Capítulo 1: De vuelta a la cancha.
Narra Liam
El rugido del estadio era algo que jamás había olvidado… Cerraba mis ojos y me dejaba llevar por los gritos de la multitud.
Esta nueva vida, el dinero, los negocios… Los contratos multimillonarios, ni los rascacielos que llevaban el nombre de mis empresas, nada… nada de eso iba a reemplazar aquella sensación.
Ochenta mil personas gritando al mismo tiempo, coreando tu nombre, esperando que hicieras algo extraordinario… Pocas cosas en la vida podían compararse con eso. Y quizás, por esa razón seguía regresando aquí, aunque ya no perteneciera a este mundo.
Me acomodé el nudo de la corbata mientras observaba el césped desde la zona VIP instalada junto al terreno de juego, el estadio estaba completamente lleno, las entradas se habían agotado semanas atrás… Las pantallas gigantes mostraban imágenes de antiguos goles, momentos históricos y entrevistas con las estrellas invitadas.
Algunos de los mejores jugadores del mundo participarían en el partido benéfico de esta noche, un evento que atrajo la atención de muchos aficionados que esperan verme de nuevo en una cancha. Hoy jugarán deportista que seguían activos, otros nuevos talentos que han debutado y saltado al reconocimiento y otros como yo, que se habían retirado.
La diferencia era que ellos todavía podían correr detrás de un balón sin sentir que una parte de su cuerpo les recordara lo que habían perdido… Yo no.
—Señor Laurent.
Giré apenas la cabeza, Nathan, uno de mis asistentes, se acercó con una tableta en las manos.
—La prensa está preguntando nuevamente si participará en el partido.
Solté una breve risa, la misma pregunta que han hecho por semanas…
—¿Y qué les respondiste?
—Lo mismo de siempre, no dije nada.
—Entonces no veo el problema.
Nathan sonrió con cierta incomodidad.
—No dejan de insistir.
Volví la mirada hacia el campo.
—Porque les gusta vivir del pasado.
—Ellos dicen que aún podría jugar, señor.
Solté un suspiro y negué con mi cabeza.
—Ellos no son mis médicos.
La conversación terminó ahí, no hacía falta añadir nada más. Todo el mundo conocía mi historia; el niño prodigio del futbol, la estrella que había conquistado Europa, el capitán, el campeón… El hombre que había ganado prácticamente todo antes de cumplir los treinta años.
Y luego, lo que ya saben todos, las lesiones… Una, después otra y otra más, hasta que llegó el día en que tuve que aceptar una realidad que llevaba demasiado tiempo ignorando.
Mi cuerpo ya no podía seguir el ritmo de mis ambiciones, y sin más, me retiré.
A los treinta y dos años me retiré de lo que fue mi vida desde que tuve uso de razón… sí, me retiré muy joven, más joven de lo que imaginé… Es una edad absurda para abandonar aquello que amé, pero, una edad perfecta para comenzar una segunda vida.
Por suerte, yo había estado preparándome para ello durante años, mientras otros futbolistas gastaban fortunas en autos y fiestas, yo invertía… Aprendía, estudiaba cómo funcionaba el dinero y los negocios, observaba, hacía contactos… Cuando mi carrera terminó, Laurent Global ya existía.
Era pequeña comparada con lo que es ahora, pero tenía potencial. Y yo, yo tenía algo que la mayoría de los empresarios jamás lograrían tener… Disciplina.
La misma disciplina que me había convertido en futbolista profesional, la misma que me había llevado a levantar trofeos frente a millones de personas.
Simplemente cambié el uniforme por un traje y seguí ganando.
—¡Liam!
La voz me sacó de mis pensamientos, miré hacia abajo.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro, había un grupo de aficionados que se había acercado a una de las zonas cercanas al palco.
Sonreían, agitaban camisetas, tomaban fotografías. Algunos parecían al borde de las lágrimas, aún me resultaba extraño, habían pasado años desde mi retiro… Y sin embargo seguían allí, esperando, recordando, creyendo.
Levanté una mano para saludarlos, la reacción fue inmediata, los gritos aumentaron, los teléfonos aparecieron por todas partes.
Nathan soltó una carcajada.
—Creo que nunca dejarán de adorarlo, señor.
—No me conocen.
—Eso jamás ha detenido a los aficionados.
Tenía razón, la mayoría de las personas amaban una versión de mí que ya no existía.
El héroe, la leyenda, el futbolista… Pocos conocían al hombre y menos aún, al empresario.
Porque el empresario no era tan agradable, eso lo sé.
Una vibración en mi bolsillo me obligó a sacar el teléfono, era un mensaje de Amelia la directora de operaciones deportivas de Laurent Global.
—Todo listo, señor. Los equipos médicos están ubicados, seguridad revisada, las academias ya llegaron.
Respondí con un simple:
—Perfecto.
Laurent Global era uno de los principales patrocinadores del evento, habíamos financiado gran parte de la logística, los equipos médicos, la infraestructura, las academias juveniles invitadas. Incluso, algunos programas deportivos que recibirían los fondos recaudados esa noche.
El fútbol me había dado todo, lo mínimo que podía hacer era devolver una parte.
Las luces del estadio comenzaron a apagarse, un murmullo recorrió las gradas. La ceremonia de apertura estaba a punto de comenzar, las pantallas gigantes mostraron imágenes de niños entrenando en distintas academias deportivas alrededor del mundo… Muchos de aquellos proyectos existían gracias a las fundaciones asociadas con Laurent Global, otros gracias a donaciones privadas. Al final, todos compartían el mismo objetivo, dar oportunidades, algo que yo había tenido y que jamás olvidaría.
Los fuegos artificiales iluminaron el cielo, la multitud rugió… Los jugadores comenzaron a salir al campo, algunos eran viejos amigos, otros habían sido rivales. Varios se acercaron a saludarme mientras pasaban, choques de manos, abrazos, bromas, recuerdos.
Por unos segundos fue fácil imaginar que nada había cambiado, que todavía pertenecía a ese mundo, que todavía era uno de ellos… Hasta que el dolor apareció.
Una pequeña punzada en la rodilla izquierda, nada grave, nada nuevo… Solo un recordatorio.
Mi cuerpo tenía la desagradable costumbre de mantenerme conectado con la realidad.
—¿Estás bien?
Miré a mi derecha, era Gabriel Méndez, uno de los pocos amigos que conservaba del fútbol, seguía jugando profesionalmente y seguía siendo insoportablemente observador.
—Perfectamente.
—Mentiroso.
—¿Por qué todos creen saber cómo me siento?
Gabriel soltó una carcajada.
—Porque llevas la misma expresión desde que te retiraste.
—Qué alentador.
—Solo digo que pareces un hombre que dejó algo pendiente.
Volví la mirada al campo.
—Todos dejamos algo pendiente.
—Quizás… pero no todos construyen un imperio multimillonario después.
Eso era cierto, pero no significaba que hubiera dejado de extrañar ciertas cosas.
Sentí el flash de las cámaras, algunos reporteros apenas notaban que no iba a jugar, pero ¿Qué esperaban? Soy un lisiado.
El silbato inicial resonó en todo el estadio, el partido comenzó.
Los primeros minutos transcurrieron entre aplausos y jugadas espectaculares, la gente estaba disfrutando, los jugadores también. Y por primera vez en semanas sentí que podía simplemente observar sin pensar en juntas directivas, en los balances financieros… en nada, solo fútbol.
Entonces ocurrió… Minuto treinta y dos, uno de los jugadores más jóvenes cayó al suelo sujetándose la pierna, el estadio entero contuvo la respiración.
Los médicos entraron inmediatamente, yo ya estaba de pie, la costumbre, años reaccionando antes de pensar. Observé la situación con atención, no parecía grave, pero tampoco parecía algo que pudiera ignorarse.
Nathan se acercó.
—¿Todo bien?
—Eso espero.
Los médicos ayudaron al jugador a incorporarse, el muchacho intentó caminar, volvió a caer.
Maldita sea.
El entrenador miró hacia las gradas, después hacia el banquillo, la preocupación era evidente.
Era un partido benéfico, no había demasiados reemplazos disponibles. Gabriel me observó y sonrió.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué?
—Ya sé qué estás pensando.
—No estoy pensando nada.
—Liam.
—Gabriel…
—No vas a entrar.
—No voy a entrar.
—Bien.
—Porque sería una estupidez.
—Exactamente.
Nos quedamos en silencio unos segundos, después ambos miramos el campo. Y supimos que ninguno de los dos creía una sola palabra de esa conversación.
Los aficionados comenzaron a corear mi nombre, primero unos pocos, después cientos… Luego miles.
—¡Liam!
—¡Liam!
—¡Liam!
Cerré los ojos por un instante, no… Definitivamente no. Ya no era mi lugar, ni era mi momento.
Pero escuchar a un estadio entero llamarte nunca era fácil.
Gabriel me golpeó el hombro.
—No los escuches.
—No pensaba hacerlo, Gabriel.
—Bien.
Él me mira de nuevo cuando todo el estadio coreó mi nombre.
—Lo haré… —dije tras la insistencia.