Capítulo 20

1840 Palabras
Llegó el momento. Estos días han sido tan bellos, Nathan era el hombre más maravilloso del mundo y me hacía sentir la mujer más afortunada al haberlo encontrado. Ya parecía vivir en mi casa, cada noche al llegar encontraba algo nuevo de él desperdigado por el lugar. Para acompañar a Nicco había pedido horarios más flexibles y no estaba tomando nocturnos, lo cual agradecía y no solo por mi hijo, sino que también por mi, sentirlo cerca me daba seguridad, una que jamás había sentido. Nos despertamos casi al alba y volvemos a juguetear en la cama y en la ducha, no había espacio en esta casa que no nos haya servido para disfrutar de nuestros cuerpos y eso era como mi inyección diaria de energía. Estábamos a nada de que Val y su equipo le realizaran la operación a Nicco, cuestión que me tenía un tanto nerviosa, pero Nath controlaba esa inseguridad con palabras calmadas y unos arrumacos. Como cada mañana, le preparé su lonchera. Hice un pollo en salsa agridulce con arroz frito, ensalada de lechuga con pepino y una compota de frutas. Estaba diversificando mi menú por las constantes bromas del doctor Cicarelli a ricitos de que lo estaba engordando como la bruja de Hansel y Gretel. —El aroma que llega es maravilloso y se ve genial— me dice acercándose a mí por la espalda y dándome un beso en el cuello y provocándome cosquillas. —Aproveché de enviarle un poco a tu amigo, no vaya dejarte sin comer. Su risa contagiosa me hizo sonreír y darme vuelta para mirarle a los ojos, toqué su barba incipiente con mis manos y él se dejó querer. Sus manos trazaban líneas en mi espalda y nuestros cuerpos están tan cerca que siento su erección en mi vientre. Coloco mis manos en su cuello y beso esos labios que me tienen loca de deseo. —Si quieres desayunarme, tenemos poco tiempo. Debo estar a las ocho en el hospital y… —Deja de hablar, ricitos y disfruta— mis manos bajaron a la cinturilla de su pantalón y lo bajé con rapidez, dejando ese pedazo de carne que tanto me gusta probar. Comencé a masturbarlo con delicados movimientos ascendentes, para luego colocarme de cuclillas e introducirlo en mi boca, lamí y chupé con rapidez, provocando que su longitud se endureciera de inmediato y gemidos de placer salieran de esa boquita que dios le dio. Su mano fue a mis cabellos y los aferró en un moño, obvio que sabía lo que hacía, el problema es que era yo la que quería llevar el juego, así que en un movimiento brusco lo engullí hasta las bolas dejándolo sin respiración. —Ah… Gia, esto… Esto es…Ah… No lo dejé hablar, quería ver su cara al correrse en mi boca, seguí estimulando su m*****o, mientras masajeaba sus bolas y una idea se me vino a la mente, saqué su m*****o de mi boca y mojé mis dedos con mi saliva, él miraba todo atentamente y yo solo le hacía caritas risueña, con una de mis manos volví a apoderarme de su m*****o demandante y con mi boca besé la punta, que tenía ya una mezcla de fluidos. Lo volví a engullir y una vez que volvió a gemir posé mi otra mano en sus nalgas y con sumo cuidado introduje uno de mis dedos en su ano. —Gi… Gia ¿Qué haces?— me preguntó soltando mi boca de su pene. —¿No te gusta?— no paré de estimularlo con ambas manos y al verse atrapado se dejó llevar, la sensación de poder me invadía, tenía entre mis manos a este hombre maravilloso que aguantaba estoicamente como lo estaba masturbando por ambos lados, el sentir su m*****o engrosarse y tensarse era la señal de que lo estaba haciendo bien, cuando su orgasmo lo llevó a llenarme de toda su leche en mi cuerpo, pero la sensación que tenían mis dedos en la parte trasera de su cuerpo fue sublime, había tenido un orgasmo doble. —¡Argh… Gia! Me las vas a pagar— dijo en tono jocoso, estaba rojo y su respiración era acelerada. Me hiciste un masaje prostático, eso no se vale yo quiero para mi ese lugar, es más lo reclamo ahora. —Lo siento amor, ahora no podrá ser. Debo ir a cambiarme para ir a trabajar, no puedo ir llena de tu leche al trabajo. Recuerda que cocino. Sus ojos estaban como platos y no entendí el porqué, lo dejé en la cocina estupefacto y salí corriendo a la habitación, debía ser rápida pues hoy había un almuerzo familiar reservado para cuarenta personas. Cuando salimos de la casa, su semblante aún era de duda, pero no lo tomé en cuenta, debe haber sido la situación. No muchas veces los hombres se dejan llevar por la masturbación del punto L y aunque mi único referente era Romeo, él lo disfrutaba y me enseñó a la perfección como tratarlo, cosa que creo queda clara con el doctor ricitos, que va pensativo y meditabundo en el auto. —¿Le pasa algo, doctor ricitos? — le pregunté, mientras despeinaba su cabello, en un semáforo en rojo. —No, nada, nada, es solo que estaba pensando en algunas cosas que debo hacer hoy. —Ah… Seguimos nuestro camino en silencio, cuando llegamos al restaurante, me besó con posesividad y dejó un pequeño mordisco en mi labio. —Yo también te amo, mi mafiosa— fue lo que me dijo y ahí caí en cuenta de lo que lo estaba molestando, ¡le dije amor! Ni yo me lo podía creer, ¿cómo en tan poco tiempo me pude haber enamorado de este hombre que me salió de forma natural decírselo? Eso tenia una respuesta. Nathan Malory, alias el doctor ricitos se había clavado en mi corazón por ser el mismo y por todo lo que nos entregaba, ya no era solo sexo, tampoco era el amor incalculable que le profesaba a Nicco, era lisa y llanamente él. El hombre que sin querer estaba esperando. Volví a besar sus labios y salí como chiquilla de su auto, estaba roja como tomate maduro y no le diría nada, ya había caído en sus redes y me gustaba ¿Lo amaba? Por supuesto. ¿qué haría ahora con esos sentimientos? Pues disfrutarlos, era lo justo, me lo debía a mí y a él. Ya pensaría en como hacerle esa propuesta que se había ideado en mi mente, una cena romántica, muchas velas y su comida favorita ya se cocinaban y entré al restaurante con el mejor de los ánimos. —¿Y a ti qué bicho te picó? — me preguntó Lucía con mi café en sus manos. — Nada, querida Lucía, solo que el día amaneció esplendoroso. —Ja, ¿no será que ese doctorcito te hizo la mañana? — me reí como colegiala de su pregunta porque era cierto, ese doctorcillo era el culpable. —Puede ser, pero vamos que hoy tenemos un gran almuerzo por preparar. —Es cierto, los suministros ya llegaron y los chicos ya están lavando las verduras. —Perfecto ¿alguna indicación sobre alergias o problemas en la comida? —No, ninguna. Nos tomamos el café, conversando de todo y de nada y como estábamos ad portas de la operación de Nicco, obviamente le comenté lo que me estaba pasando con Nathan, Lucía era como mi segunda mamá y no tenía vergüenza de contárselo y ella estaba más que feliz de escucharme. La mañana se hizo corta con todo lo que había por hacer y los comensales llegarían a la una de la tarde, la cocina era un bullir de ollas y sartenes moviéndose al compás de la música de Umberto Tozzi y entre risas y buen ánimo se pasó el tiempo volando. —Ya están aquí— nos dijo Lucía emocionada y la curiosidad me pudo más, arreglé mi chaqueta de chef y salí a ver a los comensales, pero un sentimiento extraño se coló por mis entrañas al ver la cantidad de camionetas negras que se había instalado en el frontis del restaurante. Cuando quise volver a dentro de mi cocina, una voz que no escuchaba hace muchos años detuvo mis pasos. —È da tanto che non ci vediamo, signorina CIntolesi (Tanto tiempo sin vernos, señorita Cintolesi) Mi corazón dejó de latir y solo pude darme la vuelta y mirar a ese ser despreciable que estaba parado frente a mí con una mirada sombría. —Penso che lei abbia torto, signore. Lei è Gía Piaggio, la nostra chef principale (Creo que se equivoca señor. Ella es Gía Piaggio, nuestra chef principal) — responde Lucía por mí. —Oh, no, no, so di cosa sto parlando, vero, cara fidanzata? (Oh, no, no, yo sé de lo que hablo ¿cierto querida prometida?) El mundo se me vino abajo, me habían encontrado y no podría salir de esta. En ese minuto recordé todo lo que le dije a Val cuando estuvimos juntas viendo el tema de la operación de Nicco, como pude me moví y saqué mi celular, corrí hacía el baño, me encerré y marqué el único número que tenía en mi mente. —Hola, Gia ¿cómo estás? —Val, nos han encontrado, por favor haz todo lo que te pedí. —¿Qué? —No tengo tiempo, solo haz lo que te dije— grité cuando la puerta fue literalmente derrumbada por ese energúmeno. —Gia, Gia, que difícil me la hiciste, pero ahora ya no podrás escapar. Tu padre ha dejado este plano y es momento que cumplas tu promesa, querida prometida. —¡Dannato! (Maldito)— grité, mientras recibía el golpe en la cara y comenzaba a tambalear, fui llevada a rastras del local y cuando salíamos el mal nacido le habló a sus hombres. Brucia tutto, non lasciare nessuno in vita (quemen todo, no dejen a nadie vivo) Fermati, se tocchi un solo capello di qualcuno di loro, ti giuro sulla cosa più sacra che non realizzerai assolutamente nulla di quello che ti eri prefissato prima di essere in Italia, mannaggia. (Alto, si les llegas a tocar un solo pelo a alguno de ellos, te lo juro por lo más sagrado que no lograrás absolutamente nada de lo que te propones antes de estar en Italia, maldito) —Está bien, mi amada prometida, me gusta que saques esas garritas de fiera que tienes. ¡Déjenlos, pero el lugar quémenlo! —¡No! —Agradece que les perdono la vida— dijo lanzándome dentro de la camioneta—. Tómalo como tu regalo de bodas. —¡Desgraciado! te juro que me las vas a pagar. Un pinchazo en el cuello me dejó en la lona y caí en un vacío enorme, solo pude escuchar las últimas palabras de ese hombre. —Al Aeropuerto. ------------------------------ Copyright © 2024 P. H. Muñoz y Valarch Publishing Todos los derechos reservados. Obra protegida por Safe Creative bajo el número 2408069042692
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