Primera jugada exitosa

1781 Palabras
Nina llegó a su apartamento esa noche sintiendo que las paredes se cerraban sobre ella. Las palabras de Oliver Kasper no eran solo amenazas; eran una droga de odio y preocupación que circulaba por sus venas, alterando su ritmo cardíaco. La mención de Alina había sido el golpe más bajo. El miedo a que Oliver, con su poder y su falta de escrúpulos, pudiera lograr que su hermana muriera "accidentalmente" en la habitación del Saint Jude antes de despertar, la invadió de angustia. ​Se desnudó con movimientos mecánicos, dejando caer el traje caer al suelo como si fuera una piel que ya no le pertenecía. Bajo el chorro de agua caliente de la ducha, Nina cerró los ojos y dejó que el vapor empañara el espejo, igual que ella planeaba empañar la visión de Dominic. ​—Lo siento, Dominic —susurró hacia los azulejos húmedos—. Pero mi camino está marcado y tú eres el medio. Solo el medio. ​No podía permitirse quererlo. No podía permitirse olvidar que él llevaba la sangre del hombre que la destruyó. Para que Oliver sintiera terror, ella debía volverse intocable, y la única forma de serlo era convirtiéndose en la debilidad de su hijo. ​La mañana llegó con una luz grisácea sobre Manhattan. Nina se preparó con la precisión de un actor antes de salir a escena. A diferencia de los días anteriores, donde el profesionalismo era su escudo, hoy buscaba algo más sutil. Eligió un jersey de lana suave en tono crema y unos pantalones sencillos. Recogió su cabello en una coleta descuidada, dejando que algunos mechones enmarcaran su rostro. Se aplicó un maquillaje mínimo, lo justo para resaltar las sombras naturales bajo sus ojos, fingiendo una noche de insomnio que, aunque real, hoy estaba estratégicamente acentuada. ​Dejó atrás su expresión de serenidad y se puso la máscara de la hermana triste y angustiada. La mujer que no sabía cuánto más podría esperar por una reacción que no llegaba. ​Pasó por la cafetería favorita de Dominic. El aroma del café cargado inundó el pequeño local, pero para ella, era el aroma del cebo. Entró en la corporación caminando con menos brío de lo habitual, con los hombros ligeramente caídos, siendo esa Nina que había reprimido por meses. ​Al entrar en el despacho presidencial, el ambiente estaba cargado de la energía eléctrica que siempre rodeaba a Dominic. Él estaba sumergido en una montaña de documentos, con la luz del ventanal resaltando la concentración en su frente. No levantó la mirada; sus dedos seguían pasando hojas mientras el sonido de su pluma sobre el papel era lo único que llenaba el espacio. ​—Buenos días, Dominic —saludó ella. Su voz era un hilo, suave y ligeramente quebradiza. ​Él siguió leyendo un informe de riesgos, devolviendo el saludo casi por instinto. —Buen día, Nina. Se te pegaron las sábanas hoy —afirmó él con un tono casual, casi bromista, sin notar todavía el cambio en la atmósfera. ​—Un poco. Traigo esto como disculpa —respondió ella, acercándose al escritorio con pasos silenciosos. Colocó el vaso de cartón sobre la superficie de cristal—. Justo como te gusta: n***o y amargo. ​Fue en ese instante cuando Dominic finalmente levantó la mirada, listo para soltar algún comentario mordaz sobre su tardanza. Pero las palabras se congelaron en su garganta. Sus ojos azules, usualmente gélidos y analíticos, se posaron con una atención alarmada en el rostro de Nina. ​Ella no lo miraba con el desafío habitual. Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, su piel se veía más pálida de lo normal y había una fragilidad en su postura que lo hizo enderezarse en su silla de inmediato. Dominic se alertó; conocía a la Nina eficiente, a la Nina valiente, incluso a la Nina insolente. Pero esta mujer vulnerable frente a él era un enigma que no sabía cómo resolver. ​—¿Sucede algo, Nina? —cuestionó él, dejando la pluma a un lado. Su voz había perdido toda la autoridad profesional, reemplazada por una nota de preocupación genuina. Nina no respondió de inmediato. Caminó hacia una de las sillas frente al escritorio y se dejó caer en ella, como si el peso de su propio cuerpo fuera demasiado. Bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas y, de repente, sus ojos se llenaron de lágrimas que no dejó caer. Soltó un suspiro largo, tembloroso, que pareció vaciarle los pulmones. ​—Lo siento... es solo que... no sé cuánto más puedo aguantar —susurró, con la voz rota. ​Dominic se tensó. En todos los meses que llevaba conociéndola, Nina siempre había sido una roca. Ver esa grieta en su armadura lo descolocó por completo. Sin pensarlo, se puso de pie, rodeó el escritorio y tomó asiento en la silla justo al lado de ella, acortando cualquier barrera. ​—Nina, mírame. ¿Qué es lo que está pasando? —preguntó él, suavizando su tono como nunca lo hacía. ​Ella levantó la vista, dejando que una lágrima rodara finalmente por su mejilla. —Son asuntos personales, lo siento mucho, volveré al trabajo. Dijo aquello e intento ponerse de pie, peor Dominic detuvo su mano, evitando su partida. —No importa si son asuntos personales, puedes confiar en mí —la miró con ternura, una ternura que para Nina fue dolorosa —Dime que pasa. —Tengo una hermana, Dominic —Nina dejo salir aquella, que la quemaba por dentro. —Se llama Alina. Tiene solo quince años y... está en coma en el hospital Saint Jude —confesó, sollozando—. Ha pasado meses conectada a una máquina. He estado luchando cada segundo, trabajando cada hora extra para mantenerla viva, para pagar los mejores cuidados... pero hoy los médicos me han dicho que sus respuestas son mínimas. Parece que no lo logrará, Dominic. Siento que la estoy perdiendo y no hay nada que pueda hacer. ​Dominic se quedó mudo por un segundo. El impacto de la revelación lo golpeó con fuerza. Él la había visto trabajar hasta la madrugada, la había visto ser implacable con los números, y jamás imaginó que detrás de esa eficiencia se escondía un drama tan desgarrador. ​—No... no tenía idea, Nina —dijo él, con una sinceridad que le dio un vuelco al corazón de ella—. Lo siento mucho. De verdad. No pensé que estuvieras cargando con algo así tú sola. ¿Por qué no me dijiste nada? ​—Porque es mi carga, no la tuya —respondió ella, limpiándose la mejilla con un gesto que pretendía ser fuerte pero que solo la hacía ver más frágil—. Pero verla allí hoy... tan pequeña... y luego venir aquí y fingir que me importan los balances de la empresa... me estoy rompiendo, Dominic. Siento que el mundo se me viene encima y me estoy ahogando. ​Dominic, movido por un impulso que no se detuvo a analizar, puso su mano sobre la de ella. Era una mano grande, cálida, que envolvía la de Nina con una firmeza protectora. —No estás sola, Nina. Ya no. ​Él se inclinó más hacia ella, su aroma a sándalo envolviéndola. —No eres una máquina. Si necesitas tiempo, tómalo. Pero no voy a dejar que te derrumbes. Si necesitas mejores especialistas o si hay que trasladarla a una clínica privada donde yo pueda garantizar que reciba la mejor atención del país, lo haremos hoy mismo. Solo dime qué necesitas para que puedas estar un poco más tranquila. ​Se abrazó a sí misma, un gesto defensivo que Dominic interpretó como una súplica de consuelo. ​—Nina, mírame —pidió él en voz baja. ​Ella levantó la vista, dejando que una lágrima —real, nacida del miedo a Oliver, pero usada como arma contra Dominic— resbalara por su mejilla. —Lo siento, no debería traer mis problemas personales aquí. Usted tiene suficiente con la junta directiva y con su padre. ​Al mencionar a Oliver, los ojos de Dominic se endurecieron, pero no contra ella, sino contra la situación. El instinto protector que Nina buscaba despertar se encendió como una hoguera. —Mi padre no tiene nada que ver con esto. Y no eres una máquina, Nina. Eres mi asistente, pero también eres... —se detuvo, buscando la palabra adecuada, pero terminó simplemente acercándose más—. Si necesitas tiempo, tómalo. Y la oferta de que traslade a tu hermana a una clínica privada bajo mi nombre, esta en pie, solo dilo y lo solucionare. ​Nina sintió un escalofrío. Dominic estaba ofreciendo exactamente lo que ella quería: su protección total. Si Alina era ingresada o tenía como benefactor a Dominic, Oliver no se atrevería a tocarla. El peón estaba moviéndose justo a la casilla que ella había planeado. ​—No puedo pedirte eso, Dominic. Es demasiado dinero, demasiada responsabilidad —mintió ella, bajando la mirada para ocultar el destello de triunfo. ​Dominic acortó la distancia final y, esta vez, puso sus manos sobre los hombros de Nina. Sus dedos largos apretaron suavemente, tratando de infundirle una fuerza que él creía que ella había perdido. —No estás pidiendo nada. Yo lo estoy ofreciendo. No voy a dejar que te derrumbes, Nina, necesitas ayuda y yo puro dártela. ​Nina apoyó su frente contra el pecho de Dominic por un segundo, escuchando el latido rápido de su corazón. En ese momento, la línea entre la actuación y la realidad se volvió peligrosamente delgada. Dominic la estrechó en un abrazo breve pero firme, un refugio de madera y calor en medio de su tormenta. ​Ella sonrió contra su camisa, una sonrisa que él no pudo ver. El plan estaba funcionando. Oliver Kasper creía que podía usar a Alina para asustarla, pero lo que había hecho era darle a Nina la excusa perfecta para meterse definitivamente bajo la piel de su hijo. ​—Gracias, Dominic —susurró ella—. No sé qué haría sin ti ahora mismo. ​Dominic la soltó, pero sus manos permanecieron un segundo extra en sus brazos, como si le costara dejarla ir. —Vuelve a tu oficina, descansa un poco. Yo me encargaré de llamar al Saint Jude y pediré la trasladen al ala e exclusiva, todo estará bien Nina. ​Nina asintió y salió del despacho. Al cruzar la puerta, su expresión de fragilidad se desvaneció, reemplazada por frialdad. Dominic acababa de prometer "por su nombre" proteger lo que Oliver quería destruir. La guerra entre padre e hijo estaba declarada y ella estaba cada vez más cerca de ver la caída de los Kasper.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR