CAPITULO 5

1633 Palabras
Dieron varias vueltas a todo el tren. Se les hizo las dos de la mañana. _¿Quieres que te cuente algo más sobre mis sueños? – Preguntó Sofía. _Claro, por supuesto. _Todo comenzó unos días después de la muerte de mi abuela, del día que me dieron el alta del hospital. _Creo que eso ya me lo has contado. No estoy muy seguro de ello. _¿Y que, al principio, en estos aparecía mi abuela? Carlos se quedó blanco. No se esperaba que su abuela, a la que tanto quería, se la apareciera en los sueños que tanto la torturaban. El ambiente se volvió un poco tenso. Definitivamente, era un tema que no debía haber sacado. ¿Por qué iba a aparecer esta mujer en las pesadillas de Sofía? Estaba claro que el accidente fue un trauma para ella, que no fue algo precisamente agradable. Aun así, el recuerdo que tenía de esa mujer, que, al fin y al cabo, había sido una madre para ella. No era normal que el subconsciente la relacionara con algo negativo, algo que pretendiera hacerle daño. _¿Qué hacía ella? _Simplemente se despedía y me invitaba a ir con ella a algún lugar, pero no quise ir. Rebelde hasta el final, como ves. Carlos se echó a reír. Simplemente soñó una despedida. _¿Simplemente fue eso? _Bueno, … _Continua, Sofía, no me voy a asustar. _Me enterraba viva. No recuerdo muy bien cómo llegamos, pero terminamos en el cementerio en el que la enterramos, donde estaban los cuerpos inertes de mis padres. Había muchísimos gusanos. Todos me comían. A partir de ese momento comencé a tener las otras pesadillas, los sueños del tipo que te he contado anteriormente. ¿Qué contestar a estas cosas? Era un tema delicado. No sabía que decirle. Le resultó curioso lo tranquila que estaba contándole el primer sueño que tubo y que dio paso a todo un calvario de pesadillas. Con lo nerviosa que se había puesto unas horas antes le sorprendía lo bien que estaba llevando esta conversación. Aunque parecía ausente. Era como si no fuera ella la que le estaba contando aquella historia. Con quien hablaba parecía una chica más segura de sí misma, más dulce y tierna, menos arisca y algo más confiada. Lo cierto es que no tenía claro si le gustaba más la chica malhumorada que desconfiaba de él o aquella que tenía delante de él. _Me siento un poco mareada. – Dijo ella mirando por la ventana, Carlos la cogió del brazo e hizo que se apoyara en él. Volvieron al vagón y la sentó con delicadeza. La joven no tardó mucho en quedarse dormida. Él aún tardaría un rato en seguir sus pasos. Se quedó pensando en sus palabras, en que en aquel tren no parecía haber mucha gente. Si, a aquellas horas era normal. Si no era todo el mundo, la gran mayoría estaría en sus habitaciones, pero no era muy normal que a la hora de comer o de la cena, el vagón restaurante estuviera vacío o n encontrar a gente comiendo en sus localidades. Era en algo que no había prestado mucha atención. Haciendo memoria recordó que sí que había visto a gente, pero a muy poca. Era extraño que un tren de tan largo recorrido no tuviera más pasajeros. Carlos, que se había quedado dando un paseo mientras Sofía empezaba a quedarse dormida en el vagón que compartían, decidió ir a hacerle compañía, a dormir con ella. Aquella chica parecía un ángel cuando dormía. Hasta ese momento, solo había conocido su lado más gruñón y el llorón. Ahí estaba ella, tranquila, dulcemente dormida. Parecía tan tranquila… Se quedó dormido mirándola. Amanecieron casi en el mismo sitio donde se quedaron dormidos, en medio de la nada. _¿Dónde estamos?- Preguntó Sofía abriendo los ojos, estirando sus brazos. – No siento el movimiento del tren. _Acabo de despertarme. Aún no sé más que tú. Tampoco ha pasado nadie por aquí diciendo nada ni por megafonía tampoco han comentado alguna cosa. Fueron a la cafetería y pidieron un café. _Mira. – Dijo Carlos mirando hacia la puerta que daba al vagón de al lado, susurrando. – Decíamos que no hay gente en este tren. Ahí vienen algunos pasajeros más. – Se echó a reír. Un hombre, una mujer y un niño se sentaron en una de las mesitas. _Buenos días. –Dijo Sofía. _Buenos días. –Dijo el padre de la familia, junto a la sonrisa de su esposa. El niño parecía no haber terminado de despertar aún. _¿Saben por qué el tren se ha detenido en mitad de la nada? – Preguntó Carlos sin más, sin vergüenza. El hombre se encogió de hombros. _No tenemos ni idea. Hace nada que nos hemos despertado y nos hemos encontrado con esto. No nos hemos enterado de nada. Sofía y Carlos se sentaron en una de las mesas, cerca de la familia a la que acababan de saludar. Al terminar el café que habían pedido y los bollos, volvieron a su vagón, donde se sentaron tranquilamente. _Me duele todo. – Dijo Sofía. –Dormir así es malísimo. No sé cómo lo aguantas. _Es cuestión de acostumbrarse. Además, tengo fobia a los sitios muy cerrados y solitarios. Me compensa dormir así. – Sonrió Carlos. Durante dos horas más estuvieron parados en medio del campo. Diez minutos antes de que el tren volviera a funcionar, por megafonía se escuchó: “Estimados clientes: Disculpen las molestias causadas y no haber reportado los problemas por los que hemos tenido que hacer una parada forzosa. Uno de nuestros vagones ha tenido una sería avería, la cual no ha afectado al resto del tren. Una grúa ferroviaria a estado aquí esta noche junto a un mecánico. Se han llevado dicho vagón y se han asegurado de que no hubiera más problemas. Gracias por su atención, su colaboración y compresión. Disculpen las molestias causadas.” No había pasado nada importante. _Es extraño que no nos hayamos despertado nada más pararse el tren. –Dijo Sofía. – Cuando El cuerpo se acostumbra a algo como el movimiento, en cuanto le falta se siente extraño y se “asusta”, lo ve como un peligro. Si hubiéramos sentido tal sensación, nos hubiéramos despertado. _Seguramente el tren se ha ido parando muy poco a poco, de tal forma que no hemos sentido lo que dices. Sofía se quedó pensativa. Aquel tren le parecía muy raro. Había empezado aquel viaje muy ilusionada, pero cada vez se iba asustando más. Pensó que se estaba poniendo nerviosa. Aunque era una locura, alguna vez le había pasado. En alguna ocasión los nervios habían empezad una vez ya llevaba algún tiempo haciendo una actividad. _¿Quieres que vuelva a sacar las cartas? –Preguntó Carlos. _Me apetecería ponerme a leer un rato, si no te importa. _Venga, mujer. ¿Me vas a dejar solo y aburrido? _¿Quién dice que me voy a alguna parte? Solo he dicho que me apetece leer en vez de jugar a las cartas. Sin mirarle más, Sofía cogió su libro y comenzó a leer. No le apetecía jugar. No le apetecía hablar con nadie, que era precisamente, lo que a él le apetecía. Pasó el día sin que apenas se relacionaran entre ellos. A la joven madrileña no le apetecía mucho hablar. Así pasaron varios días. El tren se sentía raro. Puede que fuera imaginación de Sofía, que, sabiendo lo sucedido con uno de sus vagones, estaba alerta con todo lo que pudiera suceder. Estaba prevenida ante todo lo que pudiera suceder. A Carlos también le pasaba algo parecido. Tenía la sensación de que el tren no avanzaba lo suficientemente rápido. Creía que tenían que estar más al norte del país de lo que ya estaban y, aunque sabía que ese tren pasaba por gran parte del país y que pasaría por muchos pueblos de otros países, no se le iba de la cabeza la idea de que debían estar más al norte de lo que estaban. Aun con todo, no quería decirle nada a Sofía. Algo dentro de él le decía que no era buena idea. Aunque la conocía poco, había algo que hacía que no cogería miedo, que estaba loco o algo por el estilo. Por otro lado, lo más seguro es que fueran cosas suyas. Hasta ese momento, nunca había hecho un viaje como aquel. Pocas palabras cruzaron en aquellos días. Pocas cosas tenían que contarse. Una mañana se escucha por megafonía decir: “Estimados pasajeros: Esta tarde, alrededor de las cinco de la tarde haremos una parada para revisar el tren. El pueblo donde pararemos tiene servicio de lavandería por si necesitaran hacer uso de él. Tiene variedad de tiendas y servicios múltiples de los que podrán disfrutar. Agradecemos la paciencia que tienen con nosotros.” Sofía y Carlos escucharon salir a gente cuando llegaron a la estación, pero cuando ellos salieron no vieron a nadie. _¿Dónde está la gente que acaba de salir?- Preguntó él. _Ni idea. Hemos tardado un poco en salir. Se habrán ido todos por su lado. Creía que esto solo me inquietaba a mí. _Es algo que me ha parecido raro, es todo. Tienes razón. El resto de pasajeros estarán deseando estirar las piernas. _Pareciera que no tienes suficiente compañía conmigo. – Sofía bromeó. _Bueno, es que has pasado unos días casi sin hablar conmigo, y se echaba de menos hablar con gente. _Exagerado. La estación era muy clásica. Estaba totalmente recubierta de madera y metal de color gris. Grandes bancos se situaban por todos lados, dejando pasillos amplios para el tránsito de personas. Para los ojos de Sofía, era un lugar precioso y muy tranquilo. Le encantaba, se sentía bien en ella.
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