Luana dejó escapar un suspiro agotado mientras cruzaba la puerta de la enorme residencia. Había sido una gira intensa por Europa, con conciertos abarrotados, entrevistas, sesiones de grabación y compromisos sin descanso. Aunque la adrenalina de cada presentación la mantenía en pie, ahora que finalmente estaba de vuelta, su cuerpo pedía descanso a gritos.
Se dejó caer en el sofá del lujoso salón con un suspiro, cerrando los ojos por un momento. No tenía una casa propia, pero no la necesitaba. Santiago había insistido en que se quedara en su residencia. Como líder del grupo estrella de su compañía, recibiría el mejor trato, y él se encargaría de que no flojeara.
—No quiero que te acostumbres a descansar demasiado —le había dicho en tono neutral antes de que partiera a la gira—. Tienes talento, pero el talento sin disciplina no sirve de nada.
Y Luana lo sabía. Su éxito no era solo por su talento, sino por la exigencia con la que ella misma se había moldeado, y Santiago no hacía más que reforzar esa mentalidad.
La casa estaba en completo silencio, lo que contrastaba con el frenesí de los últimos meses. La tranquilidad la envolvía, pero en su interior aún sentía el eco de la multitud, los gritos del público, la música resonando en cada fibra de su ser.
Un ruido en la puerta la hizo abrir los ojos lentamente. Santiago entró con su usual porte imponente, observándola con esa mirada analítica que siempre parecía medir cada uno de sus movimientos.
—Descansa lo que necesites —dijo con seriedad—. Pero no te acomodes demasiado. En unos días comenzamos con la producción del próximo álbum.
Luana dejó escapar una leve risa sin abrir los ojos.
—No esperaba menos de ti, Santiago.
Él esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Bien. Porque Eclipse Nocturno no es solo una banda más. Es el futuro de esta industria.
Santiago la observó en silencio por unos segundos más de lo necesario. Su mirada, que normalmente era calculadora y fría, se tornó más intensa mientras contemplaba la figura de Luana descansando, su cuerpo relajado tras la agotadora gira. Había algo en verla así, en su estado más vulnerable, que encendía un deseo profundo dentro de él, uno que había reprimido por demasiado tiempo.
El poder, la ambición y el control siempre habían sido su prioridad. Pero con Luana… era diferente. Ella no era solo su artista estrella; se había convertido en una presencia imposible de ignorar. Y lo peor de todo es que ella no parecía darse cuenta de ello. No veía cómo su mera existencia despertaba en él una sensación que no debería estar ahí.
Apretó la mandíbula y desvió la mirada antes de que su autocontrol se quebrara. No era el momento… aún no.
—Santiago… —murmuró Luana de repente, con la voz suave por el cansancio.
Él la miró de inmediato, intentando mantener la compostura.
—¿Qué pasa?
Luana se estiró un poco en el sofá y suspiró.
—Estoy molida… ¿me das un masaje? —pidió sin pensarlo demasiado, con la naturalidad de alguien que no veía malicia en la petición.
Santiago se quedó inmóvil por un segundo, sintiendo cómo el aire en la habitación cambiaba por completo. Su mirada recorrió el cuerpo relajado de Luana y su mandíbula se tensó aún más. ¿Sabía ella lo que estaba pidiendo? ¿O era solo su inocencia lo que hablaba?
Ella no notó su reacción, ni la intensidad con la que la miraba ahora. Pero sin darse cuenta, incluso Luana sintió el cambio en la atmósfera, un leve escalofrío recorrió su espalda cuando Santiago se acercó con pasos lentos. No retrocedió, ni rechazó el contacto cuando él apoyó sus manos sobre sus hombros con firmeza.
Santiago no dudó en aprovechar la oportunidad. Su deseo, aquel que había reprimido por demasiado tiempo, ya no podía ser detenido.