Mía Cuando finalmente abrí los ojos, la luz tenue del cuarto me golpeó suavemente. Parpadeé varias veces, intentando enfocar mi vista. Estaba en mi habitación, rodeada por mis padres, y un hombre con bata blanca que me miraba preocupado. —¿Cómo te sientes, hija? —La voz de mi madre sonó baja y preocupada, pero no pude dejar de notar la leve calma que había en su tono, como si se hubiera aliviado un poco al verme despertar. Me sentía aturdida, como si todo estuviera nublado a mi alrededor. Mi cuerpo se sentía pesado, y el dolor de cabeza seguía ahí, aunque menos intenso que antes. Miré a mi alrededor y vi al doctor, que asentía ligeramente, como si ya hubiera hablado antes. —¿Qué pasó? —pregunté, mi voz sonó ronca, como si no hubiera hablado en días. El doctor se inclinó hacia mí y son

