Aria.
La noche era fría pero mi sonrisa me acompañó toda la tarde, mi padre dijo que haría un evento por mi cumpleaños número 18 y así fue. Ahora todos los invitados están llegando y mi cara duele de tanto sonreír. Las personas más importantes en los seis reinos están aquí así que coloco mis pendientes de diamante en mis orejas y un lujoso collar con piedras en mi cuello. El corseé que usaré aún está sobre la cama a medio tender, lo miro y entonces decido comenzar con la tortura.
─Apuesto que debes odiar mucho a los habitantes de Strog en este momento ─escucho a Amelia hablar mientras lucho con los malditos listones.
─Mejor ayúdame con esto, Ami ─digo conteniendo la respiración para entrar en el maldito vestido─. No entiendo el afán de mi padre con que lleve corsés.
─No hables ─me regaña jalando los cordones en mi espalda haciéndome jadear de la sorpresa─, perdón pero has engordado.
Ladea sus labios en una pequeña sonrisa pero continúa con su tarea dejándome sin aire cada poco, siento mis costillas aplastadas en medio del vestido pero pongo todo de mi parte para que lo amarre y una vez que une los cordones me quedo quieta.
─Listo ─sonríe con la frente sudada debido al esfuerzo.
Se pasa delante de mí mirándome con diversión, no me puedo mover.
─Dame dos minutos ─susurro con la opresión en todo el cuerpo.
Sus carcajadas llegan rápidamente haciéndola caer sobre mi cama llorando, mi rostro debe estar pálido.
Dios, es muy ajustado.
─No creo que sobrevivas con eso durante toda la noche ─dice una vez que se ha calmado.
─Yo tampoco ─admito caminando con dificultad.
Me dirijo al espejo adorando la visión, pese a que el vestido es increíblemente incómodo es muy hermoso. El corseé es elegante, sofisticado. Una prenda desbordante de lujo con piedras a lo largo de mi cintura y senos.
Dios, si que me veo bien.
Los detalles de encaje y bordado son preciosos y delicados, nunca me hubiera imaginado vestida de esta manera. Siempre uso prendas preciosas, todas elegidas por mi padre, pero está noche fue mi madre quien eligió esto y es perfecto.
─Te ves hermosa ─escucho a Amelia detrás de mí.
─Gracias ─susurro encantada.
─Niña, debo irme o tu padre me matará ─dice levantándose de mi cama, arregla mis sábanas y se acerca.
─Amelia, ¿irás a mi fiesta?
─No lo creo niña, tu padre no lo permitirá...
─Mi padre no es tan malo, podría preguntarle...
─Niña, no hagas nada por favor.
─Pero...
─Niña, tu padre es el Rey y eres su posesión mas preciada así que es obvio que quiera cuidar las personas con las que te codeas.
─No digas que soy su posesión, soy su hija ─suelto con las cejas fruncidas.
─Lo que digas Aria...
Sale de mi habitación robándome parte de mi paz, estaba muy feliz y ahora no puedo dejar de pensar en lo que dijo. Sé bien que mis padres biológicos no son ellos pero no pienso que sea propiedad de nadie, Lord Campbell me salvó de una sentencia de muerte en Strog y después de eso se volvió un apoyo para mí. Luego de años con Lord Campbell y Lady Campbell se convirtieron en mi familia, mis padres.
Mi padre jamás me deja salir sin guardias pero no es como que sea su prisionera, él mismo me ha dicho lo peligroso que es fuera del castillo. Esta noche es la primera vez que saldré, iremos a una propiedad de mi padre a las afueras de Kalt.
Mi padre sabe lo peligroso que es el reino, pese a sus mil intentos de exterminar a los traficantes nunca ha logrado que dejen de hacer negocios. He oído leyendas a lo largo de mi vida sobre los vampiros y magos e incluso de algunas criaturas enormes con alas, animales capaces de asesinar a un reino entero con su aliento fogoso sin embargo nunca he visto algo así.
Con cuidado de no arruinar mi vestido me subo en un taburete y jalo una caja sobre mi ropero, abro con cuidado la tapa mirando las fotos dentro. Mis padres biológicos en la primera foto, los Campbell en la siguiente y un dragón en la última.
Oculta tras docenas de cartas está esa foto, la que me costó un brazalete de oro. Mi posesión más preciada y la que mas me perjudicaría fuese descubierta. Hace muchos años que la magia está prohibida en Kalt por lo tanto cualquiera que esté relacionado de algún modo con ella, es condenado a muerte.
«Ya me salvaron una vez de morir, no habrá segunda»
Guardo todo en su lugar, acomodo el taburete y tomo unas zapatillas negras con tiras. Nunca me visto de esta manera pero según mi padre ya soy una señorita y tengo que vestirme como tal, ajustar mi comportamiento y algún día encontrar un esposo suficientemente poderoso para protegerme.
Me levanto sintiéndome pesada, como si llevara mil capas sobre mí. Como si toda esta ropa solo fuera una especie de pared que divide lo que debo ser con lo que soy, miro mi reflejo nerviosa al tiempo que la puerta se abre dejándome ver a mi madre. Sus ojos me recorren pero, a diferencia de cuando llegué por primera vez, me mira con aprobación.
─Eres la princesa más hermosa de todos los reinos ─suspira sonriendo, pone sus manos sobre mis hombros y ese pequeño gesto de apoyo me hace ladear los labios animándome un poco.
─Gracias pero no tienes que exagerar...
─Aria, eres hermosa ─confiesa mirándome fijo─. Tu belleza es casi fantasiosa.
Río por el comentario y ambas miramos la puerta, mi padre se molestaría mucho si escuchara algo así.
Es cierto que algunos rasgos en mi rostro son poco comunes, jamás me amedrenté cuando me molestaban por mis ojos o mis orejas ligeramente más alargadas que las de los demás. Mi padre siempre dijo que era diferente porque era mejor no por mi rostro.
Mis pupilas moradas, mi piel pálida y mis labios delgados me hacían ver extraña, siempre fui delgada y de poca estatura pero siempre me sentí fuerte al lado de mi padre.
─Vamos, es hora ─sonríe mi madre tomando mi mano.
Asiento más decidida que antes, salimos de mi alcoba con nuestros dedos entrelazados. Al llegar a las escaleras mi padre ya está abajo y ambas sonreímos alegres. Bajo primero dando pasos delicados, medidos. Mi padre me mira embelesado y cuando llego frente a él me sonríe orgulloso.
─Te ves hermosa ─susurra dejando un beso sobre mi frente.
Mi madre baja y entonces es cuando mi padre se pierde, él ama a mi madre con todo su corazón aunque algunos digan que no tiene. Él la mira como si fuera la única mujer en el mundo y es que creo que para él no hay más.
─Cariño, te amo ─dice adelantándose a ella.
La toma de la mano y la besa. Antes me daría asco pero ahora solo los miro feliz, es un sentimiento inexplicable. Es como si fueran inevitables, como si estuviesen destinados a estar juntos.
─Vamos tortolitos ─digo fuerte, sonriendo.
─Claro ─responden al unísono.
Reímos un poco más y caminamos a la entrada donde el carruaje nos espera, tardaremos al menos una hora en llegar a la propiedad donde se celebrará mi cumpleaños pero sin tiempo que perder me acomodo y mi padre ordena marcharnos.
─Cariño, se han tardado mucho ─se queja mi padre─, llegaremos tarde.
─Las mujeres necesitamos tiempo, querido ─responde mi madre.
─Lo sé pero ha sido mucho...
─No se irán los invitados si es que han llegado ─replica mi madre con una actitud reprobatoria.
Mi padre asiente dejando que ella gane, como siempre. Sonrío y entonces vamos en silencio por el resto del camino.
♕ ♕ ♕
─Tu hija se ve hermosa ─escucho a un hombre detrás de mí.
─Es el señor Graham ─susurra Ruth a mi lado.
─Lo sé, es asqueroso ─digo recordando al viejo regordete.
─Tranquila, tu padre jamás aceptará su propuesta...
─Lo sé pero aún así es asqueroso.
─¿Con quién crees que te casarás? ─pregunta sonriendo.
Río sin llamar la atención y rebusco entre las personas, Jackson aparece al lado de la mesa de comida y no puedo evitar suspirar al ver su cabello rubio y sus ojos azules. Ruth me toca el brazo con cuidado y susurra en mi oído.
─Ya lo suponía...
─No lo sé, Jackson es como mi amor imposible ─digo tristemente.
─No digas eso, me contaron que dejó de cortejar a la joven Carson.
─¿Enserio? ─me salió natural, la sorpresa me toma y hablo demasiado fuerte.
Miro a todos lados apenada pero antes de poder continuar con lo que estábamos hablando la puerta principal se abre, todos miran hacia allí.
Se suponía que ya habían llegado todos pero cuando al menos diez hombres vestidos de n***o entran todos se sorprenden, incluyéndome. Forman una línea y dejan la puerta abierta para un último hombre sin embargo éste es diferente. Su porte de poderoso, imponente. De temer.
Su rostro severo con una mandíbula fuerte y bien definida. Su nariz recta y proporcionada complementando perfectamente la simetría de su rostro, pómulos altos y marcados dándole un toque de distinción y elegancia. Sus ojos de un color n***o profundo y brillante, enmarcados por unas cejas perfectamente formadas cautivando así a cualquiera.
Lo miro con admiración hasta que sus ojos caen en mí como si sintiera mi mirada sobre él, mi corazón se acelera y puedo ver sus labios.
Dios.
Quizá es su rasgo más atractivo, labios carnosos de un color natural que invitan a ser besados.
«¿Qué me pasa?»
Yo no pienso así.
Sonríe de lado o al menos eso pienso, es difícil saberlo.
El hombre es guapo en extremo, con una estatura alta superando fácilmente los 1.90 metros y un cuerpo robusto, seguramente musculoso, hombros anchos y brazos fuertes. Su piel pálida como la mía sin ninguna imperfección, su caminar es seguro y con fuerza haciendo temblar a todos. El conjunto de todo solo daba un resultado: peligro.
Doy dos pasos al frente sin ser consciente de ello, miro sus ojos y él hace lo mismo. Mantenemos la conexión hasta que estamos frente a frente, no tenía miedo pero ahora que estamos tan cerca mi valor se ha ido y mis nervios aparecen más fuertes que nunca.
─Buenas noches ─su voz es grave y resonante, como un trueno.
─Buenas noches ─repito lo más relajada que puedo.
─Aria... ─se acerca para hablarme al oído pero antes de que diga algo siento la mano de alguien sobre mi hombro.
─Hija, ve atrás.
Escucho a mi padre pero no me doy la vuelta aún ensimismada en los oscuros ojos del hombre, todo de él llama mi atención y sé que no es como un hombre común. Hay algo diferente en él. El aroma que desprende es una mezcla entre lavanda y whisky pero lo que llama mi atención es el olor a azufre. Miro con curiosidad su vestimenta encontrando una quemadura en su abrigo, subo la mirada hasta sus ojos y juro que puedo ver diversión en ellos.
─¿Quién eres? ─pregunto por fin.
─Mi nombre es Nikolay, Aria.
¿Como sabe mi nombre?
─¿Que haces aquí?
─Llevarte a casa.
Siento a mi padre tensarse, todos comienzan a murmurar. El salón está en silencio así que todos lo han escuchado.
─No comprendo, ellos son mi familia ─digo dando un paso atrás─, aquí es mi hogar.
─Aria es difícil de explicar, ven conmigo ─habla lentamente, como si se contuviera de sus verdaderos deseos.
─Lo siento, tienes que irte Nikolay.
Su nombre supo a gloria en mi paladar, me hizo sentir poderosa.
Que extraño.
─Lord Campbell ─llama a mi padre con la voz más grave que antes, creo que se enfadó─, lamento que esto tenga que ser así.
─Retírese ─dice mi padre pasando su mano a mi cintura.
Nikolay mira su mano sobre mí con cierto brillo peculiar en sus ojos.
─Debería arrancarte la mano por tocar a mi mujer de esa manera ─espeta con una sonrisa ladeada─. Pero no lo haré hasta que ella me lo pida.
Lo miro intrigada, no tengo idea de que es lo que me sucede pero no tengo miedo en absoluto a diferencia de mi padre. Puedo oler su miedo, su temor.
─Sal de aquí, por favor ─pido amable, ¿porque soy amable?
─De acuerdo, vendré por ti después.
Da la vuelta encontrándose con todos los guardias de mi padre formados, cada uno de ellos apunta con un arma a la cabeza del hombre.
─Papá, diles que lo dejen salir ─susurro sin querer que Nikolay me escuche.
─No puedo.
No dice nada más.
Siento como cubre mi cuerpo con el suyo al tiempo que los disparos comienzan, el terror me toma por sorpresa y termino moviéndome entre sus brazos. Me levanto asustada y lo que veo solo hace que mis manos suden más y mis ojos enrojezcan queriendo llorar. Todos están muertos, los invitados corren huyendo mientras que los guardias de mi padre están inmóviles en el suelo.
Nikolay se encuentra agachado sobre uno con la cabeza en su cuello, cuando se levanta me mira con una sonrisa que me aterra. La sangre escurre de sus labios pero lo que me aterroriza más son los dos colmillos que sobresalen en su dentadura perfecta.
─Es hora de irnos, niña.