Reservado

1040 Palabras
Perdí la conciencia de nuevo. Desde que volví a beber no he dejado de beber hasta perder la conciencia y eso es otro motivo por el cual suelo discutir con Zoe todo el tiempo. —Zoe debemos hablar. Estar de pie era difícil, pero no me era imposible decir lo que quería decir. Había despertado hace unos minutos y aún me sentía desocupado, aún tenía el alcohol en mi sistema haciendo sus efectos. ¿Cómo llegué a casa? No tengo ni puta idea. —Duérmete. —No. —Jason, ya basta. Estoy cansada de esto, basta, por favor. Zoe se rompe y llora. Su frágil cuerpo se envuelve en sí misma y se aparta de mí dejándome solo. —Soy un… idiota. En todo el siguiente mes, Zoe y yo dormíamos por separado. Tratamos de no discutir frente a las niñas. No queríamos que ellas presenciarán nuestro lado oscuro como pareja. Aún eran muy niñas para conseguir entender lo que estaba pasando entre nosotros. El trabajo estaba siendo un escape para mí y supuse que la fundación debía ser lo mismo para Zoe. Un escape. Uno dónde las malas palabras y las malas vibras entre nosotros no existe. Mi nueva asistente entra en mi oficina con unos cuantos documentos bajo el brazo. Llevaba puesto un vestido rojo muy ceñido al cuerpo y de encaje que hace que pueda verse un poco lo que hay debajo de él. Su cabellera es larga y rubia con algunos rizos en ella, y su maquillaje muy sutil. Sin embargo, la ignoro, aunque reconozco que es una mujer muy bella. Desde un buen tiempo que me he contenido y ansiaba desahogarme con mi esposa, hacerla mía, pero en nuestra situación no es posible. —Aquí tiene señor. Son los documentos que me ha pedido, he investigado todo lo que me pidió, no falta nada, señor. —Está bien. Ya puedes irte. Ha estado trabajando para mí desde hace un mes y aún no recuerdo su nombre. Para evitar pasar vergüenza, decido no mencionar nada al respecto y ser frío como siempre. —Con permiso, me retiro. —Bien. Inconscientemente, levanté mi mirada para observar su trasero por unos segundos. Fueron tan solo unos segundos, pero, aun así, me sentí culpable. Tras terminar las horas de trabajo, me dirigí al bar con Kevin y unos amigos suyos para beber. Cada uno de ellos hablaban sin parar sobre las mujeres a las cuales se han tirado, mientras que yo no dejaba de girar el líquido de mi copa para distraerme. Su conversación no me interesaba para nada. —Me largo. Dejo la copa sobre la mesa de centro que había en medio de nosotros y me puse de pie para irme. Estábamos en un reservado, así que no había nadie más que nosotros. —¿Por qué te vas? —Olvídalo. Me voy a casa, deberías hacerlo lo mismo, Kevin. —A mí nadie me espera. En ocasiones, pienso que Kevin es un suertudo al seguir soltero. Solo en pequeñas ocasiones lo envidio por eso y me refiero a esas ocasiones cuando es imposible reconciliarme con Zoe como lo es ahora. —Ve con cuidado. Saluda a las niñas de mi parte. —Claro. No me despido de nadie más y salgo de reservado. Aflojo la corbata y suelto un botón de mi camisa para sentir que respiraba, pero me detengo en seco cuando levanto la mirada del suelo. Estaba viendo a Zoe entrar en un reservado a unos cuantos metros con un hombre. Uno al que yo no conocía. Frunzo el ceño al ver que ella estaba prefiriendo reunirse con otro hombre que hablar conmigo. Tomé mi teléfono rápidamente y llamé su número. Ella estaba a espaldas, así que no podía verme, pero yo a ella sí. Se aleja unos pasos y la observo vacilar sobre contestar la llamada. Al final, me cuelga y jamás me responde. Eso me enfurece. Zoe entra en el reservado con ese hombre y yo vuelvo a insistir en llamarla, pero esta vez el teléfono suena apagado. Quería entrar y golpear a ese infeliz. Quería matarlo y que ella me diera una explicación sobre su infidelidad, pero no hice nada. Simplemente, me fui en silencio. Llegué a casa y veo que las niñas estaban con la niñera. Todas ya estaban en sus camas descansando. —Buenas noches, señor. —Ya puedes irte. —Sí señor. La niñera toma sus cosas y se va. Entré en la habitación de Lisa, mi hija más pequeña. Ella dormía con su oso de peluche, aquel que le di cuando fuimos a Australia para el verano cuando debía asistir a un evento importante. Recuerdo que ella había perdido su peluche y tuve que correr antes del evento en busca de un peluche más grande que el anterior para que ella dejará de llorar y lo conseguí. Le di un beso en su mejilla, la arropé y salí de su habitación para después entrar en la de Nelly. Ella es igual de tranquila cuando duerme como su hermana Lisa, también duerme con su peluche, pero ella tenía un delfín. Siempre ha sido amante a los delfines y creo que un futuro mi pequeña Nelly será una gran bióloga. Su fascinación para la vida marítima ya es evidente, así que estoy más que listo para que llegue el día en que me diga que anhela estudiar y dedicarse a esa vida. Y como buen padre que soy, la apoyaré en todo. Hice lo mismo que con Lisa, le besé la cabeza y le cubrí el cuerpo con su cobija para que no sufra de frío para luego salir de ahí. Mía era opuesta a sus hermanas. Ya no suele dormir con peluches, en ocasiones lo hace, pero suele ser cuando está triste o asustada. Ha insistido últimamente en que es una niña grande y debe dejar muchas cosas atrás para que no la sigamos tratando como una niña, aunque sigue siendo amante del helado de chocolate. Odia el rosa y prefiere el rojo, igual que yo. Mía es demasiado inteligente, creo que ella será la única de mis hijas que estará dispuesta a hacerse a cargo de la empresa familiar. Al menos eso es lo que yo espero.
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