Capitulo 2 : Ecos del pasado

1150 Palabras
La ciudad seguía su curso imparable, como siempre. Los ruidos de la calle, el bullicio de la gente, las luces intermitentes que iluminaban las noches, todo parecía inmutable. Pero para Gabriel, el mundo había cambiado por completo. Las mañanas ya no eran iguales, Los colores que antes lo rodeaban parecían desvanecerse en tonos grises y apagados. Y lo peor de todo: las noches ya no tenían sentido sin ella. Cada vez que regresaba a su apartamento, lo primero que hacía era mirar al rincón de la sala donde solían estar las flores que ella le había traído un día, simplemente porque le recordaban la suavidad de su voz y el brillo de su mirada. Ahora, las flores marchitas eran solo un eco de lo que había perdido, a veces, se encontraba allí sentado durante horas, mirando el vacío en el que ella solía estar, preguntándose si su risa alguna vez volvería a resonar en esas paredes. Era una tarde de otoño, después de un largo día de trabajo. Gabriel decidió salir a caminar por la ciudad. La brisa fresca se colaba entre las hojas caídas de los árboles, y el cielo aunque despejado, parecía tan lejano como él se sentía de su vida anterior. Decidió caminar sin rumbo, simplemente seguir las calles que tan bien conocía, pero que ya no parecían tener el mismo significado. Mientras caminaba, no pudo evitar encontrarse con algunos recuerdos de Valentina. Un café en la esquina, la librería donde la había conocido, el parque donde solían pasear sin hablar mucho, solo disfrutando de la cercanía del otro. Cada rincón de la ciudad parecía estar impregnado de ella, y cada vez que lo hacía, su pecho se apretaba un poco más. Se sentó en un banco del parque, con las manos en los bolsillos, mirando cómo el sol se ocultaba lentamente detrás de los edificios. Algo dentro de él se resistía a dejarla ir. Era como si cada parte de su ser estuviera gritando que todo esto no era justo. ¿Cómo podía seguir adelante si el vacío que ella había dejado no se llenaba con nada más? Un susurro a su lado lo sacó de su ensimismamiento. Al principio pensó que era el viento, pero cuando levantó la mirada, vio a una mujer que se acercaba. No la reconoció al principio, pero al instante algo en su rostro lo hizo detenerse. Sus ojos, llenos de una calidez familiar, lo miraban como si lo conocieran, como si el tiempo no hubiera pasado. “¿Gabriel?” preguntó la mujer, su voz suave y tímida. Él la miró durante un par de segundos antes de que su mente encajara las piezas. Era Clara, una amiga de Valentina. Al principio, Gabriel apenas había notado su presencia, pero ahora, al verla tan de cerca, comprendió que era como una versión más tranquila de Valentina, sin ese destello de energía que la caracterizaba, pero con la misma dulzura en la mirada. “Clara…” murmuró, de alguna manera sorprendido de verla. “¿Cómo estás?” le preguntó ella, con una sonrisa leve, pero genuina. “Hace tiempo que no nos vemos.” Gabriel asintió sin saber qué decir. La verdad era que no estaba bien. Y tampoco lo quería decir. No quería contarle a nadie lo que sentía, porque nadie lo entendería, nadie podría comprender la oscuridad que se había instalado en su pecho, ese peso que lo arrastraba sin piedad cada día. “Bien… supongo”, respondió, buscando alguna salida a la incomodidad que sentía. Clara lo observó detenidamente, como si notara algo en él que no quería mostrar. Gabriel había aprendido a esconder sus emociones con el tiempo, pero Clara, con su mirada aguda, parecía ver más allá de las fachadas. “¿Te ha costado… seguir adelante?” preguntó ella, con suavidad, sin intentar presionarlo. Gabriel la miró, sorprendido por la pregunta directa. ¿Cómo podía saberlo? Quizás no lo sabía, pero en su voz había algo que lo hacía sentir que, de alguna manera, ella entendía lo que él estaba viviendo. “Lo ha hecho”, admitió finalmente, sin más rodeos. “Es… complicado, Clara.” Ella asintió en silencio, como si ya lo hubiera esperado. “Es normal”, dijo, con un suspiro. “Valentina… dejó un vacío enorme en todos los que la conocimos. Pero creo que lo que necesitas es saber que no todo tiene que ser tan doloroso. No puedes seguir esperando a que regrese, Gabriel. La vida sigue, aunque no siempre lo queramos.” Sus palabras lo golpearon como una bofetada, pero de alguna manera, él sabía que tenía razón. Sabía que ella no iba a regresar, aunque su corazón se negara a aceptarlo. ¿Por qué seguía esperando algo que no sucedería? “Yo… lo sé”, dijo Gabriel, casi como un susurro. “Es solo que, a veces, siento que si dejo de esperar, de alguna forma la estoy perdiendo para siempre.” Clara lo miró con una mezcla de comprensión y tristeza. “Gabriel, ella te dio lo mejor de sí. Te amó, de una manera que pocas personas logran hacerlo. Pero, ya no puedes vivir para encontrar lo que ya se fue. El amor no se trata solo de esperar, sino de aprender a vivir con lo que nos deja, aunque duela.” Gabriel cerró los ojos, tratando de asimilar lo que Clara le había dicho. Era una verdad que no quería escuchar, pero que sabía en lo más profundo de su ser que era cierta. Valentina se había ido. Y quizás, aunque no lo quisiera, él debía aprender a vivir con su ausencia. “Gracias”, dijo finalmente, de forma sincera, aunque algo vacía. “Supongo que… tienes razón.” Clara sonrió suavemente, como si supiera que no había respuestas fáciles, pero que al menos había logrado hacerle ver que no todo estaba perdido. “Recuerda, Gabriel”, dijo antes de irse, “el amor no siempre se encuentra en el mismo lugar. A veces, hay que buscarlo en otras formas, en otros momentos. Lo importante es no perderse a uno mismo mientras lo haces.” Gabriel la vio alejarse y por un instante, las palabras de Clara quedaron flotando en su mente, como un eco suave. "El amor no siempre se encuentra en el mismo lugar". Quizás había algo de esperanza en esas palabras, algo que podría ayudarlo a seguir adelante, aunque no supiera cómo. Miró hacia el cielo, y por un breve momento, la luna pareció brillar más intensamente, como si le diera una señal. Y aunque no sabía qué futuro le esperaba, comprendió que debía seguir caminando, aunque solo fuera por la necesidad de encontrar algo que llenara el vacío en su pecho. “Te buscaré Valentina”, murmuró Gabriel, como una promesa silenciosa al viento. “Hasta que la luna deje de brillar.”
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