El único sonido que había entre nosotros era el del tráfico. El reloj marcaba las diez y veinte minutos de la mañana, cuando Hans aparcó el carro de mi hermano frente a un edificio de Brooklyn. La tía Grace nos dio el día libre junto con decir: “Soluciona lo que tengas que solucionar, querida, y los quiero de vuelta con una sonrisa en el rostro. No me gusta ver a mi equipo triste o enojado. Suerte” ¡Y lo agradecía! La tía Grace era una persona muy comprensiva. - ¿Qué hacemos aquí? – me atreví a preguntar una vez fuera del coche. Estuve todo el camino sintiendo un nudo en el estómago de los nervios. Hans suspiró. - Aquí vivo – hizo una seña para que lo siguiera dentro del edificio. Era un bloque de departamentos de color rojo ladrillo muy bonito. Subimos hasta el séptimo piso

