No hice nada de eso

1109 Palabras
Cuando Mía llegó a mi vida, fue un caos. No sabía que ella era mi hija al principio, pero sentí una conexión con ella. Cada vez que lloraba y veía que Zoe no estaba cerca, la tomaba en mis brazos y la acunaba hasta que se dormía. Muchas veces no tuve que hacer nada para que se calmara, pues el simple hecho de sostenerla en mis brazos era suficiente para ella. Reconocerla como mi hija fue difícil, pero no imposible. Todo el mundo no dejaba de hablar sobre mi heredera y tampoco dejaron de esparcir rumores sobre la verdadera madre de Mía. Tuve que hacer cosas para callar a esas personas para que ella y Zoe no salieran lastimadas, aunque siendo honesto, al principio lo hice por el simple hecho de que odiaba que hablarán de mí y quería que nunca olvidarán lo que yo estaba dispuesto a hacer para que me temieran si fuera posible. Sin embargo, con el paso del tiempo fui cambiando. Ya no recurría a la violencia, ni a sobornos, ni nada parecido. Ahora todo lo hago legalmente, sigo infundiendo miedo en las personas para que no olviden que soy yo quien tiene el poder, pero ya no soy tan violento como antes. Cambié por mi familia. No me había dado cuenta de que Zoe ya había llegado y que llevaba mucho tiempo observando a Mía hasta que la he escuchado hablar. —¿Pasa algo con las niñas? —No. Esa no era la respuesta que yo quería darle y tampoco era la pregunta que se debía hacer. Había muchas cosas pasando entre nosotros dos en este momento, pero no quería tocar el tema. ¿No es extraño? El gran y temible CEO Jason White no es capaz de exigirle una respuesta a su esposa sobre su aventura con otro hombre. Si ella quería jugar de esa manera, está bien. Jugaremos. —Me iré a la cama. No digo nada y tampoco la sigo, he dejado que se vaya. Zoe duerme otra noche más en la habitación de invitados y yo en nuestra habitación. Al día siguiente, cuando llegué al trabajo, me llamó la atención mi asistente. Hoy llevaba puesto un traje blanco que componía de una camisa y una falda. Era demasiado blanco, pero no le quedaba nada mal. Su cabellera resaltaba y sus ojos verdes resaltaban aún más. —Buenos días, señor White. —Buenos días. —¿Desea un café, señor? —Sin azúcar. —Enseguida. Entro en mi oficina, pero antes de cerrar la puerta le veo el trasero de nuevo cuando se ha ido a preparar el café. Debo reconocer que de todas las asistentes que he tenido a mi servicio, esta era la primera que ha llamado mi atención. Es una mujer guapa y por supuesto, es demasiado obvio que no proviene de una familia pobre, pero tampoco de una familia adinerada como la mía. Sin embargo, debía ser de una familia lo suficientemente adinerada para ser considerada de la clase alta, su ropa no era de cualquier tienda, algo obvio. Intento concentrarme en mi trabajo de manera inmediata. He dejado la maleta sobre el escritorio y tomo asiento. Reviso los primeros documentos que ya se encontraban sobre la mesa y unos minutos después llega mi asistente con Kevin tras ella. —¿Qué haces aquí? —Traje su café. La pobre mujer se ha asustado por mi tono de voz. —No tú. Él. —¿Yo? —Sí, tú. —Te traje los contratos que me pediste que desarrollará para tu nuevo negocio. —Déjalos y vete. Kevin no ha dejado de analizar el cuerpo de mi asistente cuando hablábamos. De repente, me he tirado el café caliente encima cuando iba a tomar otros papeles que tenía cerca de la taza. Mi asistente grita y toma unos pañuelos del escritorio para limpiar el desastre que yo mismo he provocado. Limpia mis muslos y luego toma más pañuelos, y cuando veo que estaba por secar donde no debía tocar, la detuve. —Lo haré yo mismo. —Yo… Lo… Lo siento mucho. Mi asistente se va roja como un tomate. Kevin se ríe a carcajadas de mí, mientras secaba el café de mis pantalones. —Si Zoe se entera de esto, de seguro que ya serías hombre muerto. —No se va a enterar, porque no hice nada malo. —Tirarse el café encima para que tu asistente te manosee, qué cliché. —Lárgate de una buena vez si no tienes nada más que hacer. —Pero si estabas coqueteando con tu asistente. —No hice nada de eso. —Descuida, hermano. Tu secreto está a salvo conmigo. —¿Qué secreto? No hay ningún secreto. —Lo que digas. Estaba furioso por lo que estaba insinuando. No le estaba guardando ningún secreto hasta el momento a Zoe sobre infidelidades, por lo menos no de mi parte, ya que el único secreto que hay es el de ella en aquel maldito reservado con ese hombre desconocido. —Como sea. Tu asistente está muy buena, ¿me la puedo tirar? —¡No! —¿Cuál sería el problema? —Que no quiero tener que estar escuchando estupideces de ustedes dos por estar follando. Mantén tus manos lejos de ella, no lo hiciste con mis anteriores asistentes y adivina donde están ahora. —No es mi culpa que ellas no fueran profesionales y se dejarán llevar por lo que les hago en la cama. Además, a tu última asistente tú la despediste por capricho. No por mi culpa. —Da igual. Aleja tus manos de ella. —Está bien, lo haré. Lo prometo. —Como sea, ya vete. No estoy de humor. —Últimamente, nunca lo estás. —Si no quieres ser hombre muerto, el cual no podrá tirarse a ninguna mujer por estar bajo tierra, entonces vete de una vez por toda, maldito, imbécil. —Pero qué humor. Adiós. Kevin se va azotando la puerta. Me dispongo a ponerme de pie para buscar un traje nuevo cuando mi asistente entra sin pedir permiso. —¿Qué pasa? —Le he traído un traje nuevo, señor. —¿De dónde lo ha sacado? —Su anterior asistente me informó que siempre debía tener uno extra por si acaso… señor. —Está bien. Gracias, déjalo y vete. —Sí. Discúlpeme. Debo admitir que mi anterior asistente ha sido inteligente por darle estas instrucciones a su reemplazo. Si yo fuera ella, no lo haría y me largaría azotando todo por la indignación de haber sido despedido. Resoplo tras resignarme de que este día estaba siendo desde ya un absoluto fracaso.
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