Los días siguientes en el piso 50 se convirtieron en una danza de sombras y silencios compartidos. Nina se había instalado en el centro del huracán. Su nueva oficina era un búnker de cristal desde donde observaba a Dominic Kasper trabajar hasta altas horas de la noche. Ya no eran solo jefe y empleada; eran dos náufragos en un océano de números, unidos por la desconfianza que ambos sentían los balances entregados por al antigua junta directiva.
Una noche, pasadas las diez, el silencio del edificio fue interrumpido por el siseo de la cafetera en la pequeña estación de servicio del piso. Nina se estaba sirviendo una taza cuando sintió la presencia de Dominic detrás de ella. No necesitó girarse; el aire se cargó instantáneamente con esa fragancia a sándalo y poder que él desprendía.
—Debería prohibirle quedarse después de las ocho, Valenti —dijo él. Su voz sonaba cansada, despojada de la armadura pública que usaba durante el día—. Mi padre dice que soy un negrero, pero usted parece empeñada en darle la razón.
Nina se giró, sosteniendo la taza caliente entre sus manos. Dominic estaba apoyado en el marco de la puerta, con la camisa blanca desabrochada en el cuello y las mangas enrolladas. Se veía extrañamente vulnerable, y eso lo hacía mil veces más peligroso.
—Su padre dice muchas cosas, señor Kasper —replicó ella, sosteniéndole la mirada—. Pero el trabajo no se va a hacer solo. He encontrado discrepancias en los fondos de los es todos de cuenta. Nada ilegal a simple vista, pero hay... inconsistencias.
Dominic se acercó, reduciendo el espacio entre ambos hasta que Nina pudo notar el calor que emanaba de su cuerpo. Tomó una taza y se sirvió café, sus dedos rozando accidentalmente los de ella. Fue un contacto mínimo, pero Nina sintió una descarga eléctrica que le recorrió el brazo.
—Cene conmigo —soltó él de repente, mirándola fijamente.
Nina parpadeó, descolocada.
—¿Disculpe?
—No es una cita, no ponga esa cara —Dominic esbozó una sonrisa cínica que no llegó a sus ojos—. Es una necesidad biológica. Hay un lugar italiano a la vuelta que abre hasta tarde. Si vamos a seguir desenterrando los pecados de mi familia, prefiero hacerlo con el estómago lleno.
Nina dudó. Su plan era mantener las distancias, ser un fantasma en su vida. Pero algo en la mirada de Dominic —una soledad que ella reconoció como propia— la hizo ceder.
—Solo si dejamos de hablar de balances por media hora —condicionó ella.
Cenaron en un rincón apartado de Luigi’s. La luz era tenue y el vino tinto ayudó a relajar los hombros de Nina. Durante esa hora, descubrió que Dominic no era el heredero mimado que imaginaba. Había estudiado en el extranjero no por placer, sino para alejarse de la sombra de su familia. Hablaba de las empresas con una mezcla de orgullo y un poco deresentimiento.
—Mi padre cree que el apellido es un escudo —dijo Dominic, jugueteando con su copa—. Yo creo que es una diana. Por eso la quiero a usted cerca, Valenti. Porque no me mira como si fuera un dios, sino como si fuera un problema matemático que quiere resolver.
Nina bajó la mirada, sintiendo una punzada de culpa. Él no tenía idea de que ella ya lo había resuelto, y que la solución incluía su destrucción.
Al día siguiente, la burbuja de calma se rompió. Dominic había salido a una reunión con inversionistas, dejando a Nina sola en el piso 50. Ella estaba sumergida en los registros de propiedad de Oliver cuando la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso.
No fue Emma quien entró. Fue Oliver Kasper.
El hombre cerró la puerta tras de sí con un golpe seco. Ya no era el magnate encantador de las cámaras; su rostro estaba contraído por una furia fría y sus ojos destilaban veneno puro. Caminó hacia el escritorio de Nina y apoyó ambas manos sobre la madera, inclinándose hacia ella.
—Renuncia —soltó él, sin preámbulos. Su voz era un susurro sibilino—. Ahora mismo. Inventa una excusa, di que estás enferma, que el puesto te queda grande... me da igual. Pero quiero que recojas tus cosas y desaparezcas de este edificio antes de que mi hijo regrese.
Nina sintió el miedo trepar por su garganta, pero lo aplastó con el recuerdo de Alina en la cama del hospital. Se echó hacia atrás en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Bajo qué concepto, señor Kasper? —preguntó ella con una calma que lo enfureció aún más—. Tengo un contrato firmado, el respaldo del presidente y mis informes de rendimiento son impecables. ¿Cuál es el motivo exacto de mi salida?
Oliver soltó una carcajada áspera, una que Nina recordó perfectamente de la noche del hotel. Se inclinó más, hasta que ella pudo oler el aroma a tabaco y alcohol de su aliento.
—Sabes perfectamente el motivo, niña —dijo él, entrecerrando los ojos—. No sé qué juego crees que estás jugando. No sé si buscas más dinero o si crees que puedes chantajearme por... aquello. Pero te advierto algo: las hormigas que intentan morder al elefante terminan aplastadas. Vete antes de que las cosas se pongan peor para ti. Mi paciencia tiene un límite que no quieres conocer.
Nina sintió un escalofrío de náuseas, pero no bajó la mirada.
—No sé de qué habla, señor. Si tiene una queja formal sobre mi trabajo, puede presentarla ante su hijo. Mientras tanto, tengo una auditoría que terminar.
Oliver se enderezó, ajustándose el saco con manos temblorosas.
—Dominic es joven e idealista. Cree que ha encontrado un diamante en el fango. Pero yo sé qué clase de fango eres, Valenti. Si no te vas por las buenas, me encargaré de que no encuentres trabajo ni limpiando letrinas en este estado. Y créeme, puedo hacer que tu vida —y la de cualquiera que dependa de ti— se convierta en un infierno.
La mención indirecta a Alina hizo que Nina se pusiera de pie. Por un segundo, la máscara profesional se rompió y Oliver vio el odio puro que ella albergaba.
—Ya vivo en el infierno, Oliver —susurró ella, su voz vibrando de rabia—. Usted mismo se encargó de encender la hoguera. Así que adelante, haga su peor movimiento. Pero recuerde: los imperios más grandes siempre caen desde adentro.
Oliver la miró con una mezcla de sorpresa y temor contenido. No esperaba que esa "hormiga" tuviera dientes tan afilados. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió de la oficina, dejando tras de sí un rastro de aire viciado.
Nina se dejó caer en su silla, temblando. Sus manos volaron a su rostro, tratando de calmar la respiración errática. El encuentro la había dejado exhausta, pero también más decidida que nunca. Oliver tenía miedo. Y el miedo era la primera señal de debilidad.
Poco después, Dominic regresó. Al pasar frente a la oficina de Nina, se detuvo. Notó su palidez, la forma en que sus dedos apretaban el borde del escritorio. Entró sin preguntar.
—¿Qué ha pasado? —preguntó él, su voz cargada de una preocupación genuina que desarmó a Nina—. He visto el coche de mi padre saliendo del garaje a toda prisa. ¿Ha estado aquí?
Nina levantó la mirada. Por un momento, estuvo a punto de contárselo todo. De decirle: "Tu padre me violó y me estafó, y ahora me está amenazando". Pero se detuvo. No era el momento. No todavía.
—Solo vino a... darme algunas sugerencias sobre los informes —mintió ella, forzando una sonrisa—. Parece que no le agrada mi método de trabajo.
Dominic caminó hasta ella y, en un gesto que la dejó sin aliento, puso su mano sobre la de ella. Era una mano grande, cálida, protectora.
—No le haga caso, Nina. Mi padre vive en el pasado. Yo soy el que decide aquí. Y yo quiero que se quede.
Nina miró su mano sobre la suya. El contraste entre la brutalidad de Oliver y la extraña nobleza de Dominic era una brecha que se ensanchaba cada vez más. Estaba empezando a ver a Dominic no como un objetivo, sino como un hombre. Y eso, en su mundo de sombras, era el pecado más peligroso de todos.
—Gracias, Dominic —dijo ella, usando su nombre de pila por primera vez.
Él no retiró la mano. Se quedaron así, en el silencio de la oficina, mientras el sol empezaba a ponerse sobre Manhattan. Nina sabía que la guerra acababa de escalar. Oliver no se detendría, y Dominic se estaba convirtiendo en su escudo... o en su mayor víctima.