El invierno en Londres era una bofetada de realidad gris y gélida que Miguel no terminaba de asimilar. Lejos habían quedado las mañanas soleadas en el jardín de Hanna, el respeto de sus colegas en la escuela y la fachada de hombre intachable que había construido con tanto esmero. Ahora, su mundo se reducía a un monoambiente húmedo en las afueras de la ciudad y a un trabajo extenuante en un almacén de carga donde nadie sabía su nombre, solo su número de empleado. Gaddiel lo había destruido. No con violencia física, sino con la precisión de un cirujano que extirpa un tumor. Le había quitado su carrera, su reputación y, lo más doloroso, el acceso a la fortuna que Liliana le había prometido. Al final, Liliana no era más que otra pieza en el tablero de Gaddiel, y Miguel había sido el peón sacr

