Capítulo 16

1483 Palabras
Nathan Malory… El doctor ricitos me lanzó las llaves de su vehículo y no me dejó de otra que subirme al asiento del piloto y conducir rumbo a mi hogar. Ambos íbamos en silencio, es que ¿qué le podía decir? Después de lo que me dijo en ese baile podía entender lo que sentía hacia mi hijo, era como si él se viera en un espejo y a través de mi hijo él luchara por hacer todo lo que no hicieron por él. Quería saber de su historia, ya conocía ciertos episodios por boca de otros, pero ahora que estaba junto a mí sentía la necesidad de escucharlo de él. —Doctor Malory. —Mmm… —¿Podría contarme lo que le sucedió? Digo, puede que no quiera hacerlo, pero siento que de cierta forma eso me ayudará a entenderlo más. —Mi historia no es una muy bonita que digamos. —Un café y un pastel de tiramisú lo pueden ayudar, si es que quiere… —¡Acepto!— sus ojos desprendieron una luz cálida que me dejó casi obnubilada, ya lo había invitado y cumpliría con mi propuesta. Llegamos a mi edificio y aparqué en el estacionamiento de visitas, ambos nos bajamos del vehículo y le indiqué que me siguiera para entrar a mi edificio, cuando llegamos a mi departamento estuve a punto de desechar mi ofrecimiento, pero su carita de cachorro desvalido pudo más. Entramos a mi departamento y tuve que hacer algo que me provocó mucha vergüenza, tenía la casa patas arriba, con ropa por todos lados y la cocina era un asco. —Disculpe el desorden, pero entenderá que con suerte he venido a dormir en estos últimos meses. —Tranquila, si vieras mi habitación te mueres. —¿Habitación?— pregunto dudosa. —Mejor prepara café y dame ese pastel que sino me voy a arrepentir de haber entrado a tu departamento. —Voy, déjame ordenar un poco. —Eso me gusta… —¿Qué cosa?— digo recogiendo mi ropa que está desperdigada por todas partes. —Que me tutees, es primera vez que lo haces. —Ah… pues creo que me salió natural. —Sigue así, por hoy seremos dos amigos que se están contando sus mayores secretos, ¿Ye parece? La forma en que lo dijo me dejó de una pieza, puede ser que quiera saber de él y lo que ha vivido, pero yo sería capaz de contarle mi historia. Negué con mi cabeza y esbocé una sonrisa, no tenía idea de que es lo que pasaría esta noche, pero de algo estaba segura, conocería al doctor Malory en una faceta que no tenía idea que existía… No me quedó de otra mas que asentir y volver a mi faena, tomé todo lo que pude entre mis manos y corrí a mi habitación para lanzarlo donde cayera, después lo ordenaría. En algún futuro cercano. Volví a la sala y lo vi en la cocina, mientras se arremangaba la camisa y comenzaba a lavar los trastos sucios. —No era necesario, yo lo venia a hacer. —Tranquila, no me incomoda lavar y me ayuda a bajar el nivel de ansiedad. —¿Ansiedad? ¿Por qué? —Pues es complicado contarle a alguien lo que uno ha vivido. De hecho creo que solo Val y Vannah, mi terapeuta saben lo que hoy sabrás — me guiñó un ojo y esbozó esa sonrisa ladina que me había llamado tanto la atención, volví a negar y aproveché de colocar café en la cafetera y luego buscar en el refrigerador el pastel que había prometido. Mientras él terminaba de lavar los trastos, tomé un poco de café y lo molí para luego esparcirlo en el pastel, tomé dos platos y corté dos perfectos trozos, los emplaté y decoré con el café que había molido, tomé una bandeja y coloqué las tazas, la jarra de café y los platos, me di la media vuelta para sacar el servicio y sin querer me topé frente a frente con él, su cercanía me provocó un poci de vergüenza, así que rápidamente me separé de él y tomé las cosas que me faltaban. —Listo, vamos a la mesa— dije absolutamente ruborizada por lo que había pasado y me moví rápido para salir de ahí. —Esto se ve delicioso. —Lo preparé ayer, estaba probando una nueva receta. —¿O sea que seré el primero en probarlo? —Algo así — me encogí de hombros y le hice el ademán mostrándole donde sentarse. —Gracias. Nos sentamos y le serví el café junto al trozo de pastel, estaba ansiosa porque lo probara y no sabía el por qué. Todo lo de él me producía cierta ansiedad, una que ningún hombre había provocado en mí, no siquiera Romeo, pero alejo esos pensamientos de mi cabeza y tomo un sorbo de café para aplacar un poco mi ansiedad. —Esto esta delicioso, es que el café y el mascarpone saben de maravilla ¿Colocaste un poco de amaretto no? —Buen paladar doctor, así es. ¿En serio te gustó? —Sí y mucho, podría comerlo todos los días. —No seas tan condescendiente, además te volverías una pelota de tanto pastel y eso a tus asmiradoras no les va a gustar. —No importa, si tan solo la mujer que me trae loco se decide a mirarme solo a mí— los colores se me subieron a la cara, sabía que se refería a mí y eso me hacía sentir extraña . —Bueno, pero ya mucho de vanagloriar mi pastel, es hora de que me cuentes tu historia. —Verdad que para eso me trajiste. —Ajá. —Está bien, como te dije mi historia no es tan bonita como se pudiera pensar, soy hijo de padres separados, viví con mi mamá y mi hermana mayor hasta que ella se metió en malos pasos y mi mamá la echó de casa, yo aún era un pendejo cuando eso sucedió y le creí la mentira a mi madre de que ella había huido de casa. Luego crecí y trabajé en cuanta cosa pude para pagar mis estudios, con el tiempo mi salud comenzó a decaer y fue ahí que conocí al doctor Owen George, el era el decano de la facultad de medicina de la NYU y mi profesor, con él había forjado una relación muy cercana y me llevó al hospital donde él trabajaba, y sí, es dónde está hospitalizado Nicco. —Me hicieron todos los exámenes y resultó que tenía la misma afección que Nicco, algo que a la edad de él no sería un problema operar, a mis ya veinte años era un tema complejo y mi corazón comenzó a fallar. Quise suspender mis estudios, pero el doctor George no me dejó me tomó como su ayudante y con eso pude pagar mis medicamentos y el tratamiento. Cuándo tuve una de mis peores crisis estaba en mi internado y debieron hospitalizarme, por desgracia, para ese momento lo único que podría salvarme era un trasplante, que milagrosamente llegó una semana después. ¿Sabes? Siempre quise saber quién era mi donante, para por lo menos agradecer a la familia que me había dado una oportunidad de seguir viviendo, pero la reserva en la identidad del donante me lo negó. A los años, supe de la peor forma que quién me había donado su corazón fue mi hermana, un desgraciado la había atacado y dejado moribunda, sin sus ojos y con cero posibilidades de sobrevivir. Todo el proceso de saber que ella fue mi donante fue doloroso, ahí me enteré que ella se había transformado en prostituta cuando mi madre la echó de la casa y que ella sabía de mí pues se controlaba en el mismo hospital en que estaba haciendo mi internado. Deben haber sido incontables las veces que me topé con ella y nunca lo supe, ¡dios! No hay día que no me culpe por estar metido en mi propio mundo y no mirar más allá. Pero como te dije, mi historia no tiene nada de bonito y el corazón de mi hermana comenzó a fallar y debieron operarme nuevamente. Y fin… —No puedo creer que hayas pasado por todo eso. —Eso no es nada, hay muchas partes de mi historia que no te conté, pero será mejor que sea otro día, ya es tarde y será mejor que me vaya. No sé que pasó por mi mente, pero cuando se levantó de la mesa sentí un gran vacío en mi interior, no quería que se fuera, yo quería… quería… Tomé su brazo y me aferré a él. —Por favor no te vayas, quédate esta noche conmigo. ------------------------------ Copyright © 2024 P. H. Muñoz y Valarch Publishing Todos los derechos reservados. Obra protegida por Safe Creative bajo el número 2408069042692
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