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920 Palabras
El sol apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas cuando Luana despertó con una sensación extraña en el pecho. Su respiración se aceleró al darse cuenta de que no estaba sola en la cama. Con el cuerpo aún pesado por el cansancio, giró la cabeza y vio a Santiago, profundamente dormido, con su brazo firme rodeándola y su mano descansando sobre su pecho desnudo. Su mente tardó unos segundos en procesarlo todo, en entender por qué estaba ahí, en esa posición. Entonces, los recuerdos comenzaron a inundarla como una avalancha. Había llegado agotada de la gira, completamente rendida. En su inocencia, le pidió un masaje a Santiago, sin pensarlo, sin segundas intenciones. Pero la atmósfera cambió. Lo sintió en la forma en que él la tocó, en cómo su respiración se volvió más pesada. Y aunque por un instante todo en ella gritó que debía detenerse, también recordó cómo su cuerpo, su mente adormilada, le jugaron en contra. Había cedido… El calor de su piel contra la de él, el deseo contenido que había explotado sin barreras, la intensidad con la que la hizo suya… todo estaba grabado en su memoria con una claridad que la hizo estremecer. Miró a Santiago, aún dormido, con el ceño levemente fruncido incluso en su descanso. Se veía tranquilo, sereno, pero ella sabía que bajo esa máscara de calma se escondía algo más. Algo que la asustaba y al mismo tiempo la atraía de una manera que no entendía. Con cuidado, intentó moverse sin despertarlo, pero su agarre sobre ella se tensó ligeramente, como si incluso en sueños no quisiera soltarla. Luana cerró los ojos con fuerza, pero antes de que pudiera hacer algo, sintió cómo la mano de Santiago apretaba un poco más su pecho en un reflejo inconsciente. Un gemido involuntario escapó de sus labios, y en ese instante, como si su cuerpo hubiera reaccionado a ese sonido, Santiago abrió los ojos lentamente. Sus miradas se encontraron, y el destello de consciencia en su mirada le indicó a Luana que él estaba completamente despierto ahora. Su expresión no era de sorpresa ni de confusión, sino de satisfacción velada. Su brazo seguía sujetándola con firmeza, sin intenciones de soltarla. —Suéltame —exigió con voz baja, sintiendo cómo el calor subía a su rostro. Pero Santiago no se movió. En su lugar, una sonrisa ladeada apareció en su rostro, llena de seguridad y algo más que no quiso nombrar. Su pulgar se deslizó ligeramente sobre su piel antes de finalmente aflojar el agarre, pero sin perder ese aire de dominio que siempre lo rodeaba. Su sonrisa se mantuvo en su rostro, pero Luana pudo notar que no era una sonrisa inocente. Había algo más en su mirada, un deseo latente que la hizo estremecer. Intentó alejarse, pero antes de que pudiera hacerlo, Santiago ejerció un poco más de fuerza y la atrajo de vuelta contra su cuerpo. Fue entonces cuando sintió algo que la hizo congelarse. Sin ninguna intención, su piel desnuda rozó la dureza de Santiago, y un ardor vergonzoso subió a sus mejillas. Quiso apartarse de inmediato, pero sus músculos parecían no responder. Santiago la observaba con detenimiento, sin prisa, disfrutando cada reacción de su cuerpo. Su sonrisa se amplió apenas, como si supiera exactamente lo que ella había sentido, y no hiciera nada por ocultarlo. —Luana —murmuró con voz grave, su tono más suave de lo habitual—, no quiero que huyas de mí. Ella intentó apartar la mirada, pero él sostuvo su barbilla con delicadeza, obligándola a enfrentar sus ojos oscuros, llenos de algo más profundo que simple deseo. —Te he querido desde hace mucho más tiempo del que imaginas —confesó con una honestidad que la desarmó—. Y no voy a seguir escondiéndolo. No después de lo que pasó anoche. El corazón de Luana latía con fuerza en su pecho. Su mente luchaba por procesar sus palabras, por encontrar una respuesta lógica a la intensidad con la que él hablaba. —Esto… no debería haber pasado —susurró, aunque su propia voz carecía de firmeza. Santiago deslizó los dedos por su mejilla, con una ternura que contrastaba con la intensidad de sus palabras. —Pero pasó —afirmó con seguridad—. Y no pienso fingir que no significó nada para mí. Antes de que Luana pudiera reaccionar, Santiago inclinó el rostro y la besó con una intensidad que la dejó sin aliento. No hubo resistencia de su parte, quizás por el ambiente, por el calor que aún quedaba entre ellos, o por algo más profundo que no estaba dispuesta a analizar en ese momento. Su piel reaccionó antes que su mente, su cuerpo cediendo sin pensarlo, envolviéndose en la calidez que él ofrecía. La manera en que Santiago la tocaba no dejaba dudas de que no pensaba contenerse esta vez. Como si el deseo que había reprimido durante tanto tiempo finalmente hubiera roto todas sus barreras. Horas después, mientras recuperaba el aliento, Luana se quedó mirando el techo, sintiendo aún la presencia de Santiago junto a ella. Su pecho subía y bajaba con la respiración agitada, y aunque en su interior sabía que debería sentirse avergonzada, la confusión era mayor. Santiago, aún con su cuerpo cubriendo parcialmente el de ella, le apartó un mechón de cabello de la frente y la miró con una intensidad que la hizo estremecer. —Esto no fue un accidente, Luana —murmuró con una firmeza peligrosa—. Y no voy a permitir que huyas.
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