El sol aún no había salido cuando Leonardo cerró la puerta de la cabaña por última vez. El aire estaba cargado de humedad, como si la naturaleza misma supiera lo que estaban a punto de enfrentar. Clara ya estaba en el auto, revisando por última vez los archivos desde su portátil. Valentina se quedó un segundo más afuera, contemplando la fachada de madera que había sido su refugio y, en cierto modo, el lugar donde todo cambió.
—¿Lista? —preguntó Leonardo, sosteniendo su mochila y la memoria USB con tanto cuidado como si fuera una bomba.
—No, pero igual vamos —respondió ella con una media sonrisa.
El viaje de regreso a la ciudad fue silencioso al principio. Cada uno estaba sumido en sus propios pensamientos, y no era para menos. Lo que estaba por venir no era solo una exposición pública, sino un enfrentamiento directo con Marcelo —el hombre que lo controlaba todo desde las sombras, incluyendo parte de sus vidas.
Valentina se recostó contra la ventana y observó el paisaje cambiar lentamente. Del verde espeso del bosque, pasaron a los tonos grises de la periferia urbana. Como si regresaran, no solo a la ciudad, sino a la parte más hostil de su historia.
—¿Crees que nos crean? —preguntó ella de pronto.
Clara la miró por el espejo retrovisor.
—Tienes pruebas, testigos, registros contables falsificados. La justicia puede tardar, pero si tienes todo eso, al menos vas a obligar a alguien a escucharte.
Leonardo asintió.
—Y si no lo hacen… —añadió—. Haré que me escuchen.
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Al llegar al apartamento de Clara en la ciudad, todo era distinto. Los ruidos eran más agudos, el tiempo más rápido. Clara tomó el control enseguida, cerrando cortinas, instalando su sistema de vigilancia, enviando mensajes cifrados a sus contactos.
—Mañana a las ocho de la mañana tienen que estar en la Fiscalía. Tendrán protección, pero yo que ustedes, no confiaría ni en los escoltas —dijo, sirviendo tres tazas de café fuerte.
Valentina intentó mantenerse firme, pero los nervios eran imposibles de ocultar. Tenía las manos frías y la respiración acelerada. Leonardo se sentó a su lado y le acarició la rodilla con suavidad.
—Respira. Todo esto… va a valer la pena.
Ella lo miró.
—¿Y si él manipula todo? Tiene jueces, periodistas, políticos…
—Y nosotros tenemos la verdad —dijo Leo, seguro—. Aunque la escondan por un tiempo, eventualmente saldrá.
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Por la tarde, un periodista de un medio independiente, amigo de Clara, llegó en secreto al apartamento. Era joven, con gafas redondas, barba desordenada y un cuaderno lleno de garabatos.
—Me dijeron que tienen algo grande. Algo que puede volar por los aires la mitad del Consejo Empresarial del país —dijo en cuanto se sentó.
—Tienes idea de a lo que te estás metiendo? —preguntó Clara.
Él sonrió.
—Si no me meto yo, alguien más lo hará. Prefiero ser el primero.
Valentina le contó todo. Desde las órdenes silenciosas que Marcelo daba en los pasillos, los contratos manipulados, los viajes encubiertos con políticos. Leonardo mostró los registros, audios grabados, imágenes.
Cuando terminaron, el periodista solo dijo:
—Esto no es una historia. Es una bomba.
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Ya caída la noche, Valentina se dio una ducha larga. Necesitaba despejar su mente, pero el agua caliente no podía borrar el peso en su pecho. Se miró al espejo, con ojeras marcadas y ojos llenos de miedo y determinación. Por primera vez en años, no estaba huyendo, sino enfrentando.
Cuando salió, encontró a Leonardo en la sala, observando por la ventana. Se acercó, lo abrazó por la espalda.
—¿Qué piensas?
—Que después de esto, no hay vuelta atrás. No podremos volver a ser invisibles. No podremos caminar sin ser reconocidos. Incluso si ganamos.
Valentina se acurrucó en su pecho.
—No quiero ser invisible otra vez. Prefiero que me vean con miedo, a seguir viviendo en la sombra.
Se besaron, suave y lento, como si estuvieran sellando una promesa silenciosa. No era un beso apresurado ni impulsivo. Era uno que decía: “Te elijo. En medio del caos, te elijo.”
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A medianoche, llegó un correo anónimo al celular de Clara. Solo decía:
"Si ella sube al estrado, ustedes bajan al infierno. Los errores del pasado no se olvidan."
Adjunto al mensaje, había una foto del antiguo expediente judicial de Leonardo: un caso cerrado hace años por una pelea en defensa propia que lo había marcado para siempre.
Clara frunció el ceño.
—Están escarbando lo que puedan. Nos están advirtiendo que no solo irán contra Valentina. También contra ti, Leo.
Leonardo no se sorprendió.
—Que escarben. No tengo miedo de lo que fui. Solo me importa en quién me estoy convirtiendo ahora.
Valentina lo miró en silencio, con los ojos llenos de algo más que cariño. Lo admiraba. Lo veía de verdad.
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Pasadas las dos de la mañana, nadie había logrado dormir. Clara se quedó trabajando en su computadora. Leonardo y Valentina, en cambio, se recostaron en el sofá. No dijeron nada durante largo rato. Solo se escuchaba el sonido lejano de la ciudad.
—¿Sabes qué pensé hoy? —murmuró ella.
—¿Qué?
—Que incluso si esto no termina bien… al menos me enamoré por primera vez siendo yo.
Leonardo la abrazó con más fuerza.
—Entonces vale la pena.
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El reloj marcaba las 7:00 a.m. cuando salieron del apartamento rumbo a la Fiscalía. Iban vestidos con ropa sobria, los documentos en carpetas selladas, la cabeza erguida. Las cámaras aún no los esperaban. Pero pronto lo harían.
Cuando llegaron, una escolta los recibió en la entrada. Clara se quedó a unos metros, vigilante.
Valentina se giró hacia Leonardo antes de entrar.
—Sea como sea… no me sueltes.
Él la miró a los ojos.
—Ni aunque me lo pidieras.
Y juntos, cruzaron la puerta del edificio que podría destruirlos… o liberarlos.