La paz de San Pedro de los Pinos se hizo añicos una noche de tormenta, cuando el aroma a canela de la pastelería fue reemplazado por el olor metálico de la muerte. Hanna se encontraba sola, terminando de organizar los pedidos del día siguiente. Las luces del local estaban a media intensidad y la lluvia golpeaba con furia los cristales, ocultando el sonido de la puerta trasera al ser forzada. Un escalofrío le recorrió la nuca justo antes de que una sombra se proyectara sobre la mesa de mármol. —¿Creíste que el cuento de hadas duraría para siempre, maldita muerta de hambre? Hanna se giró bruscamente. Allí, empapada por la lluvia y con los ojos inyectados en una locura líquida, estaba Liliana. Ya no era la mujer elegante de la alta sociedad; su cabello estaba enredado, su ropa sucia y en s

