El sabor metálico de la sangre en mi boca era el recordatorio físico de que Miguel seguía siendo el mismo animal impulsivo de la preparatoria. Pero el dolor en la mandíbula no era nada comparado con el incendio que rugía en mi pecho desde que vi a esa niña. Yessi. Mi sangre. Mis ojos. Mi perdición. Conduje de regreso a la ciudad con las manos apretando el volante de cuero hasta que los nudillos se me tornaron blancos. Cada kilómetro que me alejaba de esa casa, de los gritos de la vieja Nany y de la mirada de pánico de Hanna, se sentía como una derrota que no estaba dispuesto a aceptar. Yo era el maestro, yo siempre tenía el control de la lección, pero hoy, el alumno me había golpeado en la cara ante una multitud de mediocres. Llegué a mi ático en la zona más exclusiva de la ciudad. El l

