vez —respondió el maestro. Su rostro seguía mostrando una expresión fría e impávida. Sus ojos eran unas meras rendijas, prisioneros de la aprensión que les causaba lo que veían—. Sí —dijo—. Morirás, dejaré que mueras, y es posible que exista para ti más de una orilla, en la que hallarás de nuevo a tus sacerdotes. —No ha llegado mi hora —respondí—. Lo sé. Un puñado de horas no puede borrar esta afirmación. Aunque rompas todos los relojes. Ellos me dijeron que no había llegado la hora para

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