El sol avanzó con parsimonia sobre el tejado de la casa de Margot, como si el día se negara a comenzar. Cataleya seguía en su cuarto, con el dibujo rasgado sobre la mesa y Dante entre los brazos. Sus lágrimas se habían secado, pero el ardor en el pecho permanecía. Era lunes. El despertador sonó, pero ella ya estaba despierta. Como todos los días desde que Renata no vino al otro lado de la puerta, la voz de Margot rompió la quietud. —Arriba. Hoy empieza la escuela. No me hagas entrar. Cataleya se levantó sin responder. Se vistió con la ropa que le habían dejado doblada sobre la silla: uniforme impecable, zapatos lustrados. Bajó las escaleras con los hombros encogidos, sintiendo el eco de sus pasos como un juicio Martina y Sebastián ya estaban en la mesa, comiendo en silencio. La trabajado

