Una cena intensa

1736 Palabras
El salón de la mansión de campo, que antes se sentía cálido bajo la presencia de Mariam, se transformó en un campo de batalla gélido en cuanto Oliver Kasper y los Vaughn cruzaron el umbral. La mujer que colgaba del cuello de Dominic no era solo hermosa; era una declaración de guerra. Sofía Vaughn irradiaba el tipo de confianza que solo otorgan siglos de buena posición y cuentas bancarias con demasiados ceros. ​—Dominic, te he echado tanto de menos en Londres —ronroneó Sofía, sin soltarlo. Su voz tenía ese tono afectado de la aristocracia que ignora a los que considera inferiores—. Tu padre me prometió que estarías aquí, pero no me dijo que estarías tan... inaccesible. ​Dominic, con una elegancia impecable pero una rigidez visible en los hombros, logró zafarse con suavidad de su abrazo. Sus ojos buscaron inmediatamente a Nina, que se había quedado un paso atrás, sintiéndose repentinamente como una mancha de barro en un suelo del lugar. ​—Sofía, ha pasado mucho tiempo —dijo Dominic, su voz recuperando ese tono bajo y controlado de la oficina. Extendió una mano hacia Nina, un gesto de rescate que Oliver observó con ojos entrecerrados—. Permítanme presentarles a Nina Valenti. Nina es mi acompañante. ​El silencio que siguió fue denso como el plomo. Sofía recorrió a Nina de arriba abajo con una mirada lenta, deteniéndose un segundo de más en su vestido de punto. No era una mirada de odio, sino algo peor: era una mirada de desdén absoluto, como si estuviera observando un mueble barato en una tienda de antigüedades. —¿Tu acompañante? —intervino Oliver, dando un paso adelante. Su voz resonó con una ironía brutal—. Vamos, Dominic, no seas modesto con tus invitados. Nina es una de nuestras empleadas más... aplicadas en la corporación. Mi hijo tiene la curiosa costumbre de confundir la eficiencia administrativa con el encanto social. ​Nina sintió el calor subir por su cuello. No era vergüenza por su origen, sino la humillación cruda de ser tratada como una atracción de feria o un objeto extraño. —¡Oh! Una empleada —dijo Sofía, fingiendo sorpresa—. Qué detalle tan... caritativo de tu parte, Dominic. Supongo que después de tantas horas revisando archivos, la señorita Valenti necesitaba un poco de aire de campo. Mi padre hace lo mismo con su secretario personal en las fiestas de Navidad. ​—Nina es mucho más que una empleada, Sofía —intervino Mariam, notando la tensión—. Es una mujer brillante. ​—Por supuesto que lo es, Mariam —interrumpió Oliver, su voz resonando como un trueno—. Solo alguien "brillante" sabría exactamente qué hilos mover para terminar sentada en esta terraza. Pero no nos quedemos aquí. La cena está servida y los Vaughn han traído un vino excelente de sus viñedos en Francia. ​La cena fue un ejercicio de tortura psicológica. Nina fue sentada estratégicamente frente a Sofía y al lado de Oliver. Dominic estaba a la cabecera, pero la distancia física entre ellos se sentía como un abismo. ​—Y dime, Nina —comenzó el señor Vaughn, un hombre de rostro congestionado y ojos altivos—, ¿de dónde es tu familia? No reconozco el apellido Valenti. ​Nina apretó los cubiertos de plata bajo el mantel. Sabía que esta pregunta llegaría. —Mi familia es de origen humilde, señor. Mis padres fallecieron hace tiempo y solo me queda mi hermana menor. ​—Humilde. Qué palabra tan... Triste —comentó Sofía, probando delicadamente su foie gras—. Debe ser agotador tener que trabajar tanto para pagar las facturas. Que estratos tan miserable. ​Dominic dejó caer su copa sobre la mesa con un golpe seco. El sonido hizo que los invitados se callaran de inmediato. —Nina ha encontrado errores que hombres con tres doctorados pasaron por alto, Sofía —dijo él, su voz cargada de un veneno letal—. Su "estrato", como lo llamas, le ha dado una agudeza mental que mucha gente en esta mesa solo puede soñar. Así que te sugiero que cambies de tema. ​Oliver soltó una carcajada seca. —No seas tan sensible, hijo. Sofía no pretendía ofender. Es solo que la realidad es la que es. Nina es una pieza útil en el engranaje de la oficina, pero aquí, en esta mesa... —Oliver se inclinó hacia Nina, susurrando lo suficiente para que solo ella lo escuchara—. Eres solo un recordatorio de que mi hijo tiene una debilidad por las causas perdidas. ​Nina sintió que las paredes se cerraban. El lujo de la habitación, las risas fingidas, la mirada lasciva y amenazante de Oliver... todo se volvió demasiado. La culpa por usar a Dominic y la furia por la humillación se mezclaron y ella no pudo soportarlo más. ​—Disculpen —dijo Nina, poniéndose de pie con la mayor dignidad que pudo reunir—. Necesito un poco de aire. ​Salió al jardín antes de que nadie pudiera detenerla. ​El aire frío de la noche de Connecticut la golpeó en el rostro, ayudándola a recuperar la cordura. Nina caminó hasta el borde de la terraza de piedra, apoyando las manos en el barandal. Sus dedos temblaban de rabia. Quería gritarle a Oliver lo que era, quería decirle a Sofía que su apellido no valía nada, que solo eran personal crueles qué se burlan y aprovechan del dolor de los demás. ​—Nina. ​La voz de Dominic estaba justo detrás de ella. No necesitó girarse para saber que estaba furioso, pero no con ella, sino con el mundo que acababan de dejar atrás. ​—Necesito aire, Dominic —dijo ella, sin mirarlo—. Ve a atender a tus invitados. De todas formas yo no encajo aquí. ​Dominic acortó la distancia en dos zancadas. La tomó por los hombros y la obligó a girarse. Su rostro estaba tenso, sus ojos azules brillando bajo la luz de la luna con una mezcla de arrepentimiento y deseo feroz. ​—No me importa lo que ellos opinen —espetó él —. Te traje aquí porque no soporto pasar un segundo más en esas cenas rodeado de gente vacía. Tu me haces sentir que hay personas reales, que no todo se mueven por ceros en una cuenta. No dejes que te hagan sentir mal Nina, eres mucho más humana que todos ellos allí. ​—¿Real? —Nina soltó una risa amarga—. Dominic, soy tu asistente. Tu padre tiene razón, soy nada en tu imperio. Y lo peor de todo es que... ​No pudo terminar. No quería confesarle que lo estaba usando. Pero Dominic no le dio oportunidad. Sus manos subieron de sus hombros a su cuello, sus pulgares acariciando su mandíbula con una urgencia que hizo que a Nina se le doblaran las rodillas. ​—Eres la única persona que ha entrado en mi vida y no ha intentado pedirme nada, excepto respeto —susurró él, su aliento rozando los labios de ella—. Me vuelves loco, Nina. En la oficia a diario y en esta maldita casa. No puedo más. ​Dominic la besó. ​No fue un beso suave ni de película. Fue un beso hambriento, desesperado, cargado de toda la tensión que habían acumulado en el auto, en la oficina y bajo las exigencias de Oliver. Fue un choque de lenguas y de deseos reprimidos. Nina gimió contra sus labios, sus manos enredándose en el cabello oscuro de Dominic, tirando de él con la misma intensidad. ​Dominic la empujó contra la pared de piedra de la terraza, su cuerpo presionando el de ella con una posesividad que la hizo temblar. El calor que emanaba de él contrastaba con el frío de la noche. En ese momento, Nina olvidó la venganza. Olvidó a Oliver, olvidó a Alina y olvidó quién era. Solo existía el sabor a whisky y deseo de Dominic, la forma en que su mano se deslizaba por su espalda bajando hacia su cintura, apretándola contra su masculinidad evidente. ​Era un beso que sabía a pecado y a verdad a medias. Dominic la besaba como si ella fuera lo único real, y Nina respondía con una pasión que nacía de la desesperación de saber que, tarde o temprano, ella tendría que destruirlo. ​Se separaron jadeando, sus frentes apoyadas la una contra la otra. El corazón de Nina golpeaba su pecho como un pájaro enjaulado. ​—Dominic... esto... —empezó ella, con los labios hinchados y la mirada nublada. ​—Esto es lo más real que ha pasado en esta casa en veinte años —la interrumpió él, su pulgar recorriendo el labio inferior de Nina, aún húmedo por el beso—. No me pidas que me arrepienta. ​Nina lo miró, y por un segundo, estuvo a punto de rendirse. Estuvo a punto de contarle todo. Pero entonces, levantó la vista hacia las ventanas del piso superior. ​Allí, en la penumbra de su despacho, la silueta de Oliver Kasper estaba inmóvil. Su cigarro encendido era un punto rojo en la oscuridad, como el ojo de un depredador observando a su presa. Oliver los había visto. Había visto la debilidad de su hijo y la jugada maestra de Nina. ​Nina se separó de Dominic lentamente, sintiendo el frío de la noche reclamar su cuerpo de nuevo. La guerra ya no era solo por Alina o por el pasado. Ahora, era una guerra por el alma de Dominic, y Nina acababa de descubrir que el precio de su venganza podría ser el único hombre que alguna vez la había hecho sentir viva. ​—Tu padre nos está mirando —susurró ella, su voz apenas un hálito de advertencia. ​Dominic no se giró. Se mantuvo firme, su mirada fija en Nina con una determinación inquebrantable. —Que mire —respondió él—. Que sepa de una vez por todas que ya no tiene nada con qué chantajearme. Porque tú no eres una empleada, Nina. Y él no tiene ni idea de lo que soy capaz de hacer por ti. ​Nina sintió un escalofrío de terror. Dominic estaba dispuesto a quemar el mundo por ella, sin saber que ella era quien sostenía la antorcha.
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