Grietas

1798 Palabras
El murmullo del piso de contabilidad, que antes le parecía un ruido blanco reconfortante, ahora se sentía como un eco lejano de una vida que Nina ya había dejado atrás. Mientras guardaba su vieja calculadora y sus notas personales en una caja de cartón, una mano cálida se posó en su brazo. ​—Lo lograste, maldita sea. No puedo creerlo —Mayka la miraba con los ojos muy abiertos, una mezcla de orgullo y asombro—. Asistente personal del nuevo presidente. Nina, eso no es un ascenso, es un salto al hiperespacio. ​Nina esbozó una sonrisa tensa, sellando la caja con cinta adhesiva. —Es solo trabajo, Mayka. El sueldo es mejor y las responsabilidades son reales. Es lo que necesitaba. ​—Oh, no me vengas con esa frialdad de contadora —Mayka bajó la voz, inclinándose hacia ella con una chispa de picardía—. Estarás encerrada en ese piso 50 con semejante hombre. Dominic Kasper parece esculpido por los mismos dioses que crearon el pecado. Esos ojos azules... Dios, si yo fuera tú, no podría concentrarme en una sola factura. ​Nina sintió un pinchazo de incomodidad. La imagen de Dominic en el elevador, su cercanía y su aroma a sándalo, cruzaron su mente como un relámpago prohibido. —Es un Kasper, Mayka. Para mí, es solo un jefe con un apellido pesado. No habrá nada más que balances y auditorías. ​—No te engañes, Nina —Mayka soltó una risita, aunque sus ojos mostraban cierta advertencia—. Tienes esa mirada de "mujer fatal" que ni tú misma te crees. Cuidado, que estas historias suelen terminar en romances oscuros donde la secretaria termina siendo la dueña del imperio... o la víctima del jefe. Ya me imagino los encerrones en esa oficina. ​Ambas rieron, pero la risa de Nina murió rápidamente en su garganta. Si Mayka supiera que su "romance" ya había empezado con el padre y de la forma más destructiva posible, se le helaría la sangre. ​La nueva oficina de Nina era el epítome de la elegancia fría. Paredes de cristal, muebles de cuero n***o y una vista de Manhattan que parecía un tablero de ajedrez a sus pies. Se sentó frente a su monitor y, por primera vez, introdujo las claves de acceso de alto nivel que Dominic le había proporcionado. ​Frente a ella aparecieron las cuentas protegidas de los Kasper. No eran simples registros de la empresa; eran los movimientos privados, los fideicomisos, las inversiones internacionales. A las pocas horas, el dolor de cabeza empezó a martillear tras sus sienes. Los números bailaban frente a sus ojos, revelando una opulencia que rayaba en lo obsceno. ​"Tanto dinero...", pensó, apretando los dientes. "Tanto maldito dinero, Oliver, y aun así me estafaste. Me robaste la dignidad por un papel que no valía ni el aire que respiras". ​Una lágrima solitaria, cargada de una rabia antigua y viscosa, se escapó de su ojo. La limpió con el dorso de la mano con una brusquedad que le dolió. El odio seguía allí, latente, alimentándose de cada cifra con muchos ceros que veía en pantalla. No estaba allí para ordenar sus finanzas; estaba allí para encontrar el hilo que, al ser tirado, desangraría esa fortuna hasta dejarla seca. ​A media tarde, el intercomunicador siseó. —Señorita Valenti, el señor Kasper la solicita en la oficina principal para una reunión —era Emma, la secretaria de Dominic, con una voz siempre profesional y suave. ​Nina se puso de pie, se alisó la falda y tomó su tableta digital. Caminó los pocos pasos que separaban su despacho del de Dominic, sintiendo cómo su máscara de hierro se ajustaba a su rostro. Al entrar, el corazón se le detuvo un segundo antes de acelerarse violentamente. ​Dominic estaba sentado en su escritorio, dándole un asentimiento de cabeza casi imperceptible. Pero no estaba solo. De pie, junto a la ventana, estaba la figura que Nina veía en sus pesadillas: Oliver Kasper. ​—Nina, qué bueno que llegas —dijo Dominic, su voz extrañamente tensa—. Padre, ella es Nina Valenti. Mi nueva asistente contable personal. Se encargará de supervisar la transición de las cuentas principales y los fondos de la familia. ​Oliver se dio la vuelta con una lentitud calculada. Se ajustó el saco de su traje italiano y caminó hacia ella. Su mirada recorrió el cuerpo de Nina con una atención depredadora que le provocó náuseas. No la reconoció de inmediato como la mujer del hotel —el maquillaje profesional y el traje sastre hacían maravillas—, pero Nina pudo ver en sus ojos esa misma lujuria residual, ese aire de superioridad de quien cree que puede comprar cualquier cosa que respire. ​Nina sintió un impulso primario de lanzarse contra él, de enterrar sus uñas en esa piel cuidada y gritarle todo su asco. Pero en lugar de eso, sonrió. Fue una sonrisa educada, vacía, la sonrisa de una empleada perfecta. ​—Es un honor, señor Kasper —dijo Nina, extendiendo su mano. El contacto fue breve, pero sintió que la piel le ardía como si hubiera tocado azufre. ​Oliver no soltó su mano de inmediato. La estudió, con los ojos entrecerrados. —Valenti... —repitió él, saboreando el apellido—. Tienes un rostro familiar, niña. ¿Nos hemos visto antes? ​—Lo dudo, señor. Vengo del piso tres, soy de las que prefieren los libros a las recepciones —respondió ella con una calma que la sorprendió incluso a sí misma. ​Oliver hizo un gesto de desdén, su interés momentáneo desvaneciéndose ante su propia arrogancia. Se soltó de ella y miró a su hijo con una expresión de absoluto desacuerdo. Antes de que Nina pudiera tomar asiento en la silla que Dominic le indicaba, Oliver levantó una mano. ​—Dominic, necesito hablar contigo. En privado. Ahora. ​Dominic tensó la mandíbula, un músculo saltando en su mejilla. Miró a Nina y luego a su padre. La tensión entre ambos era casi física, una cuerda a punto de romperse. —Nina, por favor, danos un momento, esperar afuera —pidió Dominic. Su tono no era una orden, sino una petición cargada de irritación contenida. ​Nina asintió con cortesía y salió de la oficina, cerrando la pesada puerta tras de sí. ​Se quedó de pie frente al escritorio de Emma. El silencio del pasillo permitía que las voces desde el interior se filtraran, amortiguadas pero claras en su intención. Emma, la secretaria, levantó la mirada de su computadora y le dedicó a Nina una sonrisa llena de una pena compartida. ​—¿Es muy común esto? —susurró Nina. —Más de lo que me gustaría admitir —respondió Emma en voz baja—. El señor Oliver no sabe cómo soltar las riendas, y el señor Dominic... bueno, él no es alguien que se deje pastorear. ​Desde adentro, la voz de Oliver tronó: —¡Es una niña, Dominic! ¡Una contadora de bajo nivel que acabas de subir al piso 50 porque te pareció una cara bonita! Dudo que tenga la capacidad para manejar algo tan serio como el patrimonio familiar. ¡Es una imprudencia! ​—¡Tiene más cerebro que la mitad de tu junta directiva, padre! —replicó Dominic, su voz subiendo de tono—. No le di el puesto por su cara, se lo di porque detectó un fraude de dos millones que tú pasaste por alto durante meses. No cuestiones mis decisiones frente a mi personal. ​—¡Me niego a aceptar esto! —gritó Oliver—. No quiero a extraños metiendo la nariz en mis libros personales. ​—¡Ya no son solo tus libros! —la voz de Dominic vibró con una autoridad que hizo que Nina se estremeciera—. Yo soy el presidente ahora. El consejo me dio el mando y las cosas se harán a mi modo. Si no confías en mi criterio, puedes volver a tu retiro en los Hamptons. ​Un silencio pesado siguió a esa declaración. Nina y Emma se miraron. La secretaria suspiró y se encogió de hombros. —Vas a tener una tarea bastante complicada, Nina. Estás en medio del fuego cruzado —le dijo Emma. ​Nina asintió, soltando un suspiro que por fuera parecía de preocupación, pero por dentro era de pura euforia. —Estoy acostumbrada a los climas difíciles, Emma. ​Rato después, la puerta se abrió con tal violencia que golpeó contra el tope. Oliver salió furioso, con el rostro enrojecido y los puños apretados. Pasó al lado de Nina sin mirarla, como si ella fuera parte del mobiliario, y desapareció hacia el elevador. ​Desde dentro del despacho, la voz de Dominic sonó cansada pero firme: —Valenti, entre. ​Nina entró y cerró la puerta. Dominic estaba de pie frente a la ventana, dándole la espalda. Se había quitado el saco y tenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón. Sus hombros, anchos y tensos, delataban su estado de irritación. ​—Siento que haya tenido que escuchar eso —dijo él sin volverse. —No tiene que disculparse, señor Kasper. Entiendo que las transiciones familiares son... complejas. ​Dominic se giró. Su rostro estaba marcado por la ira, pero al ver a Nina, su expresión se suavizó ligeramente, reemplazada por esa curiosidad analítica que siempre tenía cuando la miraba. —Complejas es una palabra amable. Mi padre cree que este imperio es su patio de juegos personal. Cree que puede saltarse las reglas porque su nombre está en las cuentas. ​Se sentó en su silla de cuero, exhalando un suspiro pesado. —Usted se queda, Valenti. Y no solo se queda, sino que quiero que profundice aún más. Si mi padre está tan nervioso por que alguien vea sus cuentas privadas, es porque hay algo que no quiere que yo encuentre. Búscalo. ​Nina tomó asiento, observando a Dominic. Verlo así de irritado por culpa de su padre le proporcionaba una satisfacción casi adictiva. Ahora sabía que la relación entre ellos era un campo de minas. Dominic no era el cómplice de Oliver; era su rival. ​—Lo encontraré, señor Kasper —prometió Nina, con una voz suave que ocultaba el filo de una navaja—. Se lo aseguro. ​Mientras salía de la oficina, Nina sintió que el plan de venganza acababa de ganar una nueva dimensión. No solo iba a destruir a Oliver; iba a usar la propia rectitud y ambición de su hijo para hacerlo. Dominic Kasper quería la verdad, y ella se la iba a dar... aunque esa verdad terminara por demoler todo lo que él creía poseer.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR