El consultorio de Gabriel Aris siempre olía a antiséptico y a una calma impostada que a Nina le irritaba los nervios. Sentada frente a él, veía cómo la luz de la mañana iluminaba las partículas de polvo que flotaban entre ellos, igual que las verdades a medias que sostenían su relación de amistad.
—Nina, te lo pregunto por última vez —dijo Gabriel, entrelazando sus dedos sobre el escritorio—. Mantener a Alina en el ala exclusiva cuesta más de lo que un contable gana en cinco años. ¿De dónde salió ese dinero?
Nina mantuvo la espalda recta, sosteniendo su bolso contra el regazo como un escudo.
—Ya te lo dije, Gabriel. Es un préstamo de la corporación. Dominic Kasper valora mi trabajo y ha decidido financiar el tratamiento como un adelanto de mis bonificaciones futuras. No es tan complicado de entender.
Gabriel soltó un suspiro cargado de escepticismo. Se inclinó hacia adelante, escrutando el rostro de Nina con una intensidad que la hizo querer retroceder.
—No soy tonto, Nina. Sé cómo funcionan esos hombres. Sé que el poder suele venir acompañado de caprichos oscuros. Si ese hombre se atrevió a pedirte algo... algo indecente a cambio de la vida de tu hermana, tienes que decírmelo. Podemos buscar otra forma, yo puedo...
—¿Tú puedes qué, Gabriel? —lo interrumpió ella, con una chispa de frialdad en los ojos—. ¿Vas a pagar tú la clínica? No ha habido ninguna propuesta indecente. Es un acuerdo profesional. Dominic no es el monstruo que tú imaginas.
Gabriel guardó silencio un momento. Sus ojos se ensombrecieron con un recuerdo que ambos compartían pero del que nunca hablaban.
—Por favor, no caigas en la desesperación, Nina. No hagas cosas de las que te puedas arrepentir. —Tomó aire, su voz volviéndose un susurro doloroso—. Nunca dijiste qué pasó exactamente aquella vez... cuando conseguiste aquel primer cheque. Pero lo intuyo, y no te juzgo. Solo te pido que no vuelvas a hacerlo. No te vendas por piezas, por favor.
El estómago de Nina dio un vuelco. La mención indirecta de la noche con Oliver fue como un latigazo.
—Tú no tienes la menor idea de lo que pasó —respondió ella, con la voz vibrando de una rabia contenida—. Y te agradezco mucho lo que haces por Alina, Gabriel, pero te pido de la forma más amable posible que no te metas en mi vida privada. Hay límites que no voy a dejar que cruces.
—¡Lo hago porque te quiero, Nina! —exclamó él, rompiendo finalmente su máscara de profesionalismo—. Sabes bien lo que siento. Aunque no te lo haya dicho con todas las letras, me conoces. Te amo, y me parte el alma ver cómo te pierdes en ese mundo de lobos.
Nina se puso de pie con una lentitud deliberada. La confesión de Gabriel no le provocó alegría, sino una profunda sensación de asfixia.
—No puede ser, Gabriel. Yo no estoy buscando una relación, ni ahora ni en un futuro cercano. Mi energía está puesta en Alina y en mi trabajo. Solo puedo ofrecerte mi amistad, y si eso no es suficiente para ti, quizá sea mejor que mantengamos las distancias fuera de lo médico.
Sin esperar una respuesta, Nina salió del consultorio. Sus tacones resonaron con furia en el pasillo del hospital. Pasó rápidamente por la habitación de Alina, depositando un beso fugaz en su frente fría.
—Pronto, pequeña —susurró—. Pronto todo esto habrá valido la pena.
El trayecto en taxi hacia las empresas Kasper fue un torbellino de pensamientos. La mención de Gabriel sobre "venderse por piezas" le quemaba. Ella no se estaba vendiendo; estaba comprando su venganza. Pero para que el plan funcionara, necesitaba estar más cerca de Dominic de lo que un escritorio permitía.
"¿Cómo se lo digo?", pensaba mientras veía pasar los edificios de cristal de Manhattan. "¿Cómo acepto su propuesta sin parecer desesperada?". La imagen de Dominic alejándose en la lluvia la noche anterior la perseguía. Había sido grosero al final, pero ella sabía que era el orgullo herido de un hombre acostumbrado a obtener siempre un "sí".
Al llegar a la planta 50, Emma la recibió con una sonrisa amable pero eficiente.
—Señorita Valenti, el señor Kasper quiere verla de inmediato. Ha preguntado por usted dos veces.
Nina asintió, sintiendo un leve cosquilleo de nerviosismo. Se alisó la falda y se dirigió al despacho principal. Al entrar, encontró a Dominic de pie frente al ventanal. Se veía impecable, pero había una tensión en sus hombros que delataba que no había pasado una buena noche.
—Buen día, señor Kasper —saludó ella con cortesía.
Dominic se giró. Sus ojos azules la recorrieron con una intensidad eléctrica antes de indicar la silla frente a su escritorio.
—Toma asiento, Nina.
Nina abrió la boca para hablar, para soltar el discurso que había ensayado en el taxi, pero Dominic levantó una mano, silenciándola.
—Por favor, déjame hablar primero. Sé que no es educado interrumpir, pero hay algo que tengo que decirle antes de empezar con los pendientes del día.
Nina asintió, intrigada.
—No hay problema. Lo escucho.
Dominic suspiró, apoyando las manos sobre el escritorio. Su expresión era inusualmente suave, despojada de la arrogancia corporativa.
—Quiero disculparme por mi comportamiento de anoche. Fui grosero y cortante al dejarla en su casa. No fue propio de mí.
Nina esbozó una pequeña sonrisa, sintiendo que una parte del nudo en su pecho se aflojaba.
—No hace falta que se disculpe, señor Kasper. No lo tomé en cuenta, entiendo que fue un día largo para ambos.
—No, Nina, sí hace falta —insistió él, mirándola fijamente—. No quiero que pienses que voy a cobrar de alguna manera lo que hice por tu hermana. No quiero que sientas que tienes una deuda conmigo que deba pagar aceptando invitaciones que no deseas. No soy ese tipo de hombre, y me importa mucho que tu me tengas en ese concepto. Mi ayuda con Alina es desinteresada.
Nina sintió una punzada de culpa real que la atravesó como una aguja. Dominic estaba siendo un caballero, protegiendo su dignidad, mientras ella lo veía como una herramienta para su venganza.
—Me disculpo yo entonces —dijo ella en voz baja—. Por haber pensado, aunque fuera por un segundo, que había segundas intenciones. Gracias por aclararlo.
Se hizo un silencio cargado de electricidad estática. Dominic la observó durante lo que pareció una eternidad, y luego, con un tono más ligero, preguntó:
—Bien, ahora que hemos aclarado... ¿qué era lo que ibas a decirme cuando al entrar?
Nina tomó aire, recordando las palabras de Mayka sobre "pecar un poco" y las advertencias de Gabriel. Era ahora o nunca.
—Es sobre la propuesta que me hizo para el fin de semana. —Hizo una pausa, midiendo su reacción—. Si aún no ha encontrado a otra acompañante que lo ayude con los planes de su madre... me gustaría hacerlo a mí. Me gustaría acompañarlo.
Dominic la miró con atención, una sonrisa ladeada y un tanto coqueta empezando a dibujarse en su rostro. La sorpresa inicial dio paso a un brillo de triunfo en sus ojos.
—¿Estás segura, Valenti? Es un territorio peligroso. Mi madre puede ser... persistente.
Nina asintió, sosteniéndole la mirada con una determinación renovada.
—Estoy segura. Será un placer llegar a esa reunión de la mano de Dominic Kasper. Al fin y al cabo, somos un equipo, ¿no?
Dominic soltó una risa suave, una que Nina no le había escuchado antes. Era una risa cálida, casi íntima.
—Bien, señorita Valenti. Es usted oficialmente mi cita para el fin de semana. Considere que acaba de salvarme de un destino peor que la muerte: una cita a ciegas organizada por mi madre.
—¿Debo preparar algún atuendo especial? —preguntó ella, tratando de mantener el tono profesional a pesar de que su corazón latía con fuerza—. ¿Un vestido de gala?
Dominic negó con la cabeza, relajando su postura.
—Nada ostentoso. Mi madre ha decidido que sea en la casa de campo, así que algo informal y cómodo estará bien. No quiero que te sientas disfrazada. Solo se tu misma, Nina. Con eso será más que suficiente para dejar a todos sin palabras.
Nina asintió, sintiendo que el trato estaba sellado. Se despidió con un gesto y salió de la oficina para empezar con su trabajo. Pero mientras caminaba hacia su escritorio, Nina no pensaba en balances ni en facturas. Pensaba en la casa de campo, en la madre de Dominic y, sobre todo, en Oliver.
"Solo sé tú misma", le había dicho Dominic.
Si él supiera quién era ella realmente, nunca le habría abierto las puertas de su familia. Pero ya era tarde. El peón se había convertido en reina, y este fin de semana, Nina Valenti iba a entrar en el corazón del imperio Kasper lista para prender la primera chispa.