Nina no respondió con palabras. Las palabras siempre habían sido su escudo o su arma, y en ese momento, no quería ninguna de las dos. Se limitó a rodear el cuello de Dominic con sus brazos, hundiendo el rostro en el hueco de su hombro. Él respondió de inmediato, estrechándola con una fuerza que buscaba unir sus latidos.
—Supongo que puedo dejarme amar un poco —susurró ella al oído, sintiendo el calor de la piel de él contra la suya.
—Te amaré mucho, Nina —respondió Dominic, con una solemnidad que le erizó la piel.
Él se inclinó para sellar esa promesa con un beso, pero el sonido estridente de su móvil sobre la mesa de centro rompió el hechizo. Dominic se tensó y miró la pantalla. Un suspiro cargado de culpa escapó de sus labios.
—Es mi madre —dijo, frotándose la sien—. Olvidé llamarla hoy.
Nina asintió, dándole el espacio que necesitaba. La mención de Mariam siempre traía consigo una mezcla de respeto y melancolía.
—Responde —dijo ella con suavidad—. Yo aprovecharé para tomar una ducha.
—La habitación al final del pasillo tiene todo lo necesario —indicó él, acariciándole la mejilla—. No tardaré, te lo prometo.
Nina dejó un beso rápido en su mejilla y se perdió por los pasillos del ático. Dominic, a solas en la penumbra del salón, tomó el teléfono y respondió con una voz que forzó a la calma.
—Hola, mamá.
—Hola, hijo —la voz de Mariam sonó dulce pero con un deje de tristeza—. Te llamaba para invitarte a cenar con nosotros mañana. Me quedaré unos días en la casa de la ciudad.
Dominic apretó la mandíbula, mirando hacia el ventanal.
—No creo que sea adecuado, mamá —hizo un énfasis marcado en la siguiente palabra—... especialmente por mi padre.
Mariam suspiró al otro lado de la línea, un sonido lleno de una tristeza antigua.
—No logro entender qué sucedió entre ustedes para que ahora se la vivan peleando. Antes tenían una buena relación... ¿Qué sucedió, Dominic? ¿Qué cambió?
Dominic apretó su mano libre en un puño, sintiendo cómo las uñas se clavaban en su palma. Se obligó a mantener la voz estable, aunque por dentro la pregunta de su madre le quemaba.
—Nada, mamá. No te preocupes. Solo tenemos caracteres similares y puntos de vista diferentes. Es solo eso.
—Dominic, soy tu madre —replicó ella con firmeza—. Sabes que no puedes mentirme.
—Te quiero, mamá, y te aseguro que todo está bien —sentenció él, tratando de cerrar esa puerta—. Mañana iré a verte, lo prometo.
Tras colgar, Dominic no se movió. Se sirvió otra copa de vino y se quedó largo rato observando la ciudad en un silencio absoluto. Había algo en su mirada, una sombra pesada que parecía luchar por consumirlo desde adentro. Era el peso de lo que callaba, un secreto que lo distanciaba de su madre y lo enfrentaba a su padre, una carga que lo hacía lucir, por un instante, como el hombre más solo del mundo.
Cuando finalmente entró en la habitación principal, las luces estaban atenuadas, creando un ambiente de sombras ámbar. Nina estaba frente al tocador, peinando su cabello oscuro. Estaba envuelta en una bata de seda blanca que le quedaba perfecta.
Ella lo miró a través del espejo, con una chispa de celos que no pudo ocultar.
—¿Por qué tienes ropa de mujer aquí, Dominic? ¿Acaso vienen muchas a pasar la noche?
Dominic sonrió, una sonrisa genuina que borró la amargura de la llamada anterior. Se acercó a ella lentamente.
—Unas cuantas —bromeó, disfrutando de la forma en que ella lo fulminaba con la mirada.
—No es gracioso, Dominic —replicó ella, dejando el cepillo con un golpe seco.
Él se colocó detrás de ella, poniendo sus manos sobre sus hombros.
—Es tuya, Nina. Todo lo que hay en ese vestidor lo compré ayer. Cuando decidí invitarte, me aseguré de tener aquí todo lo que pudieras necesitar. No hay rastro de nadie más en esta casa, porque para mí no existe nadie más.
Nina negó con una sonrisa, desarmada por su previsión.
—No me consientas tanto, Dom. Puedo ser peligrosa y caprichosa si me acostumbras mal.
—Seré feliz al complacer cada uno de tus caprichos, Nina —sentenció él, besando la coronilla de su cabeza antes de dirigirse al baño.
Nina lo observó desaparecer tras la puerta y buscó en el cajón. Encontró un camisón de seda n***o y bragas a juego, tan finos que parecían hechos de aire. Mientras se vestía, un pensamiento la asaltó, uno que no tenía que ver con carpetas robadas ni venganzas.
—Dominic, ¿por qué tienes que ser tan perfecto? —se dijo a sí misma, sintiendo que su corazón ya no le pertenecía del todo.
Paso largo rato envuelta en sus pensamientos, mientras escuchaba el agua caer dentro la habitación contigua. Lo que sentía por el estaba ganando y en cierto modo ya no la asustaba pero la hacía cuentionarse si sería capaz de lastimarlo cuando llegará el momento.
Soltó un suspiro largo y se sentó en la cama y envió un mensaje rápido a Gabriel confirmando que los fondos para el nuevo tratamiento de Alina estaban listos, pero borró el chat de inmediato cuando escuchó la puerta del baño abrirse.
Dominic salió envuelto en una nube de vapor, vistiendo únicamente un pantalón de lana gris que descansaba bajo en sus caderas, dejando al descubierto la poderosa musculatura de su torso y el rastro de vello que desaparecía bajo la pretina. Nina sintió que el aliento se le atascaba en la garganta.
Él caminó hacia la cama con la elegancia de un depredador que ha encontrado su hogar. Se sentó a su lado, y el colchón cedió bajo su peso. El silencio que se instaló entre ambos ya no era de oficina, ni de coqueteo; era el silencio previo a una tormenta necesaria.
Dominic extendió la mano y acarició el rostro de Nina con el pulgar, recorriendo el contorno de sus labios.
—Estás temblando —susurró él, con una voz que era puro terciopelo.
—Tengo miedo —confesó ella, y por primera vez en su vida, era la verdad—. Miedo de lo que siento cuando me miras así.
—Entonces no pienses —pidió él, acercándose hasta que sus frentes se tocaron—. Solo siente.
Dominic la besó, pero no fue el beso urgente de la oficina. Fue una exploración lenta, profunda, un reconocimiento de almas. Sus manos, grandes y cálidas, se deslizaron por la seda del camisón de Nina, subiendo desde sus muslos hasta su cintura, quemando cada centímetro de piel que tocaban. Ella soltó un suspiro entrecortado y se aferró a sus hombros, deleitándose en la textura de su piel desnuda, en la firmeza de sus músculos que se tensaban bajo su toque.
Él la recostó con una delicadeza infinita sobre las sábanas de hilo, quedando sobre ella, sosteniendo su peso con los antebrazos. La luz de la luna, que se filtraba por el gran ventanal, bañaba sus cuerpos con un resplandor plateado.
—Eres hermosa, Nina —susurró él contra su cuello, antes de dejar un rastro de besos ardientes por su clavícula—. Te prometo que, mientras estés conmigo, nada podrá dañarte. Te prometo que seré tu paz y sobre todo llenaré de amor.
Nina cerró los ojos, sintiendo que las lágrimas asomaban. Esas promesas eran lo que más necesitaba y, a la vez, lo que más la hería. Se entregó al contacto, dejando que las manos de Dominic borraran, aunque fuera por una noche, las cicatrices de su pasado. Cada caricia de él era una palabra escrita en un idioma que ella apenas empezaba a comprender: el idioma de la devoción.
El encuentro fue una entrega absoluta de susurros y piel. Dominic la amó con una paciencia devota, deteniéndose para admirar la forma en que sus ojos se empañaban de placer, asegurándose de que cada centímetro de ella fuera adorado. No había prisa, solo la intensidad de dos personas que buscaban refugio el uno en el otro contra un mundo que afuera seguía siendo hostil.
—Eres mía, ojitos lindos —le dijo él al oído, su respiración mezclándose con la de ella en el clímax del deseo—. Siempre.
Nina lo abrazó con todas sus fuerzas, clavando sus uñas en su espalda, mientras el placer la desbordaba. En ese instante, rodeada por el aroma de Dominic y la suavidad de la seda, Nina se permitió creer en la mentira más hermosa de todas: que el amor podía ser suficiente para salvarlos del fuego que ella misma había encendido.
Horas después, con Nina dormida sobre su pecho, Dominic permaneció despierto, acariciando su cabello oscuro. La miraba con una intensidad que rayaba en la admiracion. Sabía que su padre no se detendría, sabía que el archivo que ella había intentado abrir era solo la punta del iceberg de una oscuridad que amenazaba con destruir a su madre.
—No dejaré que te involucres en eso Nina —susurró a la oscuridad—. Te mantendrás alejadas al igual que lo he hecho con mi madre. Nunca sabrán de las cosas que mi padre es capaz de hacer.