Dominic caminó por el pasillo con la mandíbula tan apretada que sentía un dolor sordo en las sienes. Cada paso que daba alejándose del despacho de su padre era un esfuerzo por no regresar y terminar de destruir lo poco que quedaba de su relación filial. Al doblar la esquina que conducía a su ala privada, se encontró con una figura apoyada casualmente contra el marco de su puerta.
Taylor estaba allí, con los brazos cruzados y esa expresión de "fiel guardián" que solía adoptar cuando las tormentas estallaban en la mansión Kasper. Al ver la expresión sombría y los puños cerrados de su hermano, Taylor se enderezó.
—Con calma, Dom —dijo Taylor en voz baja, interceptándolo—. No dejes que te amargue también la noche. Ya hizo suficiente daño abajo.
Dominic se detuvo frente a él y soltó un suspiro cargado de una frustración acumulada. Se pasó una mano por el cabello, desordenadolo.
—Ya no puedo más, Taylor —confesó Dominic, su voz vibrando con una fatiga emocional profunda—. He tratado de ser paciente. He mantenido la calma durante mucho tiempo por mamá. Pero después de lo que él hizo... después de esa traición que casi nos destruye a todos... —Dominic guardó silencio de golpe, sus ojos fijos en un punto invisible del pasillo, llenos de un rencor antiguo que el tiempo no había logrado borrar—. Estoy al límite. Él todavía cree que puede seguir intentando controlar mi vida como si fuera uno de sus activos financieros. No lo voy a permitir. No esta vez.
Taylor colocó una mano firme sobre el hombro de su hermano mayor, transmitiéndole un apoyo silencioso que solo ellos dos entendían.
—Lo sé. Pero ahora debes calmarte. Nina está ahí dentro y no deberías dejar que te vea así, como si fueras a estallar. Ella ya ha pasado por suficiente humillación hoy como para lidiar con tu furia, aunque no sea contra ella.
Dominic parpadeó, regresando al presente. Miró la puerta de su habitación como si fuera un portal a otro mundo.
—¿Por qué está aquí exactamente? —preguntó, aunque en el fondo agradecía su presencia.
Taylor soltó una risita burlona y le dio un pequeño empujón.
—¿A dónde más la llevaría? Es tu chica, Dom. Se nota a kilómetros que no quieres que esté a más de un metro de ti. Además, es el lugar más seguro de esta casa. Oliver no se atreverá a entrar aquí.
Dominic no pudo evitar una pequeña sonrisa ante la ocurrencia y la desfachatez de su hermano menor. Taylor siempre tenía esa habilidad de inyectar ligereza incluso en los momentos más oscuros. Dominic palmeó la espalda de su hermano con gratitud.
—Vete a dormir, Taylor. Ya has hecho suficiente de celestina por hoy.
—Solo un consejo extra —añadió Taylor mientras se alejaba caminando hacia atrás por el pasillo—. Saca toda esa frustración acumulada con la mujer que tienes dentro. Créeme, será una terapia mucho mejor que pelear con el viejo.
Dominic negó con la cabeza, riendo entre dientes mientras veía a su hermano desaparecer. Respiró hondo una última vez, ajustó su expresión y abrió la puerta de su habitación.
Nina se puso de pie en el acto al verlo entrar. Estaba junto a la cama, sosteniendo el asa de su maleta con fuerza, luciendo un tanto desubicada en medio de tanta opulencia masculina.
—Dominic... Taylor me trajo aquí. Me dijo que era lo más conveniente pero si quieres puedo pedirle a Mariam que me asigne otra habitación, no quiero invadir tu espacio —dijo ella rápidamente, las palabras tropezando unas con otras.
Dominic cerró la puerta a sus espaldas y caminó hacia ella, sus facciones suavizándose notablemente. La sola visión de Nina en su entorno privado parecía drenar la rabia de su sistema.
—No te preocupes por eso —respondió con suavidad—. Ya Taylor me lo explicó todo. Él tiene una forma muy particular de organizar las cosas, pero en el fondo tiene razón. Estás mejor aquí.
Nina soltó un suspiro de alivio tan sonoro que la hizo sonreír con timidez. Empezó a mover su maleta hacia la puerta contigua, asumiendo que él la guiaría al pasillo para ir a su verdadero aposento.
—Espera un momento, Nina —la detuvo él, poniéndose en su camino.
Dominic acortó la distancia, quedando a escasos centímetros de ella. Sus ojos buscaron los de la chica con una intensidad renovada.
—Antes de nada, quiero disculparme de nuevo. Por lo de la cena, por los comentarios de mi padre... por todo. No pensé que él se comportaría de una manera tan vil frente a los invitados. No te merecías eso.
Nina bajó la mirada un segundo y luego la subió, encontrando la sinceridad en el rostro de su jefe.
—No te preocupes, Dominic. Tú no eres responsable de las palabras de tu padre. No tienes que pedir perdón por él.
Dominic sonrió de lado, una expresión que Nina nunca le había visto en la oficina. Era una sonrisa cargada de un magnetismo peligroso que le envió un escalofrío por la columna vertebral; pero esta vez, no era el escalofrío de miedo que sentía ante Oliver, sino algo mucho más potente, algo que la hacía querer dar un paso hacia él en lugar de alejarse.
—¿Por qué me ves así? —preguntó ella en un susurro, sintiendo que el aire en la habitación se volvía escaso.
—Tengo que pedirte otra cosa —dijo él, su voz volviéndose más profunda—. Un último favor para este fin de semana.
Nina asintió, instándolo a hablar con un gesto de la cabeza, aunque su corazón latía con una fuerza desbocada contra sus costillas.
—Quédate a dormir conmigo. Aquí. En esta habitación —soltó Dominic.
La expresión de Nina cambió drásticamente. El brillo en sus ojos se apagó y fue reemplazado por una mueca de decepción y cautela. Dio un paso atrás, su mano apretando de nuevo la maleta. No esperaba que Dominic, el hombre que la había defendido con tanta caballerosidad, resultara ser otro cazador aprovechándose de la situación.
—¿De verdad? —preguntó ella con una nota de amargura—. ¿Este es el precio, Dominic? Pensé que eras diferente.
Él levantó las manos de inmediato, con las palmas hacia afuera, adivinando sus pensamientos con alarmante rapidez.
—¡No! No es por lo que crees. Por favor, déjame explicarte antes de que saques conclusiones equivocadas.
—Dime entonces —replicó ella, manteniendo su postura defensiva.
Dominic soltó un suspiro y se frotó la nuca.
—La mujer de abajo, Sofía... y mi padre. Necesito que quede absolutamente claro que no estoy disponible. Que no hay espacio para negociaciones de matrimonio ni alianzas familiares. Si mañana por la mañana se corre la voz de que dormiste en mi habitación, se acabó el juego para ellos. Dejarán de insistir.
Nina lo miró con recelo, analizando cada milímetro de su rostro.
—¿Y pretendes que comparta la cama contigo solo para "enviar un mensaje"?
—Yo dormiré en el sofá —dijo él con rapidez, señalando el amplio diván de cuero frente a la chimenea—. No tocaré ni un milímetro de la cama, Nina. Te doy mi palabra de honor. Solo necesito que las apariencias nos den un poco de paz por el resto del viaje.
Nina lo observó en silencio durante un largo minuto. Finalmente, la tensión en sus hombros desapareció y una pequeña sonrisa burlona apareció en su rostro.
—Vaya... me asustaste —admitió ella con una risa nerviosa—. Por un momento pensé que eras de esos hombres que se aprovechan de las mujeres cuando están en una posición vulnerable.
Dominic soltó una carcajada franca, sintiendo que el peso en su pecho se aligeraba.
—No, Nina. No soy de esos —hizo una pausa deliberada, acercándose de nuevo a ella con ese brillo juguetón en los ojos—. A menos, claro, que tú quieras que me aproveche...
Nina sintió que sus mejillas se encendían y se mordió el labio inferior, incapaz de sostenerle la mirada ante tal insinuación. Dominic tomó suavemente la maleta de su mano, dejando que sus dedos rozaran los de ella por un segundo más de lo necesario.
—Quédate, Nina. Te prometo que no haré nada indebido.
Una hora más tarde, el ambiente en la habitación había cambiado por completo. Tras turnarse para usar el lujoso baño de mármol, el caos del mundo exterior parecía haber quedado sellado tras la puerta.
Nina estaba sentada en la inmensa cama, recostada contra el respaldo de madera tallada. Vestía un pijama de satén color perla que había comprado para la ocasión, sencillo pero elegante. Entre sus manos sostenía un grueso álbum de fotos que había encontrado en la mesita de noche. Sus ojos brillaban mientras pasaba las páginas, soltando pequeñas risitas de vez en cuando.
Dominic salió del baño en ese momento. Llevaba solo unos pantalones de pijama oscuros y una camiseta blanca de algodón que se pegaba a su torso. Su cabello aún estaba húmedo, y goteaba ocasionalmente sobre sus hombros. Al ver a Nina tan relajada, sonriendo con sus recuerdos privados, se detuvo un instante a observarla. Se veía hermosa, casi angelical bajo la luz cálida de las lámparas, y por un momento, Dominic se olvidó de Oliver, de la empresa y de su propio apellido.
Se acercó a la cama y se acomodó a su lado, manteniendo la distancia prometida pero lo suficientemente cerca como para sentir su calor.
—¿Qué has encontrado ahí que te hace tanta gracia? —preguntó él con curiosidad.
Nina señaló una foto antigua, un tanto amarillenta.
—Mira esto, Dominic. ¿De verdad este pequeño de mejillas regordetas y cara de enfadado eres tú? —preguntó ella entre risas.
Dominic se asomó al álbum y soltó un quejido fingido.
—Oh, no. Esa foto debería estar prohibida. Tenía años 6 años y un primo me había agarrado mi camión de bomberos favoritos. Estaba planeando su asesinato en ese preciso instante.
Nina estalló en una carcajada limpia y sonora.
—¡Lo sabía! Tienes la misma expresión de "voy a auditarte hasta la última moneda" que pones en la oficina cuando algo no cuadra. No has cambiado nada.
Ambos empezaron a pasar las páginas juntos. Dominic le contaba las historias detrás de cada imagen: las vacaciones en Maine, las caídas de bicicleta de Taylor, los momentos en que Mariam todavía sonreía con toda el alma. Por unos instantes, la habitación se llenó de risas y de una complicidad genuina que nada tenía que ver con contratos, deudas o venganzas.
Nina lo miraba hablar, notando cómo sus ojos se iluminaban al recordar su infancia. Se dio cuenta de que este hombre, el que reía de sus propias fotos ridículas, era el mismo que la había defendido de un lobo. El corazón de Nina dio un vuelco doloroso. Estaba conociendo al Dominic real, al que Oliver no había logrado corromper, y eso hacía que su misión se sintiera cada vez más como una ejecución injusta.
Olvidando el caos de la tarde y las sombras que los acechaban, Nina se permitió disfrutar de la calidez del momento. Pero en el fondo de su mente, una voz le recordaba que cada risa compartida era una traición a su propia causa.