Tres días habían pasado desde la brutal paliza que Santiago le había dado a Eduardo, pero las marcas en su rostro aún eran visibles. A pesar de ello, intentaba continuar con su vida, enfocado en sus negocios y evitando pensar en lo que había ocurrido. Sin embargo, el destino parecía tener otros planes. Esa tarde, decidió almorzar en un exclusivo restaurante del centro de la ciudad. No esperaba encontrarse con nadie en particular, solo quería un momento de tranquilidad. Pero justo cuando estaba por pedir su comida, el sonido de risas y voces emocionadas llamó su atención. Giró la cabeza y lo primero que vio fue a un grupo de niñas con sus padres, todas rodeando una mesa en particular. Al principio no entendió qué estaba pasando, hasta que escuchó. —¡Señorita Luana, por favor, una foto! —

