Prohibido 🚫

1878 Palabras
—Estuviste maravillosa —dijo Ramiro mirando hacia Antonella, fascinado, cuando ella terminó de cambiarse. El desfile había concluido hacía apenas unos minutos. El aire olía a perfume caro, tela nueva y nervios agotados. Tres representantes de las marcas más importantes de Europa le habían pedido reunirse. Aunque las negociaciones apenas comenzaban, sabía que ese era el tipo de oportunidad que podía cambiarlo todo: prestigio, dinero, reconocimiento. Y Antonella lo sabía también. Ella lo había estado observando, de lejos, durante toda la noche. Entre los flashes y los aplausos, no lo perdió de vista ni un solo instante. Su mirada lo buscaba cada vez que daba un paso, como si en medio de todo ese caos solo él existiera. Y, cuando al fin sus ojos se cruzaron, Ramiro sintió esa punzada en el pecho, la misma que lo atormentaba desde el camerino. El beso. Ese beso que no debía haber sucedido, pero que se repetía en su cabeza como un eco imposible de apagar. Antonella se acercó a él con una sonrisa, todavía con el cabello suelto y los labios pintados del color que él recordaba haber saboreado. —¿Ya terminaste? —preguntó, con un tono casual, aunque sus ojos decían otra cosa. —Casi —respondió Ramiro, sin levantar demasiado la vista—. Me están esperando afuera. Ella asintió, pero no se movió. Tomó su bolso, revisó el celular y fingió teclear un mensaje. —Le diré a mi chofer que me espere —murmuró. En realidad, ya lo había hecho irse hacía diez minutos. No quería que estuviera allí. Tenía algo pensado. Esa noche no terminaría tan pronto. Ramiro notó cómo ella salía hacia la entrada del local y se detuvo junto a la puerta de cristal, Antonella fingía que hablaba por teléfono. —Parece que mi chofer se retrasará —dijo, acercándose a él—. Está del otro lado de la ciudad, en un atasco. Él levantó la vista sin saber qué decir. Nunca se había quedado a esperar que las modelos se vayan a su casa, para eso estaba las personas de seguridad. —¿Y vas a esperarlo aquí? —preguntó. —Podría —respondió Antonella, jugando con la tira de su bolso—. Pero es tarde… y tengo hambre. Ramiro arqueó una ceja. —¿Quieres que te pida algo? Ella negó con una sonrisa que mezclaba inocencia y provocación. —No… quería ir a un restaurante, ¿quieres acompañarme a cenar? El aire pareció detenerse entre ellos. Ramiro se quedó quieto, mirando los labios de ella, recordando cómo se habían sentido contra los suyos. Recordando el sabor a peligro. Recordando a Aurora. Su esposa. La mejor amiga de Antonella. El pensamiento lo atravesó como un golpe, lo suficiente para hacerlo retroceder un paso mentalmente. Pero Antonella no esperó. —Solo una cena —añadió—. No muerdo, Ramiro. Él soltó una risa nerviosa. —Eso no es lo que recuerdo. Antonella lo miró con una chispa en los ojos, complacida de que él todavía lo recordara. —Entonces… ¿sí? Ramiro se pasó una mano por el cabello, indeciso, consciente de todas las razones para decir que no. Pero también consciente de una sola, poderosa, para decir que sí. —Está bien —cedió finalmente. El restaurante quedaba a pocas cuadras. Ramiro manejó en silencio, con las manos firmes en el volante, como si ese pequeño acto de control pudiera contener lo que realmente se movía dentro de él. Antonella, sentada a su lado, miraba por la ventana, el perfil de su rostro iluminado por las luces de la ciudad. No hablaban, pero el silencio tenía vida propia. Era un silencio tenso, expectante, cargado de lo que no se decía. Cuando llegaron, el mesero los condujo a una mesa en una esquina privada, rodeada de cortinas oscuras y luces bajas. Perfecto para no ser vistos. O quizás, demasiado perfecto. Antonella cruzó las piernas, dejando que su vestido se deslizara un poco sobre su piel. Ramiro la miró solo un segundo, lo suficiente para que su garganta se secara. Pidieron vino. La conversación comenzó con banalidades: el desfile, las marcas, el futuro. Pero cada palabra tenía un doble filo. —Fue un buen desfile. Tres marcas quieren trabajar contigo. Eres una excelente profesional. —Me gusta ser la mejor en todo lo que hago —respondió ella en doble sentido. —Y no solo hablo de trabajo —susurró. Ramiro respiró hondo, dejando la copa en la mesa. —Antonella… —No, déjame terminar de hablar —lo interrumpió, con una firmeza que lo sorprendió—. Sé lo que estás pensando. Se que dirías que te arrepientes pero no es así. El nombre bastó para que él apartara la mirada. —No debió pasar —dijo finalmente. —Quizás no —respondió ella—. Pero pasó. Y desde entonces no dejo de pensar en eso. Ramiro apretó la mandíbula, intentando mantener el control. —Yo… tampoco. Antonella lo observó, midiendo cada palabra, cada respiración. —Cuando me besaste —dijo con voz baja— sentí algo que nunca había sentido antes. Y no me refiero solo al deseo, Ramiro. Fue… como si algo hubiera despertado en mi. Él la miró, atrapado. —No digas eso. —¿Por qué no? —preguntó ella—. ¿Porque estás casado? ¿Porque soy su amiga? Ramiro no respondió. El vino, la música suave, la mirada de ella… todo lo empujaba hacia el borde. Antonella sonrió, con una mezcla de ternura y provocación. —No te estoy pidiendo nada —dijo—. Solo quería que supieras que lo que pasó no fue una simple confusión. Yo no estoy confundida. Ramiro bebió un sorbo de vino, intentando ahogar el temblor en sus manos. —No debería estar aquí. —Pero estás —susurró ella. —¿Qué es lo que quieres? —preguntó Ramiro. Una parte de él, esperaba que Antonella fuese la primera en entrar en razón, para él sería más fácil si ella… —Que exploremos lo que sentimos. Si no es lo que creo, Aurora nunca se debe enterar. El silencio volvió. Esta vez más denso, más íntimo. Afuera, la ciudad seguía viva, pero dentro de ese rincón todo parecía detenido. Cuando el camarero se acercó con la cuenta, Antonella fingió revisar su celular. —Parece que mi chofer aún no puede venir —dijo con tono distraído—. Pediré un taxi, tú puedes irte ya te he retrasado lo suficiente. Ramiro la miró, entendiendo perfectamente. —¿Quieres que te lleve a tu departamento? Antonella levantó la vista, sus ojos brillando. —Están remodelando ¿Podrías dejarme en el Greenwich? Él asintió. —Claro. Está camino a mi casa. Salieron del restaurante sin decir más. La noche estaba tibia, la calle vacía. Antonella caminaba despacio, como si cada paso fuera parte de una coreografía pensada para tentarlo. En el auto, el silencio volvió a apoderarse de ellos. Pero ahora era distinto: ya no había tensión contenida, sino un pulso constante que ambos reconocían. Antonella se inclinó hacia la ventana, el reflejo de su rostro fundiéndose con el suyo en el cristal. —¿Te sientes culpable? —preguntó de pronto. Ramiro no contestó. —No deberías —añadió ella, sonriendo apenas—. Solo hicimos lo que sentimos. Él giró el volante con más fuerza de la necesaria. —No sabes lo que siento. Aún si sintiera algo por ti, no es correcto. —¿Ah, no? —preguntó ella, girando lentamente hacia él—. ¿Entonces prefieres seguir aguantando las ganas de besarme? Porque cada vez que me miras parece que quisieras besarme otra vez. Ramiro frenó frente al hotel. No dijo nada. Ella lo miró, esperando que él hiciera algo, que dijera algo. Pero él solo respiraba, intentando contener el deseo que lo devoraba. Antonella bajó la voz. —Gracias por traerme. Iba a abrir la puerta cuando él la tomó del brazo. No fuerte, solo lo suficiente para detenerla. —Antonella —murmuró, y su nombre salió como un suspiro, como una rendición. Ella lo miró, y entonces todo el control, toda la culpa, se rompió. Ramiro la besó. No fue un beso contenido, ni medido, ni prudente. Fue un beso desesperado, urgente, el de alguien que se niega a seguir fingiendo que no siente nada. Antonella respondió con el mismo fuego, sus dedos enredándose en su cuello, su respiración mezclándose con la suya. El auto se volvió demasiado pequeño, demasiado caliente. Cuando se separaron, ambos respiraban agitados. Ramiro apoyó la frente contra la suya. —Esto no puede seguir —murmuró, aunque su voz temblaba—. Aurora… Antonella lo miró, los labios aún temblando. —No pienses en ella… Ramiro cerró los ojos. Y no podía detenerlo. Porque en ese instante, la culpa y el deseo se confundían. Porque Aurora era un recuerdo que lo perseguía, pero Antonella era la presencia que lo consumía. —Solo quiero que exploremos lo que sentimos. Si no es nada, no le haremos daño a nadie. Antonella abrió la puerta, bajó del auto y lo miró por última vez antes de entrar al edificio. —¿Vienes o te vas? —preguntó, extendiendo su mano hacia él. Por un instante, Ramiro no se movió. El ruido distante del tráfico nocturno llenó el silencio entre ellos. Antonella sintió cómo su corazón se aceleraba, preparada para verlo irse, para sentir el vacío de nuevo. El motor del auto rugió, y ella pensó que él se marchaba. Dio un paso atrás, tragando la decepción que le subía a la garganta. Pero el sonido de las llantas girando se detuvo apenas unos metros más adelante. Ramiro no se había ido. Solo estaba buscando un lugar donde estacionar. Antonella lo vio bajar del auto, sin decir una palabra, con esa determinación silenciosa que ella tanto esperaba y deseaba al mismo tiempo. Cuando llegó hasta ella, no dudó. Le tomó la mano, y sus dedos encajaron como si siempre hubieran estado destinados a hacerlo. Sin intercambiar una sola palabra, cruzaron juntos las puertas del Hotel Greenwich, el reflejo de las luces doradas del vestíbulo tiñéndoles la piel. El recepcionista los saludó con una sonrisa discreta, y Ramiro no apartó la vista de Antonella ni un segundo. El ascensor subió lento, el aire entre ellos cargado de todo lo que habían intentado negar. Ninguno habló. Ninguno lo necesitaba. Sus labios no tardaron en encontrarse. Sus manos apretaban la piel del otro buscando eliminar cada barrera entre ellos. Así, con pasos torpes, llegaron a la habitación, buscó la tarjeta en su bolso con manos que le temblaban apenas, la deslizó en la ranura y la puerta se abrió con un clic suave. La puerta se cerró tras ellos con un sonido suave, casi como un secreto que el mundo no debía escuchar. Aurora llegó y acomodo todo para tener una noche romántica con su marido, sin saber que, en ese mismo hotel, unos pisos más arriba, su marido parecía una bestia salvaje que no paraba de embestir a su mejor amiga, se corrió dentro de ella una y otra vez hasta que quedó completamente saciado. Olvidando sus votos a la mujer que juró amar para toda la vida.
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