Vida y Negocios

1514 Palabras
El joven Andrew Lawrence se había convertido con el paso de los años en un hombre joven muy apuesto, con una vida social bastante equilibrada y llena de eventos sociales que soportaba más o menos bien. Su vida no había sido sencilla en los años se formación y eso influía mucho, en especial en su vida social. A Andrew no le gustaban mucho las reuniones sociales, las salidas en grupo ni tampoco los grandes aglomeramientos de personas, como los conciertos; sin embargo a veces disfrutaba de un buen partido de fútbol americano, soccer o de baseball. Por naturaleza era un hombre retraído y aunque no era exactamente alguien tímido era de las personas que preferían la soledad a compartir con otros. También le gustaban mucho los libros y ahora que tenía la posibilidad tenía una increíble biblioteca con todos los clásicos y los mejores libros de los últimos doscientos años lo que sumaba más de dos mil libros en una cómoda y amplia habitación, que incluía un escritorio y muchas sillas y sillones para todos los gustos, Andrew había sido muy generoso al colocar tanntos lugares para leer en un mismo ambiente y habitación. Era un ávido lector, ya que antes de los diez y ocho años se había leído casi todos los clásicos, incluyendo el libro ”La Guerra y la Paz" de León Tolstoi, que a ojos de la mayoría de los demás mortales parecía casi imposible de leer por lo grueso del volumen. Otra cosa de la que ahora podía disfrutar a sus anchas eran los deportes y el ejercicio. Era un consumado jugador de tenis y también del soccer o balompié, éste lo había aprendido en la secundaria gracias a uno de los muchachos de un año superior a su clase, era latino y le gustó la forma en que Andrew, que pasaba en ese momento por la cancha, le devolvió el balón de una buena patada. La había bgoloeado con tanta fuerza que casi le dobló la mano al jugador que trato de tomarla al vuelo. Marcos, que así se llamaba el joven, le invitó a practicar con ellos y Andrew aceptó más por curiosidad que porque le gustará ese deporte en sí, pero resultó ser bastante bueno en el control del balón y encima de eso tenía un disparo potente y certero. En ese año que estuvo practicando el deporte lo convirtió en uno de los jugadores regulares del equipo base y el entrenador también le había tomado mucho afecto y admiración por su comportamiento y habilidades naturales. En total fue uno de los mejores jugadores que había pasado por el equipo al decir de el entrenador. En cuanto a los ejercicios y el gimnasio, Andrew tampoco había escatimado en gastos y en lujos para construir un enorme gimnasio con todos los aparatos y equipos para casi cualquier disciplina deportiva, bien podía pasar por ser uno de los mejores gym de toda la ciudad, y Andrew pasaba gran parte de su tiempo allí, castigando su cuerpo para conservar el físico que siempre le había gustado tener. Su cuerpo estaba muy bien definido sin exagerar, sus brazos eran muy musculosos y cada músculo estaba bien definido y marcado. Sus espaldas también estaban bien definidas y se veían anchas y fuertes. Su abdomen era la envidia de muchos de sus amigos, incluso de aquellos que también eran asiduos al gym, el estómago de "lavadero" llamado así porque su six-pack llamaba la atención de casi todos los que lo veían, en especial a las chicas. Andrew estaba muy lejos de pasar desapercibido, primero por su llamativa estatura y porte, su elegancia natural acompañada por buena ropa lo hacían detstacar del resto de los hombres en casi cualquier por dónde pasaba o donde paraba. Siempre había alguna chica al acecho para tratar de pescarlo en cualquier reunión o evento al que iba. Pero para Andrew no había ninguna mujer que lo cautivará lo suficiente como para hacerle abandonar su férrea soltería, y no era que no tuviera sus aventuras, incluso algunas de ellas duraron algunos meses pero siempre terminaba aburriéndose de la chica de turno, aveces por los celos y otras porque terminaban prácticamente acosándolo para convertirse en la envidiada señora de Andrew Lawrence. Tampoco le gustaba el sexo a diestra y siniestra como parecía ser la norma de los tipos que tenían dinero para comprar lo que quisieran. Playboys que solo pensaban en tener la mayor cantidad de chicas posibles para lucir las en los eventos y luego acostarse con ellas para terminar cambiándolas por la siguiente al turno. Andrew los detestaba y eso que muchos podrían llamarse "casi" amigos de él, en especial porque frecuentaban los mismos clubes y sitios a los que él prefería asistir. Tampoco estaba esperando a una chica ideal para convertirse en su esposa, en realidad esperaba que la vida lo obsequiara con una mujer que de verdad valiera la pena, pero no tenía muchas esperanzas, parecía que casi todas las chicas tenían la mente llena de vanalidades, de cosas fatuas como los salones de belleza, las fiestas, los lujos y paré usted de contar. Andrew las encontraba tan insulsas que casi nunca las miraba más de un par de veces si acaso, no había ninguna a la que le gustara leer un buen libro, o compartir un tema interesante en el que pudieran decir más de una docena de palabras. ¿Hijos? Sí, no le molestaba la idea, pero el asunto era: ¿Con quién? Por la misma larga lista de razones por las que tampoco te iba esposa. Ya estaba llegando a los cuarenta años y eso lo estaba colocando en la posicion de que quizás ya era un poco tarde para eso, pero sí vale hubiera gustado tener herederos ahora que sí tenía mucho por dejar de legado. Una vez más ese pensamiento lo llevaba inevitablemente al recuerdo de su amorosa y sabia abuela, muchas veces le había dicho que debería sentar cabeza y casarse, en especial para que le diera muchos nietos para cuidarlos así como ella lo había cuidado a él, sólo que no sería por obligación o circunstancias sino porque se los llevará de vez en cuando a su vieja granja. Su abuela había muerto hacía unos cinco años ya, y a pesar de que estaba bastante anciana nunca quiso que Andrew se encargara de cuidarla y que ni siquiera pensara en sacarla de su hermosa granja para vivir en una gran ciudad, "Eso nunca" solía decir, y eso que tenía un amor tan grande por su nieto que ella sería capaz de hacer casi cualquier cosa por él. Pero de ninguna manera ella abandonaría la granja que su esposo había levantado de la nada junto con ella cuando eran unos jóvenes recién casados. Andrew la visitaba con toda la frecuencia que podía y siempre trataba de convencerla de que se fuera con él, pero nunca logró persuadirla. Lo más que logró es que pasara con él una semana y eso porque insistió mucho,, porque al tercer día ya se quería regresar "Aunque fuera caminando" a su amada granja. La última consesión que había hecho es que le permitiera a Andrew ponerle una enfermera para que la cuidara. Unos años antes la había convencido para tener una muchacha y su esposo en la granja para que la ayudaran a cuidarla y ella se había encariñado mucho con ellos. Su abuela había muerto apaciblemente en su granja, asistida por la enfermera, el doctor del pueblo, el matrimonio que la ayudaba y él mismo, que había volado de urgencia hasta allá cuando le avisaron que ella lo llamaba porque sentía que iba a morir pronto. Así murió Mary Durham, con la mano de su amado nieto entre las suyas y rodeada de la gente que ella quería, llena de años y de experiencias, pero sobretodo llena de amor por las cosas sencillas de la vida y por las personas que la rodeaban. Esa había sido la única vez que alguien había visto llorar a Andrew Lawrence, sus lágrimas corrían libremente por sus mejillas mientras el sacerdote conducía un hermoso servicio funeral en el cementerio del pueblo, tal como la abuela lo había pedido. Era sumamente difícil para cualquiera negarse a un pedido de la amorosa anciana, ya sea porque era muy dulce y persuasiva, o porque había hecho gala de una persistencia inigualable cuando quería conseguir algo. Asistieron muchas personas, incluyendo autoridades locales y hasta el gobernador de turno se vio por allí, para rendir homenaje a tan destacada ciudadana. Después de la muerte de la anciana, Andrew se había dedicado con más esmero al trabajo si es que esto era posible, porque si había alguien que trabajaba con verdadero ahínco u esmero era él. Pero sus grandes esfuerzos dieron su fruto llevándolo de un próspero hombre de negocios a un multimillonario con la vida resuelta, al menos en asuntos de poder y dinero. Sólo lo entristecía un poco dos hechos, primero, que su abuela no viera su absoluto y asombroso triunfo y que no hubiera podido darle un nieto para complacerla.
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