Al día siguiente comenzaron su luna de miel en un lugar paradisiaco donde atractivos chicos y hermosas chicas en atrevidos bañadores lucían en la playa sus sensuales y bronceados cuerpos Adrian y Jennifer se hospedaban en una suite en el último piso de un hotel de lujo, la cual contaba con sala, cocineta, bar, la habitación y una enorme terraza con un jacuzzi donde su primera tarde—noche se metieron desnudos para admirar la puesta de sol comentado la belleza del lugar y cuando Jennifer tocó el tema de las chicas que había en la playa describiéndolas como de cuerpos perfectos Adrian, admirando la desnudez de su mujer, le aseguró
— Tú no tienes nada que envidiarles pecas, a ti también te voltean a ver con deseo
Jennifer quedó en silencio, observó su cuerpo desnudo y recordó como la habían mirado algunos hombres en la playa y en la alberca del hotel, volteó a ver a Adrian y le preguntó
— ¿Y a ti te gusta que me miren así? — Adrian pensó unos segundos y respondió
— Es normal que los hombres volteen a ver a una mujer de buen cuerpo
— ¿De modo que para ti es muy normal que miren a tu mujer con ganas de cogérsela?
— Tienes un cuerpazo y es normal que te volteen a ver… Tú también volteaste a mirar a varios chicos
— Si lo hice, porque estaban atractivos, pero a ninguno lo miré pensando en que me cogiera. Sin embargo, ustedes si nos miran así y nos hacen sentir mal… Eso también debería considerarse una forma de acosar sexualmente a una mujer.
— Te voltean a ver porque tienes un cuerpo muy atractivo pecas
Le respondió abrazándola y Jennifer insistió
— Entonces, si una mujer tiene un cuerpo atractivo ¡Ya se jodió! Tendrá que soportar las miradas obscenas de los hombres y deberá resignarse a ser vista como “objeto s****l”. Y será su culpa, por estar así de buenota, de sabrosa, ¡Rica para coger, la pinche vieja! …. ¿Te refieres a eso?
Adrian sabía que, si respondía, la primera noche de su luna de miel se convertiría en una historia sin fin sobre, el respeto y el acoso hacia la mujer, por lo que decidió acariciarla y besarla para iniciar el juego previo que los llevó a la cama. Después de haber disfrutado del sexo en su primera noche como “lunamieleros”, al salir del baño Jennifer se miró frente al espejo girando su cuerpo para observar sus nalgas y dijo
— Si tengo lo mío ¿No crees? — Adrian se rio y respondió
— El espejo no miente mujer ¡Tienes un cuerpazo! — Y Jennifer llena de vanidad respondió
— Y me vería mejor con la piel bronceada, ¿Qué tal si a partir de mañana después de estar en la playa, nos venimos a asolear desnudos en la terraza?
— Me gusta la idea
Ella sonrió y se subió a la cama pensando con frialdad en que Adrian tenía razón, los hombres la miraban con deseo y si bien no estaba dispuesta a “dar su brazo a torcer” en lo referente a sus ideas, si le gustaba el hecho de que a Adrian le excitaran esas miradas, ya que a ella la envanecía saberse deseada por otros. Y fue esa vanidad la que la llevó a la costumbre de asolearse desnuda bajo el sol de la terraza cuando regresaban de estar en la playa, buscando, primero obtener y después mantener un atractivo y uniforme bronceado en toda su blanca piel.
Después de sus desnudos “baños de sol” solían ducharse para ir al comer y conocer la región en el auto que Adrian había rentado. A veces iban a algún antro a bailar y por la noche al regresar al hotel, la “normal” pasión de toda pareja en su luna de miel, en ellos era un derroche de lujuria, teniendo sexo en diferentes posturas y diciéndose todo tipo de vulgaridades las cuales exacerbaban su desenfrenada pasión. Ejemplo de esto fue la noche en que, después de ducharse Adrian se acostó desnudo sobre la cama y cuando Jennifer terminó de secar su cabello se subió a la cama sentándose junto a él observándole el m*****o a lo que Adrian preguntó
— ¿Te gusta? — Ella pasó su índice sobre el m*****o de Adrian provocando su erección y respondió
— Mucho, es grande y está bien hechecito, ¡Está bonito pues! — Y sonriendo agregó— Por eso me encanta que me lo metas
— Y a mí me encanta metértela para sentir el calor de esta delicia
Respondió Adrian metiendo su mano entre los muslos de Jennifer para acariciarle los labios vaginales, ella suspiró y en un tono ardiente, pasando su lengua sobre sus labios preguntó
— ¿Y qué tal que hoy “la pecas” te hace sentir un calor más húmedo?
Adrian quedó en silencio y ella agregó
— Yo sé que te mueres de ganas
— ¿Y quién no mujer?
— Arrodíllate frente a mi
Adrian se arrodilló en la cama frente a Jennifer y ella le sujetó con sus manos el endurecido m*****o para meterlo a su boca, por un largo rato lo chupó, besó y lamió, después mientras lo estaba masturbando Adrian trató de “rescatarlo” de las manos de su mujer, pero ella se lo impidió por lo que, con un tono de voz, mezcla de desesperación y advertencia, le dijo “¡Me estoy viniendo Jennifer!”. Para su sorpresa Jennifer esbozó una sonrisa y rápidamente metió el pene en su boca hasta juntar el glande en la parte interna de su mejilla. “¡Oh por Dios!” exclamó Adrian emocionado, al tiempo que cerraba sus ojos y soltaba sus chorros de cálido semen. Cuando abrió sus ojos, ella se sacó el pene de la boca y manteniéndola cerrada se enderezó para quedar frente a Adrian, le tomó una de sus manos y la colocó sobre su cuello para que él la sintiera tragar y después de hacerlo abrió la boca para enseñarle que estaba vacía.
La reacción de Adrian no se hizo esperar, enloquecido por la emoción exclamó “¡Eres una mujer increíble!” y se “lanzó” sobre de ella para acostarla sobre la cama, recorrerle a besos el cuerpo y terminar con su cabeza metida entre los sensuales muslos para corresponderle el placer. Besó, lamió y chupo su sexo hasta hacerla temblar y contraerse al tiempo que la humedad producto del femenino orgasmo mojaba su lengua y sus labios para terminar desnudos sobre la cama y a tal grado complacidos que al día siguiente experimentaron su primer “69”
Conforme pasaban los días, un sentimiento especial se iba apoderando de ellos, sentimiento que mostraban con suaves caricias y besos mientras se les veía caminar tomados de la mano o abrazados y por las noches todo era pasión y lujuria…. Se gustaban tanto que su posición preferida era la del misionero, ya que con ella Adrian podía mirarla a los ojos mientras lo hacían y Jennifer disfrutaba, no solo de ver el torso desnudo de su hombre sobre ella, sino sentir entre sus muslos el frenético movimiento de su cadera y al final poder sujetarlo de las nalgas cuando él derramaba todo su placer en sus entrañas
Cada vez que Jennifer le observaba la firme erección latiendo en deseos por ella, su v****a respondía humedeciéndole el camino a recorrer y con cada noche de pasión, ella iba sacando de su mente los escombros de sus ya derrumbadas ideas sobre el matrimonio “por amor”, reconociendo que su decisión de haberse casado por sexo e interés había sido la más acertada
Por su parte Adrian, quien nunca había ocultado su gusto por Jennifer, la comenzaba a mirar con admiración, la cual demostraba con su constante mirada hacia su hermoso rostro y cuando por las razones que fueran ella se desnudaba, su mirada se perdía recorriendo la perfección de su cuerpo. Su largo cuello, sus sensuales y bien formados pechos de pequeñas aureolas y pezones, su vientre plano, su bien marcada cintura, sus caderas, su espalda adornada debajo por el hundimiento de su columna y unos sensuales hoyuelos de Venus que marcaban el inicio de unas nalgas levantadas, firmes y redondas, el tono rosa de sus labios vaginales y unas hermosas y bien torneadas piernas que lo hacían enloquecer.
Solo con observarla así a su mente llegaba el recuerdo del aroma y la suavidad de su piel, el calor de su boca, el sabor de su sexo y su carácter ardiente, recuerdos que le excitaban haciéndolo perder el control y olvidándose de cualquier plan que tuviesen, terminaban cogiendo con pasión desenfrenada para después caer nuevamente en una profunda admiración por ella. Lo que comenzaba a nacer entre ambos se manifestaba si no con palabras, si con actitudes, como la noche en que después de haber tenido un sexo apasionado Jennifer había cubierto su v****a con unos pañuelos desechables permaneciendo acostada boca arriba con sus piernas juntas y sus manos bajo la nuca, Adrian permaneció de rodillas junto a ella mirándola con admiración, se agachó para besarla dulcemente en los labios y sobre las pecas en su nariz y pómulos para decirle
— Verte así me enloquece.
— ¿Así cómo?
Preguntó Jennifer con voz muy suave al observar algo especial en la mirada de Adrian quien señalando hacia el cuerpo desnudo de ella respondió
— Así… Desnuda en la cama después de haber hecho el amor, ¡Me encantas pecas!
— Y tú a mi Adrian
Respondió Jennifer dando a su voz un acento de ternura por haberlo escuchado decir que habían “hecho el amor”. Se miraron a los ojos y ninguno de los dos fue capaz de confesar sus sentimientos, ambos recordaban aquella conversación y ninguno quería ser el primero en reconocer que todo estaba cambiando entre ellos y ese orgullo era la razón por la cual, pasados esos pequeños destellos de romanticismo, volvían a tratarse como amigos que se habían buscado la manera de disfrutar libremente del sexo, cosa que hacían, si no a la perfección, si esforzándose por encontrarla
Un día regresando de desayunar y mientras que Adrian estaba dentro del baño, Jennifer se puso un micro bikini color blanco que le había regalado Lisa, cuando Adrian salió del baño y la vio preguntó
— ¿Y ese bikini?
— Me lo regaló Lisa el día de mi despedida de soltera, lo veo tan “atrevido”, que me dieron ganas de exhibirme usándolo en la playa — Jennifer se rio y como excusa a sus intenciones agregó— Con mi piel bronceada el color blanco del bikini se me ve muy bien… ¿Qué opinas?
Preguntó dando una vuelta frente a él quien respondió
— ¡Que estás buenísima pecas! — Y sonriendo agregó— Fue buena tu idea la de asolearte encuerada, de no haberlo hecho se te verían las nalgas de Mandril… Te ves tan buena que van a hacer fila para pedirte las nalgas
Jennifer le torció la boca y exclamó “Ja, ja, que gracioso” como respuesta a su comentario sobre las nalgas de Mandril y después en tono serio agregó
— El hecho de que tú me veas “buenísima”, no significa que los demás me vean igual, además que no creo que alguien le pida las nalgas a una mujer teniendo enfrente al marido
— ¿Y si no está enfrente el marido?
Jennifer lo miró con seriedad y le reprochó diciendo
— De modo que tú… ¿Cómo decirlo? ... ¡Disfrutas! De imaginar a tu mujer sola en la playa rodeada de hombres que se la quieren coger, los imaginas ahí junto a ella, como abejas tras la miel
Lo miró fijamente y agregó
— ¡Entiéndelo Adrian! La mujer es la que provoca que le pidan las nalgas y para eso no necesitamos lucirnos en bikini. Vestidas o desnudas ¡Todas sabemos cómo hacerlo! Así que dime de una buena vez lo que quieres…… ¿Quieres que baje sola a la playa? ¡Respóndeme!
— No te atreves
— ¡Tú pídemelo y yo lo hago! En el entendido de que voy dispuesta a todo ¿Te la juegas?
— ¡No te atreves Jennifer! Si te da miedo quedarte sola usando un bikini normal, ahora imagínate con este que solo te cubre lo más “deseable” ¡Te apanicas!, así que no vengas con el cuento de que, si yo te lo pido, lo haces
Al sentirse retada, respondió molesta
— ¡Te equivocas! Soy mujer y me atrevo a todo, porque soy capaz de todo, incluso de coger con quien yo quiera sin compromiso alguno, ¡Ya lo hice contigo Adrian!… No confundas fidelidad con temor, entiende que como mujer me acuesto con el que yo quiera y que si no lo hago es por ti
Y señalándolo con el índice agregó
— Y ya no me sigas retando porque me vas a obligar a demostrártelo y vamos a terminar muy mal
Adrian sabía que su respuesta era producto de ese orgullo que a él tanto le molestaba, así que buscando demostrarle que estaba equivocada le dijo
— ¡Adelante!, La playa es tuya, elige al que más te guste y disfrútalo como la mujer que dices ser
Al ver que Adrian se burlaba de ella Jennifer se puso encima un vestido playero, tomó su llave de la suite y agregó “Voy a necesitar la cama, así que no te quedes aquí” Adrian sonrió diciendo
— Por mí no te preocupes, solo acuérdate que a las once vienen a limpiarla, pero a partir de las once y media la puedes usar… ¿A qué hora terminarías?
Jennifer lo miró enojada y salió de la habitación sin responder, bajó a la playa, se quitó el vestido y no sin sentir vergüenza y temor, tendió una toalla sobre un camastro y se recostó en el a tomar el sol, observando el sensual triángulo de tela que cubría su vulva y como los pequeños triángulos que más bien parecían “cintas” de su sostén cubrían tan solo sus aureolas dejando al descubierto el resto de sus pechos. Al voltear la cara notó que a unos cuantos metros de ella y sentado en una silla bajo una sobrilla había un hombre rubio de unos 40 años quien la observaba levantando la vista de la revista que leía. Ella al notarlo coquetamente dobló la pierna que tenía del lado donde estaba el hombre y apoyando el pie sobre el camastro la recorrió con sus manos como si estuviese untando crema sobre de ella.
Pasado un rato se puso de pie y caminó lentamente hacia el mar para sumergirse en sus aguas y refrescarse, al regresar al camastro, con movimientos sensuales lo inclinó para hacerlo cama, acomodó la toalla y se acostó de lado doblando sus piernas hacia el frente con su espalda y nalgas hacia el hombre en cuestión. Pasó poco tiempo antes de que el hombre apareciera frente a ella y le hiciera plática hablándole en inglés. Se sentó en el camastro que estaba a un lado del de Jennifer y ella lo observó detenidamente, sus cabellos ya pintaban algunas canas, lo cual lo hacía ver más guapo y su cuerpo, sin ser espectacular, estaba bien formado y atractivo.
Después de charlar por cerca de veinte minutos, en los que ella se reía divertida con sus bromas y ocurrencias, el hombre se decidió diciendo
— Para los 18 años que dices tener, tienes un cuerpo espectacular. ¡Me encantas mujercita preciosa!