Cuando abrí los ojos, la luz blanca de la clínica me golpeó como una bofetada. Todo mi cuerpo dolía, desde la punta de los dedos hasta la cabeza, y sentía una presión constante en mi pecho. Giré apenas la cabeza y ahí estaba él, Logan, sentado al lado de la cama con una expresión que intentaba parecer preocupada. Junto a él, un doctor revisaba unas notas en su portapapeles. —¿Qué… qué me pasó? —pregunté con la voz rasposa, como si no la hubiera usado en días. Logan se inclinó hacia mí, su tono excesivamente meloso, pero sus ojos seguían reflejando algo oscuro. —Te caíste de las escaleras, amor. —Hizo una pausa teatral, llevándose las manos al rostro como si estuviera devastado. Cuando volvió a mirarme, dejó caer la bomba—: Lamentablemente… perdimos al bebé. Sentí que el aire abandonaba

