El olor de la habitación 402 ya no le resultaba asfixiante. Nina permanecía de pie junto a la cama de Alina, pero esta vez no había lágrimas empañando su visión, ni el temblor de la derrota en sus manos. El siseo del respirador rítmico, que antes le recordaba el paso de las horas hacia la muerte, ahora sonaba como el metrónomo de una guerra que finalmente empezaba a jugar a su favor.
Nina se inclinó y le susurró al oído, con una voz cargada de una victoria gélida:
—Hoy es el día, pequeña. He puesto un pie en su santuario. Antes de que te des cuenta, seremos nosotras quienes decidamos cuándo se apagan sus luces.
Besó la frente fría de Alina y salió de la habitación. Al cruzar el pasillo, se encontró con el Dr. Gabriel Aris. Él la observó con extrañeza; Nina caminaba con la espalda más recta, los hombros hacia atrás y una mirada de acero que no le había visto en meses.
—Te ves... diferente, Nina. ¿Ha pasado algo bueno? —preguntó él, deteniéndola por el brazo con una familiaridad que a ella empezó a incomodarle.
—He conseguido una oportunidad, Gabriel. Una que no pienso desaprovechar —respondió ella, zafándose con suavidad pero con firmeza. Gabriel se quedó mirando su espalda, sintiendo que, aunque Nina estaba más viva que nunca, algo en su alma se estaba volviendo impenetrable.
A las 7:55 AM, Nina estaba frente a las puertas de caoba del despacho presidencial. El piso 50 era un mausoleo de lujo: mármol blanco, silencio absoluto y un aire tan filtrado que se sentía artificial. No llevaba un escote pronunciado ni una falda demasiado corta; vestía un traje sastre gris carbón, impecablemente entallado, y una blusa de seda blanca cerrada hasta el cuello. Su arma no era la piel, sino el sobre de cuero n***o que sostenía contra su pecho.
Entró sin llamar exactamente a las ocho. Dominic estaba sentado tras un escritorio de cristal n***o que parecía una balsa de obsidiana en medio de la oficina. Tenía las mangas de su camisa blanca remangadas, revelando unos antebrazos potentes que contrastaban con la delicadeza de la pluma estilográfica que sostenía.
—Puntualidad. Una virtud escasa en este edificio, especialmente entre los que buscan favores —dijo Dominic sin levantar la vista. Su voz era un barítono profundo que vibró en el plexo solar de Nina.
—La puntualidad es el respeto por el tiempo ajeno, señor Kasper. Y usted dejó claro anoche que su tiempo es ridículamente costoso —replicó ella, avanzando con paso firme. El eco de sus tacones era el único sonido en la sala.
Dominic levantó la mirada lentamente. Sus ojos azules, cínicos y analíticos, recorrieron a Nina de arriba abajo, deteniéndose en sus labios un segundo más de lo necesario para el decoro profesional. No era la mirada de un jefe; era la de un coleccionista evaluando una pieza de arte que sospecha que es falsa.
—Tome asiento, Valenti. Espero que el contenido de ese sobre sea tan impresionante como su seguridad. Me irrita perder la mañana con personas que se creen más brillantes de lo que sus currículums indican.
Nina se sentó, cruzando las piernas con una elegancia deliberada. Deslizó el sobre sobre el cristal con un movimiento fluido.
—No solo es impresionante, señor Kasper. Es una autopsia. He pasado las últimas setenta y dos horas analizando los libros de la filial de Jersey y las cuentas de representación que la antigua directiva —su voz se volvió un hilo de seda—, bajo la supervisión del antiguo gerente, consideraba cerradas.
Dominic tomó el informe, jugueteando con él antes de abrirlo. Sus dedos largos rozaron el papel. Al principio, su expresión era de aburrimiento puro, pero a medida que sus ojos recorrían las gráficas y las notas al margen escritas por Nina con una caligrafía afilada, su postura cambió. Se inclinó hacia adelante, la mandíbula tensándose.
—Aquí dice que hubo una desviación de casi dos millones de dólares en gastos de "mantenimiento de activos" durante el último trimestre —comentó él, señalando un párrafo. Su tono había perdido la condescendencia inicial.
—Exacto. Pero si tiene la paciencia de mirar el anexo B, verá que las empresas proveedoras de ese mantenimiento son cáscaras vacías —explicó Nina. Disfrutó de la forma en que él fruncía el ceño—. El antiguo encargado de contabilidad no era descuidado, era un artista. Estaba moviendo fondos a cuentas offshore justo antes de que usted tomara el mando. Creía que un heredero joven estaría demasiado ocupado redecorando la oficina como para notar un goteo de dos millones.
Dominic soltó una risa seca, un sonido corto y carente de humor. Apoyó los codos en el escritorio, invadiendo el espacio personal de Nina.
—¿Y por qué nadie más en el piso de contabilidad notó esto? Tenemos a cincuenta personas, algunas con doctorados en Yale, revisando estos mismos números. ¿Qué la hace a usted tan especial, aparte de su obvia falta de humildad?
—Porque ellos buscan que los números cuadren para no ser despedidos. Yo busco la intención detrás de los números —respondió ella, inclinándose también hacia adelante, desafiando la distancia física—. Los números nunca mienten, señor Kasper, pero las personas que los escriben sangran por sus errores. Solo hay que saber dónde presionar.
Se produjo un silencio denso. Dominic la observó en silencio, y por un momento, la tensión en la habitación no fue laboral. Fue una tensión animal, eléctrica. Dominic bajó la mirada a la garganta de Nina, donde el pulso de ella latía con fuerza, aunque su rostro permanecía frío como el mármol.
—Es usted una mujer muy peligrosa, Valenti —murmuró él, su voz volviéndose más ronca—. Es inteligente, observadora y parece disfrutar encontrando la suciedad ajena. ¿Es un pasatiempo o una patología?
—Disfruto del orden —replicó ella, ignorando el insulto—. El caos es caro y yo no soporto el desperdicio. Especialmente cuando el desperdicio financia la vida de ladrones de cuello blanco.
Dominic esbozó una sonrisa ladeada. Fue un gesto fugaz, pero cargado de una arrogancia que Nina reconoció: la confianza absoluta de quien sabe que posee el mundo.
—Dime, ¿por qué una contadora con este nivel de perspicacia estaba escondida en un cubículo del tercer piso haciendo auditorías de gastos de cafetería?
—A veces es mejor observar desde las sombras antes de decidir dónde golpear —respondió ella con una ambigüedad que hizo que Dominic entrecerrara los ojos.
Él cerró el informe de un golpe seco que resonó en la oficina. Se puso de pie y caminó alrededor del escritorio con una gracia felina, deteniéndose justo al lado de la silla de Nina. Ella no se movió, aunque podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma a menta y bosque caro que parecía ser su sello personal.
—He decidido que no regresará al tercer piso. Mi padre... —el nombre de Oliver salió de sus labios con una nota de irritación que Nina registró de inmediato— ...era un hombre de grandes gestos y pocos detalles. Yo no soy así. Necesito a alguien que sea mis ojos en los rincones donde los demás no se atreven a mirar. Alguien que no tenga miedo de decirme que un director me está robando en la cara, incluso si ese director es un amigo de la familia.
Dominic se inclinó sobre ella, apoyando una mano en el respaldo de su silla y la otra en el escritorio, atrapándola en un círculo invisible de poder.
—A partir de hoy, es mi Asistente Contable Personal. Su oficina estará justo afuera de la mía. Tendrá acceso a todos los libros, incluso a los registros privados de la familia que solo yo y el consejo legal manejamos.
Nina sintió un estallido de triunfo que casi la hace sonreír, pero mantuvo la máscara. Los registros privados de la familia. Allí era donde Oliver ocultaba sus pecados. Allí estaba su ruina.
—Acepto el puesto, señor Kasper. Aunque espero que mi salario refleje la magnitud de la suciedad que espera que limpie.
Dominic soltó una carcajada auténtica esta vez, aunque cargada de cinismo. Se alejó de ella, rompiendo la tensión, y regresó a su silla.
—No se preocupe por el dinero, Valenti. Ya no tendrá que mendigar horas extras para pagar sus "deudas". El salario de este puesto es cuatro veces el anterior. Supongo que eso bastará para mantener su lealtad, ¿o es usted de las que siempre pide más?
—Soy de las que cree que el valor se paga con creces —respondió ella, levantándose con una parsimonia estudiada.
Dominic la miró una última vez antes de volver a su pluma.
—Mañana la quiero aquí a las siete. Y traiga café. n***o, amargo y sin azúcar. Como su actitud.
Nina asintió con la cabeza, una inclinación mínima que apenas era un gesto de respeto. Salió del despacho con paso firme, pero al cerrarse la puerta de madera pesada tras ella, tuvo que apoyarse contra la pared. El corazón le latía con tal violencia que sentía que las costillas se le romperían. Lo había logrado. Estaba en la arteria principal del imperio Kasper.
Bajó hacia su antiguo cubículo para recoger sus pertenencias, sintiendo las miradas de envidia y asombro de sus antiguos colegas. Pero Nina no veía a nadie. Su mente estaba fija en la imagen de Dominic y en la posibilidad de que, al abrir los libros privados de la familia, encontrara no solo la destrucción de Oliver, sino los secretos de un hombre que acababa de convertirla en su mano derecha sin saber que estaba abrazando a su verdugo.
—La cacería ha comenzado, Oliver —susurró para sí misma mientras vaciaba su escritorio—. Y tu propio hijo acaba de abrirme la puerta.