Estaba saliendo de la clínica apoyada en el brazo de mi papá cuando, para mi desgracia, Logan apareció frente a nosotros. Su rostro, tan cínico como siempre, mostraba una sonrisa burlona que me llenó de rabia y asco. —Aún no le han dado el alta a mi mujer —dijo Logan con su tono autoritario, como si todavía tuviera algún derecho sobre mí. Levanté la mirada con firmeza, aunque mi cuerpo temblaba de rabia y miedo. —Yo no soy nada tuyo, Logan —escupí con todo el desprecio que sentía—. Me iré con mi papá, y él ya sabe todo. Por un momento, vi cómo la máscara de seguridad de Logan se resquebrajaba, pero pronto recuperó su compostura. Se giró hacia mi papá con un semblante frío y calculador. —Cristóbal, no sé qué te dijo Mía, pero te aconsejo que no te metas en los asuntos de marido y mujer

