El rugido del motor del deportivo de Dominic rompió el silencio de la calle de Nina exactamente a las siete de la mañana. Ella lo esperaba en el vestíbulo, sosteniendo una pequeña maleta de mano y vistiendo un vestido de punto color canela que se ceñía a sus curvas sin ser demasiado revelador, cubierto por un abrigo largo. Había optado por la sencillez, sabiendo que su mejor arma era la autenticidad frente a la sofisticación de los Kasper.
Dominic bajó del auto y caminó hacia ella. No llevaba traje; vestía un suéter de cachemira azul marino y pantalones oscuros. Se veía más joven, más accesible, y eso, para Nina, era una amenaza mucho mayor que su frialdad profesional.
—Puntual, como siempre —dijo él, tomando la maleta de las manos de ella. Sus dedos rozaron los de Nina, y ella sintió una descarga que le recorrió el brazo.
—No querría hacer esperar al anfitrión —respondió ella, forzando una sonrisa.
El viaje hacia la casa de campo, situada en las afueras de Connecticut, duró casi tres horas. Tres horas de una intimidad forzada que Nina no había previsto. Dentro del habitáculo del auto, el aroma a madera de Dominic y el perfume floral de ella se mezclaron, creando una atmósfera espesa, casi palpable.
Dominic conducía con una mano en el volante, la otra descansando cerca de la palanca de cambios, peligrosamente cerca del muslo de Nina. El silencio no era incómodo, sino vibrante. Nina lo observaba de reojo: la línea de su mandíbula, la concentración en sus ojos azules, la forma en que sus dedos tamborileaban suavemente al ritmo de una pieza de jazz que sonaba en la radio.
—¿Estás nerviosa? —preguntó él sin apartar la vista de la carretera.
—Un poco. No todos los días finjo ser la acompañante de mi jefe frente a su familia —confesó Nina con honestidad parcial.
—No finjas —dijo él, y su voz bajó un octavo, volviéndose más íntima—. Solo sé tú misma. Mi madre te amará por eso, y mi padre... bueno, a él no le importa nadie que no pueda darle un beneficio, así que no te preocupes por su opinión.
Nina sintió un latigazo de culpa. Dominic hablaba de su padre con un desapego que ella compartía, pero él no sabía que ella estaba allí para destruir ese linaje. Verlo tan relajado, confiando en ella lo suficiente como para llevarla a su refugio personal, hacía que el plan de venganza se sintiera sucio, casi cruel.
La casa de campo no era una cabaña; era una mansión de estilo colonial rodeada de hectáreas de bosque y jardines perfectamente cuidados. Al entrar en el camino de grava, Nina sintió que se le cerraba el estómago.
Dominic estacionó y, antes de bajar, se giró hacia ella. Puso una mano sobre su mejilla, un gesto tan tierno y espontáneo que Nina se quedó sin aliento.
—Tranquila, Nina. Será un poco incómodo al principio, pero yo estaré a tu lado todo el tiempo. No te soltaré. Solo sé tú.
Nina asintió, incapaz de articular palabra. El cuidado en su voz era real. Dominic no estaba actuando; realmente quería que ella estuviera cómoda. Eso era lo que la hacía temblar.
Bajaron del auto y la puerta principal se abrió de inmediato. Una mujer de unos cuarenta y tantos años, con una elegancia serena y una sonrisa radiante, salió a recibirlos. Era Mariam Kasper. Su rostro era dulce, con ojos que destilaban una calidez que Nina no asociaba con el apellido.
—¡Dominic! —exclamó ella, abrazando a su hijo con una devoción evidente.
—Hola, mamá —respondió él, devolviendo el abrazo con una calidez que Nina nunca le había visto en la oficina.
Cuando Mariam se separó de él, sus ojos se posaron en Nina. Hubo un segundo de sorpresa, pero fue reemplazado rápidamente por una chispa de alegría.
—Y tú debes ser la famosa Nina. Dominic no ha dejado de mencionar lo increíble que es tu trabajo. Bienvenida a casa, querida.
Mariam la abrazó también, un gesto tan genuino que Nina sintió que se le partía el corazón. Estaba entrando en el hogar de estas personas como un caballo de Troya, y la madre del hombre al que planeaba usar la recibía con los brazos abiertos.
—Gracias por recibirme, señora Kasper —dijo Nina, tratando de mantener la compostura.
—Dime Mariam, por favor. Entren, que el té está listo.
Al entrar en el gran salón, un joven de diecisiete años bajó las escaleras a saltos. Tenía el mismo cabello oscuro de Dominic, pero sus facciones eran más afiladas, con una mirada inteligente y rebelde.
—¡Ya era hora de que llegaras, Dom! —Saludo el joven.
—Nina, este es mi hermano menor, Taylor —presentó Dominic con una sonrisa protectora—. Taylor, compórtate, tenemos visitas.
Taylor evaluó a Nina con una curiosidad descarada, pero luego le dedicó una sonrisa llena de carisma.
—Vaya, Dom. Finalmente tienes buen gusto. Hola, Nina.
—¿Que significa eso? —Dominic le cuestionó.
—Vamos, casi no traes a nadie a casa y cuando lo haces.... Mamá quiere llorar y no de alegría precisamente.
Nina rio en voz baja y Dominic solo negó ante el comentario.
En ese momento, una mujer mayor, vestida con un uniforme impecable, se acercó. Era la nana de los chicos, la mujer que los había criado. Dominic se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla, preguntando por su salud con una familiaridad que demostraba que para él, el personal era familia. Nina observaba todo en silencio. Este Dominic era un hombre bueno. Un hombre que amaba a su madre, protegía a su hermano y respetaba a quienes lo cuidaban. La culpa volvió a golpearla, más fuerte que antes.
—¿Dónde está papá? —preguntó Dominic, rodeando la cintura de Nina con su brazo en un gesto posesivo y protector.
—Está en camino —respondió Mariam, guiándolos hacia la terraza—. Paso a recoger a unos invitados de última hora, los Vaughn. Estará aquí pronto.
Al mencionar el nombre de Oliver, Nina sintió que la sangre se le congelaba. El vello de sus brazos se erizó y sus dedos empezaron a temblar. Dominic lo notó y apretó suavemente su cintura, atrayéndola más hacia él.
—Todo está bien —le susurró al oído. Su aliento cálido la hizo estremecerse.
Durante la siguiente hora, Dominic se mostró absolutamente encantador. No se separó de ella ni un segundo. Le servía el té, le contaba anécdotas de su infancia con Taylor y la miraba con una mezcla de orgullo y ternura que hacía que Mariam sonriera satisfecha desde el otro lado de la mesa. Nina, sin embargo, se sentía como una impostora a punto de ser ejecutada.
De repente, el sonido de varios autos llegando a la propiedad rompió la armonía. Nina se puso rígida. Dominic se puso de pie, manteniendo su mano entrelazada con la de ella.
—Ya están aquí —dijo Mariam, levantándose emocionada.
Las puertas principales se abrieron de par en par. Oliver Kasper entró con la zancada de un conquistador, irradiando una autoridad oscura que inundó la habitación. Pero no venía solo. Lo acompañaban los Vaughn, una familia de linaje antiguo y fortuna incalculable. Entre ellos, una mujer joven y espectacularmente hermosa, vestida con un traje de diseñador que gritaba dinero, se adelantó al grupo.
—¡Dominic! —gritó la mujer, ignorando al resto—. ¡No puedo creer que finalmente estés aquí!
Se lanzó a los brazos de Dominic con una euforia que denotaba una intimidad de años, rodeando su cuello y besando su mejilla con posesividad. Dominic, tomado por sorpresa, tuvo que soltar la mano de Nina para sostener a la mujer, aunque su expresión era de sutil incomodidad.
En ese preciso instante, la mirada de Oliver Kasper se desvió de su hijo y se clavó en Nina. Fue un contacto visual mortal. Sus ojos, cargados de una furia gélida y una advertencia letal, le dijeron a Nina todo lo que necesitaba saber: él sabía por qué estaba ella allí, y no iba a permitir que saliera ilesa de ese fin de semana si intentaba dar un paso en falso.
Nina se quedó de pie, sola por un segundo, mientras la "invitada" colgaba del cuello de Dominic y el verdugo de su pasado la sentenciaba con la mirada. La guerra en la casa de campo acababa de comenzar.