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Hasta que la Luna deje de brillar

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Descripción

Un hombre marcado por la soledad y la reflexión ve cómo su vida cambia tras un encuentro inesperado. En su mundo de noches tranquilas y cielos estrellados, una figura se cruza en su camino, alguien que trae consigo una luz que transforma su visión del mundo. A través de momentos de alegría compartida, de risas y silencios que hablan más que mil palabras, una conexión profunda florece entre ellos. Pero la vida, impredecible como siempre, introduce una decisión que pone a prueba lo que parece eterno. En medio de la partida, el protagonista enfrenta un vacío que no sabe cómo llenar. A pesar del paso del tiempo, la huella de lo perdido persiste, mientras su corazón sigue buscando una chispa que lo devuelva a la vida que alguna vez conoció. Una reflexión sobre las luces que dejamos ir y la esperanza de que, algún día, la oscuridad se disipe.

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Capitulo 1: La Luna y sus Sombras
El sol se despidió tímidamente aquel día como en cualquier otro, dejando que la luna tomara su lugar en el vasto cielo nocturno. No era una luna llena ni especialmente brillante, pero al mismo tiempo, nada la hacía menos hermosa. Era simplemente… perfecta, como siempre lo es ella. Gabriel la observaba desde la ventana de su apartamento, absorto en la visión de un mundo que, en ese instante parecía detenerse. La luna había sido su confidente durante años, su compañía en las noches de soledad y reflexión, Pero algo había cambiado en él, algo profundo y silencioso que no sabía cómo describir, algo que comenzó a gestarse una tarde de primavera, cuando vio por primera vez a Valentina. ¡Valentina!… Ella tenía la capacidad de iluminar una habitación con su sonrisa, de llenar de luz los rincones más oscuros del alma de Gabriel. No era solo su belleza lo que lo había atrapado; era esa ternura que emanaba de su ser, esa alegría incontenible que la hacía parecer tan frágil como un suspiro, y al mismo tiempo tan fuerte como el viento que agita las hojas en otoño. Había algo en ella que lo hacía sentirse más vivo que nunca. Cuando se conocieron, no fue en una ocasión grandiosa ni en un momento épico de destino. Fue una tarde cualquiera, en una librería pequeña en el centro de la ciudad. Gabriel estaba absorto en un libro, una novela de esas que le gustaban tanto, cuando ella sin querer, tropezó con él. La risa nerviosa de Valentina fue como un bálsamo para su corazón, una risa que no pudo evitar contagiarle. “Perdón, Perdón, soy un desastre”, dijo ella entre risas, mientras recogía los libros que habían caído al suelo. “Está bien, no pasa nada”, respondió Gabriel, sin poder evitar sonreír. Y fue en ese momento, mientras la veía agachada y recogiendo los libros, que algo dentro de él cambió. Fue como si de pronto todo tuviera más sentido, como si la vida, hasta entonces gris, se hubiera teñido de colores que nunca había imaginado. A partir de ese día, Valentina se convirtió en una presencia constante en su vida. Ella era un rayo de sol en su día más gris, la melodía suave que calmaba sus tormentas internas. Con cada encuentro, Gabriel sentía que se iba enamorando más y más de ella, de su risa, de la dulzura en su mirada, de la forma en que todo lo que decía parecía tener un toque especial. Pero los días, como siempre, pasaron volando. Y al principio todo parecía perfecto. Valentina era feliz con él, se reían juntos, compartían secretos, caminaban por la ciudad sin rumbo, solo disfrutando de la compañía del otro. Gabriel sentía que por fin había encontrado algo real, algo que no necesitaba ser cuestionado, Sin embargo, como las estaciones cambian sin previo aviso, también lo hizo la naturaleza de la relación. Un día, Valentina le dijo algo que cambió el curso de su vida para siempre. “Gabriel, tengo que irme”, dijo ella, su voz era un susurro casi inaudible, como si temiera que las palabras pudieran romper algo frágil entre ellos. ¿Irte? ¿A dónde? pregunto Gabriel intentando mantener la calma, pero su corazón comenzó a latir con fuerza, como si hubiera sentido un mal presagio. “Es complicado… Hay cosas que necesito resolver, cosas que debo hacer sola”, explicó, evitando mirarlo directamente a los ojos. Pero… ¿por qué no podemos hacerlo juntos?” preguntó Gabriel, sin poder ocultar el dolor que comenzaba a formarse en su pecho. Valentina levantó la mirada y lo miró fijamente, y en sus ojos Gabriel vio algo que lo desbordó: tristeza, nostalgia, pero también una determinación inquebrantable. “No puedo quedarme, Gabriel. Es algo que tengo que hacer por mí misma.” Las palabras la ahogaban, pero no sabía cómo decirle lo que realmente sentía. Sabía que debía irse, que su vida no podía continuar como si nada hubiera pasado. Tenía que encontrar su propio camino, aunque eso significara dejar atrás a la única persona que había hecho que su corazón latiera con fuerza. Y se fue. Esa noche, cuando Gabriel regresó a su apartamento, la luna parecía más distante que nunca. Ya no era la misma. Aunque seguía allí, en el cielo, como siempre. Gabriel no podía dejar de sentir que el brillo de su luz se había apagado. Pasaron las semanas, los meses… y aunque la vida seguía su curso, algo dentro de él se había roto. Su mirada ya no era la misma. Había algo en sus ojos, una sombra que se negaba a desvanecerse. Ya no sonreía como antes y la gente a su alrededor lo notaba, pero nadie entendía lo que había sucedido, lo que había cambiado en él. Solo él sabía que, aunque la luna siguiera brillando, él ya no podría encontrar la misma luz. Pero, algo seguía ardiendo en su interior, algo que no podía apagar. Sabía que ella era única, que aunque el tiempo pasara, ella sería la única capaz de devolverle esa chispa que había perdido. Y mientras la luna continuaba su ciclo en el cielo, Gabriel, en su silencio sabía que su corazón la seguiría buscando, aunque no supiera cómo ni cuándo. Porque como la luna, ella siempre estaría allí, brillando, aunque a veces pareciera desaparecer. “Hasta que la luna deje de brillar…” murmuró Gabriel una noche, mirando al cielo, con la esperanza de que su luz alguna vez lo guiara de nuevo.

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