Mia La náusea no me daba tregua mientras cenaba con Verónica. Cada bocado parecía una batalla perdida y terminé levantándome de la mesa varias veces para ir al baño. Cuando por fin logré lavar mi boca y calmarme un poco, Verónica me miró con los brazos cruzados y una expresión que no admitía discusión. —Mia, esto no es normal. Tienes que ir al doctor. —Su tono era autoritario, casi maternal, y aunque sabía que tenía razón, no tenía ganas de enfrentar una consulta médica. —Estoy bien, solo comí algo que me cayó mal. —Intenté desviar el tema mientras tomaba un poco de agua. —No te creo. Llevas días sintiéndote mal y ahora esto. No voy a permitir que te quedes así. Vamos. Intenté protestar, pero fue inútil. Verónica prácticamente me arrastró hasta el consultorio médico. Ya en la clínica,

