18

804 Palabras
Seis meses habían pasado desde el debut de Luana y su grupo, Eclipse Nocturno, un nombre que evocaba la dualidad entre la luz y la oscuridad, entre la fuerza y la melancolía. En poco tiempo, la banda había arrasado en la industria musical, no solo por su estilo potente y arriesgado, sino por su capacidad de fusionar distintos géneros con una fluidez impecable. Metal industrial, nu metal, rock sinfónico, electrónica experimental, alternative metal y elementos de metalcore y hard rock, todo se mezclaba en su música, creando una experiencia intensa y llena de energía. Pero lo que realmente los diferenciaba del resto era Luana. Su voz podía moverse entre cuatro idiomas con una facilidad envidiable, dotando cada canción de una profundidad que traspasaba fronteras. Sus letras podían ser oscuras y desgarradoras en alemán, melancólicas en italiano, llenas de poder en inglés y cargadas de pasión en español. Era una artista sin límites, una estrella en ascenso que había encontrado su verdadero lugar en el mundo. Mientras tanto, en el otro extremo del espectro, Eduardo había pasado esos seis meses sumido en una única obsesión: el poder. Si no podía recuperar a Luana de manera personal, lo haría a través de la única herramienta que siempre le funcionó: su empresa. Llevó su compañía a nuevas alturas, cerró acuerdos millonarios, expandió su influencia, todo con un solo propósito en mente. No importaba cuánto costara, estaba dispuesto a pagar lo que fuera necesario para contratar los servicios de Luana. Porque cuando finalmente estuvo en posición de hacer la oferta, la realidad lo golpeó como un puñetazo directo al estómago. Cualquier contrato, negociación o colaboración con Luana pasaba por las manos de una sola persona: el presidente de la compañía que manejaba su carrera. Santiago. Eduardo sintió cómo la rabia lo consumía. Había construido un imperio con la intención de recuperar el control, solo para descubrir que nunca lo tuvo en primer lugar. Santiago no solo tenía a Luana como la joya de su compañía… tenía el poder absoluto sobre su carrera, su imagen y su futuro. Y Eduardo sabía que Santiago jamás le dejaría siquiera acercarse a ella. Bianca miraba a su hermano con una mezcla de burla y diversión. No podía evitar disfrutar la ironía de la situación. Durante años, Eduardo había menospreciado los sueños de Luana, ignorando su talento, negándose siquiera a apoyarla en su camino. Y ahora, estaba desesperado por traerla a su empresa, como si el tiempo pudiera borrarlo todo. Ahora, como presidente de la empresa familiar, Eduardo había intentado extender su imperio al mundo del entretenimiento, convencido de que su influencia y su fortuna le permitirían obtener cualquier cosa que deseara. Había invertido millones en la creación de un departamento exclusivo para la producción musical, había contratado a los mejores ejecutivos del rubro, e incluso había cerrado acuerdos con compañías internacionales. Pero nada de eso le sirvió para lo que realmente quería: contratar a Luana. Cada intento, cada oferta enviada, cada contacto que intentó mover para llegar a ella terminaba en el mismo muro infranqueable: Santiago. Bianca cruzó los brazos y lo observó con una ceja levantada mientras él apretaba la mandíbula, mirando los informes que mostraban cómo Eclipse Nocturno continuaba escalando en los rankings globales. —Debe ser frustrante —comentó con sorna—. Invertiste millones en entretenimiento, hiciste de todo para conseguir más poder y aún así, sigues sin poder comprar lo único que realmente quieres. Eduardo no respondió. No podía. Porque sabía que, en el fondo, su hermana tenía razón. —¿Por qué no me ayudas? —soltó de repente, su voz cargada de frustración—. Eres mi hermana, deberías estar de mi lado. Bianca bufó y cruzó los brazos con más fuerza. —¿Tu lado? ¿En serio, Eduardo? —soltó con una risa incrédula—. ¿Te acuerdas de la última vez que estuviste realmente "de su lado"? Porque yo sí. Fue cuando Isabel la humilló en público, cuando tomó el micrófono frente a toda esa gente y la llamó "sustituta". Y tú, en lugar de defenderla, en lugar de hacer algo, ¡nos exigiste que nos disculpáramos con ella! El rostro de Eduardo se tensó, su mandíbula se apretó con fuerza. —Eso fue distinto... —No, no lo fue —lo interrumpió Bianca con dureza—. Luana te dio todo, Eduardo. ¿Y qué hiciste tú? La pisoteaste, la ignoraste, y cuando más necesitaba de ti, la dejaste caer. Y ahora vienes a pedirme ayuda para traerla de vuelta, como si pudieras simplemente borrarlo todo con dinero. Pero hay algo que el poder no puede comprar, Eduardo… y es el respeto que ella perdió por ti. Eduardo bajó la mirada, sintiendo que por primera vez, su hermana lo estaba viendo exactamente como lo que era: un hombre derrotado.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR