No puedes sentir

1488 Palabras
El aire en el salón principal era denso, saturado del aroma a vino caro y la falsa cordialidad de los Vaughn. Tras el episodio en la terraza, el regreso de Dominic y Nina a la estancia no pasó desapercibido. Nina caminaba con la cabeza alta, pero sentía la mirada de Oliver como un cuchillo en su espalda. Sofía, sentada con una elegancia felina, apenas le dedicó un vistazo de soslayo, como si Nina fuera un detalle arquitectónico sin importancia. ​Dominic se detuvo al pie de las escaleras. Sus ojos buscaron a su hermano, quien observaba la escena con una mezcla de aburrimiento y perspicacia desde un rincón. ​—Taylor —llamó Dominic con voz firme—. Lleva a Nina a la habitación. Necesita descansar del viaje. ​Taylor se enderezó, captando la urgencia en la mirada de su hermano mayor. —Claro, Dom. Vamos, Nina. Aquí arriba el aire es más puro que en este salón —dijo el joven con una sonrisa traviesa que buscaba aliviar la tensión. ​Dominic esperó a que subieran los primeros escalones antes de girarse. No miró a Mariam ni a los invitados; su objetivo estaba claro. Cruzó el salón con zancadas largas hacia el despacho privado, donde sabía que Oliver se había refugiado para saborear su "victoria" del desprecio. ​Mariam, que conocía perfectamente los matices del silencio de su hijo, dejó su copa sobre una mesa auxiliar. Con un gesto de disculpa a los Vaughn, se deslizó fuera del salón, siguiendo los pasos de Dominic. Sabía que esta no sería una simple discusión; era el enfrentamiento de dos titanes. ​Dominic no llamó a la puerta. La abrió de golpe, haciendo que el pesado nogal chocara contra la pared. Oliver estaba sentado tras su escritorio de roble, rodeado de sombras y el humo de un cigarro. ​—¿Qué diablos te pasa, papá? —rugió Dominic, omitiendo el respeto. Se apoyó con ambas manos sobre el escritorio, invadiendo el espacio de su progenitor—. ¿Cómo te atreves a humillar a Nina frente a extraños? ¿Cómo te atreves a llamarla empleada después de que te pedí que la respetaras? ​Oliver soltó una densa nube de humo, observando a su hijo con una calma exasperante. —Dije la verdad, Dominic. La verdad no es una humillación, es un hecho. Nina Valenti es una cazafortunas de manual, una mujer que ha visto en tu idealismo la oportunidad de jubilarse antes de tiempo. ​—No tienes ni idea de quién es ella —siseó Dominic, con los ojos llenos de furia. ​—Sé exactamente qué tipo de mujer es —respondió Oliver, poniéndose de pie para igualar la altura de su hijo—. Es el tipo de mujer que usas para tener buen sexo y luego olvidas. Sirven para eso, Dominic. Para el placer, no para llevarlas de la mano en una cena con su familia. Estás haciendo el ridículo por una falda. ​—¡Basta! —El grito de Dominic hizo vibrar los cristales de las estanterías—. No vuelvas a decir algo así de ella. Nina tiene más integridad en su dedo meñique que todos los Vaughn juntos. Y te lo advierto: si vuelves a faltarle al respeto, te aseguro que me llevaré mi parte de la corporación y no volverás a ver mi cara. Estoy cansado de te la pases tratándome como si fuera un niño. ​—¡Cálmense los dos! —La voz de Mariam entró como un bálsamo, aunque su rostro reflejaba una furia contenida—. Oliver, has sido un grosero y un patán. Nina es una invitada en esta casa, en mi casa, y no voy a permitir que la trates como si fuera basura. ​Oliver rió, una risa seca y carente de humor. —¿Incluso tú, Mariam? ¿Vas a permitir que nuestro hijo tire su futuro por la borda por una asistente? ¿Tienes idea de lo que representaría la unión con los Vaughn? Sofía no es solo una cara bonita; es la llave para la fusión que hemos planeado por años. ​—Pues ve buscando otra llave, Oliver —intervino Dominic, su voz ahora fría y cortante como el hielo—. Porque yo no voy a casarme con Sofía. No voy a tener nada con ella. Si la trajiste aquí para concretar algo, ve cancelando tus planes. Mi vida me pertenece a mí, no a tus ambiciones de poder. ​Dominic se acercó a su padre, bajando la voz hasta convertirla en una amenaza latente. —Aléjate de Nina. No la hables, no la mires y, sobre todo, no vuelvas a poner su nombre en boca de nadie. Porque la próxima vez, no será solo una discusión de despacho. ​Dominic salió de la habitación, dejando a Oliver lívido de rabia y a Mariam mirando a su esposo con una decepción que pesaba más que cualquier insulto. ​Mientras tanto, en el piso superior, Taylor guiaba a Nina por el largo pasillo alfombrado. El joven caminaba con las manos en los bolsillos, silbando una melodía despreocupada. ​—No le hagas caso al viejo —dijo Taylor, rompiendo el silencio—. Papá tiene un talento único para pelear con Dom por la mínima cosa. Cree que el mundo es un tablero de ajedrez y todos somos sus peones. Especialmente Dominic. ​Nina asintió vagamente, todavía procesando la mirada de Oliver en el salón. Taylor se detuvo frente a una puerta doble de madera tallada y la abrió de par en par. —Aquí estarás cómoda. ​Nina entró y se detuvo en seco. La habitación era inmensa, decorada en tonos oscuros, grises y azules profundos. Había una chimenea de piedra, una estantería llena de libros técnicos y de derecho, y una cama king size que dominaba el espacio. El aroma a madera y sándalo era inconfundible. ​Se dio la vuelta, mirando a Taylor con confusión. —Taylor, ¿por qué me traes aquí? Esta no es una habitación de invitados. Es la habitación de Dominic ¿verdad? ​Taylor rodó los ojos con una sonrisa burlona y se apoyó en el marco de la puerta. —Vamos, Nina. No hace falta el protocolo conmigo. Están juntos, todo el mundo lo vio en la terraza. Lo normal es que duerman juntos, ¿no? No voy a mandarte al ala de invitados cuando sé que Dom terminará escabulléndose allí a media noche de todos modos. ​Nina sintió que el calor le subía a las mejillas de forma violenta. —Nosotros... no estamos juntos de esa manera, Taylor. Solo somos... ​—¿"Solo son"? —Taylor soltó una carcajada—. Nina, casi te traga viva en la terraza. Estábamos todos mirando desde la ventana, aunque mamá fingía que no. Aquí pueden terminar lo que empezaron sin que Oliver esté bufando en la nuca de nadie. ​Nina se quedó en silencio, sintiéndose enrojecer hasta la raíz del cabello. La naturalidad con la que el joven hablaba de la pasión de su hermano era desarmante. ​Taylor, al verla tan abrumada, suavizó su expresión. —No te avergüences, de verdad. Mi hermano es un tipo muy guapo y varonil, un poco amargado a veces, pero guapo. Y tú... bueno, eres muy linda y sexy, Nina. Es normal sentir deseos en un lugar como este. Solo déjense llevar. Dominic necesita a alguien que lo haga sonreír, y parece que tú eres la única que lo logra. ​Con un guiño y una risa baja, Taylor cerró la puerta, dejando a Nina sola en el santuario personal del hombre al que planeaba destruir. ​Nina caminó lentamente por la habitación. Sus pies se hundían en la alfombra gruesa mientras inspeccionaba los detalles. Había fotos de Dominic de niño con Taylor, medallas de remo, y un orden casi obsesivo en su escritorio. Se acercó al gran ventanal que daba a los jardines oscuros. ​Llevó sus dedos a los labios, todavía sintiendo el hormigueo eléctrico del beso de Dominic. Su tacto, su olor, la forma en que la había defendido frente a su familia... todo empezaba a nublar su juicio. ​—¿Qué estás haciendo, Nina? —se susurró a sí misma, viendo su reflejo en el cristal—. No debes sentir esto. No puedes permitirte sentir nada por él. ​Cerró los ojos, tratando de recordar a Alina en la cama del hospital, tratando de recordar el cheque sin fondos de Oliver, tratando de alimentar el odio que la había traído hasta aquí. Pero en la habitación de Dominic, rodeada de su esencia y su historia, el odio se sentía como un arma demasiado pesada para seguir sosteniéndola. El pecado de los Kasper ya no era solo de Oliver; ahora, el pecado de Nina era empezar a amar al hijo del hombre que la destrozó.
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