Nuestro secreto

2241 Palabras
Aurora llegó a casa dispuesta a dejar atrás el día de oficina. Se quitó los tacones apenas cruzó la puerta y subió a la habitación para ponerse algo más ligero. Pero al entrar, escuchó el agua de la ducha detenerse. Dentro del baño, Ramiro dejó caer la mano que sostenía su m*****o y exhaló con frustración. Su cuerpo estaba tenso, su m*****o rígido, duró como una roca, pero nada parecía bastar. Por más que lo intentara, no podía terminar. Cerró los ojos, buscando la imagen de Aurora, su esposa… pero quien aparecía era Antonella. Su piel, su risa insolente, la forma en que caminaba desnuda en la oficina de su esposa. Salió del baño con la toalla ajustada en la cintura y el cuerpo fustrado. Aurora lo miró en silencio; el vapor aún se adhería a su piel y un leve rubor subió a sus mejillas. Esperaba que él se acercara, que la buscara como otras veces, pero Ramiro solo le sonrió de forma distante antes de apartar la mirada. No podía tocarla mientras otra mujer ocupaba sus pensamientos. Ella interpretó su silencio como una consecuencia de la mañana —quizá aún estaba molesto porque lo había rechazado—, así que no insistió. Se limitó a ayudarlo con la corbata, rozando sin querer su cuello húmedo, y le dio un beso fugaz en los labios antes de separarse. Cada uno salió por su cuenta, sin imaginar que aquel sería el día en que sus caminos comenzarían a torcerse. El local del desfile era un caos de luces, música y cámaras. Modelos corrían de un lado a otro, los flashes se mezclaban con las órdenes de los productores, y Ramiro intentaba enfocarse en su trabajo: cerrar acuerdos, hablar con representantes, mantener el control. Pero en el fondo solo esperaba verla. Sabía que Antonella abriría la pasarela. Sabía que faltaban minutos. Trataba de ignorar el cosquilleo en el estómago, el pulso que le golpeaba el cuello… hasta que su teléfono vibró. Un mensaje. De ella. Antonella: “Ramiro, necesito tu ayuda urgente. No puedo salir al desfile. Por favor, ven al camerino tres.” Leyó el texto dos veces. No entendía por qué le pedía a él que fuera si tenía asistentes por todos lados, Aurora siempre se encargaba de eso. Ramiro: “Busca a uno de los asistentes; estoy ocupado” Antonella leyó el mensaje algo frustrada, pero conocía a Ramiro sabía que tener su atención no sería fácil. Pero él ya se había fijado en ella, y aunque adoraba a su esposa, estaba segura de que él la deseaba, sobre todo después de verla casi desnuda. Antonella: “No hay nadie cerca. Si nadie aparece, no podré desfilar… y ya sabes lo que eso significaría.” Ramiro lo sabía demasiado bien. Si Antonella, la modelo principal del evento, no salía a la pasarela, perdería contratos, dinero y reputación. No podía permitirse ese riesgo, así que sin pensarlo dos veces, fue en su búsqueda. Mientras avanzaba por el pasillo hacia los camerinos, una corriente fría le recorrió la espalda. Sentía un nudo en el estómago, una mezcla de ansiedad y algo más que no quería nombrar. Todo le resultaba familiar: el bullicio del backstage, el perfume del maquillaje, la tensión antes del desfile. Pero esta vez no era trabajo lo que lo esperaba al final del pasillo. El camerino número tres estaba entreabierto, una cortina de terciopelo separaba el pasillo del interior. Ramiro se detuvo un segundo antes de entrar, intentando recuperar el aliento. Luego, empujó la tela suavemente. La vio de espaldas. Antonella tenía el vestido a medio subir, la tela cayendo sobre sus caderas como una caricia. Su espalda estaba completamente desnuda, los hombros suaves, los senos apenas cubiertos por sus manos mientras intentaba acomodar la prenda. El aire se le atascó en la garganta. Todo su cuerpo se tensó. Y en ese instante, Ramiro entendió que ya nada volvería a ser igual. Antonella se veía… perfecta. La piel bronceada, el cabello suelto cayéndole por la espalda, la cintura delgada que se curvaba justo donde comenzaba el vestido. Por un instante, la comparó con Aurora. Aurora tenía mejores senos, más llenos, más suyos. Caderas definidas, una piel suave, cremosa. Pero el cuerpo de Antonella era un sueño. Una versión más viva, más provocadora de lo que Aurora fue alguna vez. La erección en su pantalón empezó a hacerse presente ajustándose entre la tela, y se imaginó teniendo el cuerpo de Antonella entre sus brazos. Temprano ya la había visto sin ropa, se le era imposible no imaginar lo que sería estar entre esas piernas largas y fuertes. Se maldijo por pensarlo. Pero no pudo evitarlo. —¿Se rompió? —preguntó, intentando sonar profesional. Antonella giró despacio, sonriendo con dulzura. —Solo se atoró ¿Me ayudas? —su voz era baja, casi un ronroneo—. No quiero romperlo. Ramiro guardó el teléfono en el bolsillo y dio un paso hacia ella. Después otro. Sus dedos rozaron la cremallera del vestido, pero ella no se movió. Al contrario, se inclinó apenas hacia él, dejando que su perfume —mezcla de vainilla y piel caliente— lo envolviera. Ramiro intentó subir el vestido y Antonella para “ayudarlo” a sostener el vestido soltó sus senos dejándolos a la vista a través del espejo. —Más despacio… —murmuró ella, retrocediendo y pegando su cuerpo al de Ramiro. Fingió inclinarse hasta que sus nalgas se encontraron con la erección de Ramiro que ya había visto formarse en sus pantalones. Ramiro tragó saliva. Levantó la vista y se encontró con sus senos descubiertos y sus pezones endurecidos. —Antonella… —¿qué pasó? —lo interrumpió con una sonrisa juguetona, los ojos brillando—. ¿Hice algo malo? Ramiro intentó concentrarse en el cierre del vestido. Dio un paso atrás para respirar, pero sus manos temblaban. La tela resbalaba entre sus dedos como si tuviera vida propia. Tiró con cuidado al principio, luego con más fuerza, hasta que escuchó un chasquido. El cierre se partió. Antonella se giró despacio, sus ojos buscando los de él. —No sabes cuánto te agradezco que hayas venido —susurró, la voz más baja, casi ronca—. Tenemos que avisar que el vestido estaba defectuoso… ayúdame a buscar otro. No lo dijo con prisa. Lo dijo con intención. Entonces, sin apartar la mirada de él, dejó que la tela se deslizara por su cuerpo y caminó completamente desnuda frente a él como si eso fuera lo más normal del mundo. Ramiro alzó la mirada. Tratando de mirar solo su cabeza pero no podía evitar mirarla mientras ella buscaba entre los conjuntos que debía ponerse. —Este es —dijo encontrando otro vestido —¿puedes ayudarme? Él dudó pero terminó ayudándola. —Está vez no lo hagas tan duro —dijo Antonella para provocarlo, Él no contestó. Su respiración era tan audible que ella sonrió. ——Gracias —murmuró, y antes de apartarse, dejó un beso leve en la comisura de sus labios. Estaban tan cerca que podía sentir el roce de sus labios y el calor de su respiración. El silencio entre ellos se volvió espeso. Sus miradas se cruzaron, encontrando en la mirada del otro, lo mismo: deseo. Antonella no se movió, pero sus ojos decían todo. Hazlo. Y él lo hizo. Sus labios se rozaron primero, un roce breve, torpe. Luego el segundo contacto fue inevitable. No hubo ternura. Fue deseo puro, crudo, desbordado. Agresivo, apasionado. No se besaban, sus bocas se devoraban con urgencia, como si su vida dependiera de ello, como si no quedara tiempo, como si hubieran esperado años para romper esa línea. La espalda de Antonella chocó contra la pared del camerino. Ramiro la sostuvo por la cintura, con fuerza. Ella se aferró a su camisa, respondiendo al beso con la misma desesperación. Era un beso que dolía. Que pesaba. Que quemaba. Ninguno pensó en Aurora. Ninguno pensó en el después. Ramiro la apretó contra su cuerpo, su erección estaba enorme y el roce los volvió locos. El deseo se volvió una marea que los arrastraba sin remedio. Todo se desvaneció: el desfile, el ruido, la razón. Solo existían ellos dos y ese fuego que amenazaba con consumirlos. La excitación, el deseo, la adrenalina… todo se mezcló hasta hacerlo perder la razón. Antonella sintió que el agarre de Ramiro se suavizaba, y entró en pánico, no podía, no debía permitirle arrepentirse. Levantó una pierna, envolviendo el cuerpo de Ramiro nuevamente. Ambos respiraban agitados. Los labios rojos, la piel erizada, los ojos encendidos. Antonella sonrió. Tenía los labios húmedos y el pecho agitándose contra el de Ramiro. Aún colgaba de su cuello, negándose a soltarlo, mientras él intentaba volver a la realidad. Pero ya era demasiado tarde. Había cruzado una línea, y lo sabía. Lo más perturbador era que no sentía culpa. Solo fue un beso, se repitió, tratando de convencerse. Nada más que eso. Abrió la boca para decir algo, pero la cortina del camerino se movió bruscamente. Un asistente apareció, nervioso, con una tabla en la mano. —Antonella, tienes treinta segundos. —La miró, luego a Ramiro. Su silencio lo dijo todo. El hombre frunció los labios, comprendió lo que había pasado, y sin decir palabra, se dio media vuelta. Sabía que no valía la pena meterse. Nadie se atrevía a enfrentarse a Antonella. Y si lo hacía… Aurora nunca le creería. Ramiro se apartó de golpe, dando un paso atrás como si el aire se hubiera vuelto demasiado espeso. Su respiración aún era irregular. —Lo lamento —murmuró, con la voz más baja que un suspiro. Antonella se acercó de nuevo. Su perfume lo envolvió, suave y devastador. —No lo lamentes —susurró—. Esto es algo que ambos hemos querido desde hace tiempo. Sus manos descendieron lentamente por sus brazos, deteniéndose en sus muñecas, sujetándolo sin fuerza, pero con dominio. —Nadie lo sabrá —añadió con una sonrisa ladeada—. Será nuestro secreto. Se inclinó y dejó un beso en su mejilla, breve, calculado, como si sellara un pacto silencioso. Luego se alejó sin mirar atrás, acomodándose el vestido nuevo y caminando hacia la salida con la cabeza en alto. Ramiro la observó desaparecer tras la cortina. En el fondo, sabía que ella tenía razón, lo había deseado tanto como ella. Antonella, en cambio, sonreía mientras avanzaba hacia el escenario. Ahora sin Aurora en el camino; ella podía brillar, ya era la modelo más importante, estaba a punto de lograr que su esposo le engañara, no faltaba mucho para destruirla por completo. Cuando Ramiro salió del camerino, el aire del pasillo le pareció distinto. Más denso. Más vivo. Llevaba aún el sabor de Antonella en la boca, la respiración desacompasada y la certeza de que algo dentro de él había cambiado para siempre. Caminó hasta su asiento en una de las filas delanteras. El desfile ya había comenzado, pero su atención no estaba en la música ni en las luces, sino en ella. Antonella apareció en la pasarela con la seguridad de una reina. El público contuvo el aliento; las cámaras la perseguían, fascinadas. Ramiro la observó en cada pasada, hipnotizado, preguntándose cómo no la había visto antes con tanta claridad. Ni cuando eran amigos, ni antes de Aurora. Antonella era… perfecta. No solo por su belleza, sino por la manera en que lo miraba ahora, como si cada paso que daba fuera una provocación dirigida solo a él. Y lo era. Ella no se molestaba en disimular. Cada movimiento, cada giro de su cadera, cada mirada fugaz sobre el hombro estaba pensado para él. Antonella no desfilaba para las cámaras, desfilaba para Ramiro. Y mientras el público aplaudía su gracia, ella pensaba en lo que vendría después. Tenía algo que proponerle, algo que podía cambiarlo todo. Era ahora o nunca, y el desfile se estaba convirtiendo en una eterna antesala. ***************&*************** Al otro lado de la ciudad, Aurora abría su corazón frente a su psicóloga. Por primera vez en mucho tiempo, hablaba sin miedo. De sus inseguridades, de la distancia que estaba poniendo con su esposo, de esa sensación de estar perdiéndose a sí misma. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero había alivio en ellas. La doctora la escuchó con paciencia, y cuando Aurora terminó, le sonrió con suavidad. —Puedes reconstruirlo, Aurora. Pero no por él. Por ti. Por primera vez en años, Aurora lo creyó. Salió del consultorio con una sonrisa pequeña, temblorosa, pero sincera. Quería intentarlo. No quería perder al amor al amor de su vida, el hombre que siempre la había protegido, el único que podía devolverle la calma. Esa noche sería su nuevo comienzo. En el auto, mientras el sol se ocultaba entre los edificios, Aurora buscó su teléfono y reservó una habitación en el hotel Greenwich. Quería sorprenderlo, volver a seducirlo como antes. Al llegar a casa, abrió su cajón más íntimo y encontró el conjunto rojo que él amaba, el que siempre lograba encender su mirada. Se maquilló despacio, con ilusión. Se miró al espejo y sonrió al verse hermosa. Cuando todo estuvo listo, escribió el mensaje con el corazón latiéndole rápido: “Cariño, te espero a las 10 en el hotel Greenwich. Avísame cuando estés abajo.” Dejó el teléfono sobre la cama, junto a su bolso, y respiró profundo. Pero el mensaje nunca fue leído. Porque cuando llegó, Ramiro ya estaba demasiado ocupado…
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