Capítulo 5
La primera noche después de la cirugía parecía interminable, no porque el reloj se detuviera, sino porque cada minuto se estiraba como un hilo demasiado tenso a punto de romperse. Yo me mantenía en vela, con la espalda clavada en una silla metálica que me cortaba los omóplatos y las piernas entumecidas, incapaz de apartar la vista de mi madre. Su piel se veía pálida, casi translúcida bajo la luz blanca del hospital, y cada movimiento leve de su pecho era un recordatorio de que seguía respirando, de que todavía estaba conmigo.
—No vas a servir de nada si te desmayas aquí mismo —escuché de pronto, y el tono seco me hizo girar.
Alexander estaba sentado en un rincón de la habitación, en una silla que parecía hecha para él y no para un visitante cualquiera. Se había quitado la chaqueta y la había colocado con cuidado en el respaldo, las mangas de su camisa estaban dobladas hasta los codos, y aun así parecía fuera de lugar, como si ni la crudeza del hospital pudiera manchar su perfección impecable.
—No recuerdo haberte pedido consejos —repliqué, mi voz ronca y cargada de cansancio.
—No lo hiciste —respondió con esa calma irritante—, pero los necesitas.
Fruncí el ceño, cruzándome de brazos. Ese hombre tenía la increíble habilidad de provocarme incluso cuando, en el fondo, tal vez estaba diciendo algo sensato.
Un movimiento en la cama me arrancó de mis pensamientos. Mi madre abrió los ojos, primero confusa, después enfocando su mirada en mí, y finalmente descubriendo la presencia de Alexander.
—Hija… —susurró débilmente—, ¿quién es él?
Miraba a Alexander con naturalidad, como si se tratara de algo lógico que un desconocido elegante estuviera sentado a nuestro lado en plena madrugada. Tragué saliva y odié sentir cómo mis mejillas se calentaban.
—Mamá, él es Alexander Black… —mi voz se quebró un segundo—, mi esposo.
La palabra se me clavó como un aguijón.
Mi madre arqueó las cejas y, a pesar de la debilidad, dejó escapar una sonrisa cómplice.
—Tu esposo —repitió, y se volvió hacia él—. Es guapo, hija, al fin hiciste algo bien.
Me cubrí la cara con las manos, deseando que la tierra me tragara. Alexander, por supuesto, inclinó apenas la cabeza, impecable como siempre.
—Un placer conocerla, señora Torres —dijo, acercándose lo suficiente para estrecharle la mano.
Ella aceptó el gesto con un leve apretón, y sus labios temblorosos se curvaron en una sonrisa.
—Gracias por acompañarla. Ella siempre cree que puede con todo sola, pero no es verdad.
Lo miré indignada, esperando una de sus respuestas frías, pero Alexander solo asintió.
—No se preocupe. No estará sola.
Y así, con esa frase, consiguió algo que yo llevaba semanas intentando: darle paz a mi madre.
Un silencio espeso nos envolvió, roto apenas por el pitido de las máquinas. Yo no sabía si sentir rabia por la rapidez con que mi madre confiaba en él, o alivio por tener a alguien a mi lado en ese momento.
La puerta se abrió y una enfermera entró con una bandeja de medicinas. Corrí a ayudarla, a preguntar, a buscar cualquier excusa para no mirar a Alexander.
—¿Todo bien, doctora? —pregunté, con la ansiedad mordiéndome el pecho.
—Está estable —respondió la mujer, con esa voz profesional que calma y asusta al mismo tiempo—, pero debemos vigilarla toda la noche.
Cuando se fue, mi madre me apretó la mano con lo poco de fuerza que le quedaba.
—No me mires así, hija. Voy a salir de esta. Y… —sus ojos se movieron hacia Alexander—, creo que escogiste bien.
—¡Mamá! —protesté, llevándome la otra mano a la frente—. No empieces.
Ella sonrió, cerró los ojos y volvió a dormirse.
Alexander me miró divertido.
—Es guapo —repitió, en tono bajo, imitando a mi madre.
Lo fulminé con la mirada.
—No te atrevas.
Y entonces lo vi sonreír, apenas un segundo, como si la coraza se resquebrajara y dejara escapar una chispa escondida.
Pasaron horas que parecieron siglos. Me levantaba, caminaba por la habitación, iba hasta el pasillo a buscar agua, regresaba y lo encontraba siempre igual, erguido, impasible, como un guardián que no necesitaba dormir.
—¿No tienes trabajo que atender? —le solté en un intento de romper el silencio.
—Tengo a alguien cubriéndome —contestó, sin inmutarse.
—¿Alguien? —arqueé una ceja—. ¿Dejaste que otra persona manejara tu imperio solo para venir aquí?
—Es lo que hacen los esposos —replicó con naturalidad, como si la palabra no significara nada.
Me quedé helada. Era imposible leerlo.
Más tarde, mi madre volvió a abrir los ojos y pidió agua. Yo iba a levantarme, pero Alexander se adelantó, tomó el vaso y lo sostuvo para que ella bebiera despacio.
—Gracias, joven —susurró ella.
—Alexander —la corrigió con suavidad.
—Gracias, Alexander —repitió mi madre, sonriéndole con gratitud.
Y yo me quedé allí, mirando cómo se desenvolvía con paciencia, cómo ocupaba un lugar que debería haber ocupado yo.
Cuando mi madre volvió a acomodarse en la almohada, su voz apenas audible me atravesó:
—No quiero volver a casa, hija… esas escaleras, ese frío… no podría.
Sentí un nudo en la garganta, pero antes de que pudiera hablar, Alexander intervino.
—No volverá a su casa —dijo, firme, sin dejar lugar a discusión—. Cuando le den el alta, vendrá a la mansión con nosotros. Allí tendrá un cuarto adecuado, personal que la cuide y todo lo necesario para recuperarse.
Mi madre lo miró con alivio, y yo me quedé callada, atrapada entre la rabia y el agradecimiento.
—Gracias, Alexander —dijo ella, cerrando los ojos con una paz que no había tenido en semanas.
Yo me hundí en la silla, agotada, y al mirar hacia él sentí un escalofrío: era mi esposo por contrato, mi enemigo disfrazado de salvador, el hombre al que debía odiar, pero esa noche, en esa habitación fría, era también la única razón por la que no me sentía completamente sola.